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EL PERIÓDICO
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Unas reflexiones, a vuelapluma, sobre el concepto de dialéctica y pensamiento dialéctico en Gramsci


‘La indiferencia es el peso muerto de la historia’

Antonio Gramsci

En estos tiempos de banalidad y de alarmante ausencia de pensamiento crítico, hay que volver a Gramsci, una y otra vez. Fue un innovador del marxismo, un pensador original que tenía la buena costumbre de no conformarse con las que se consideraban teorías oficiales… aquejadas ya, por aquel entonces, de un cierto inmovilismo. Formula puntos de vista inteligentes, heterodoxos y de una vitalidad incuestionable. Puede afirmarse, sin asomo de duda, que sus aportaciones son de una eficacia histórica que, naturalmente, contrasta con tanta vaciedad y con tratados envejecidos, que no contienen otra cosa, que criterios toscos, repetitivos, poco elaborados e inconexos.

La suya, por el contrario, es una filosofía de la praxis, recia y profunda. No sólo pretende polemizar sino servir de base para que se formen una opinión de los hechos los no filósofos, los que esperan que la filosofía les ayude a generar principios transformadores y a establecer un vínculo decisivo, entre pensamiento y acción política.

El propio Karl Marx en numerosas ocasiones expresa que hay que llenar de contenido lo que a veces, de forma despectiva, se cataloga de sentido común. Digamos, con claridad, que Gramsci considera el pensamiento como una potencia emancipadora. Quiere pensar el presente y buscar salidas a los problemas actuales sin caer en una escolástica y manida repetición de fórmulas.

Quizás, por eso, se vio obligado a sostener polémicas, con la dirección del Partido Socialista Italiano (PSI), que estaba inmovilizado por sus contradicciones e incapaz, por tanto, de adoptar resoluciones vigorosas que le devolvieran la confianza de los trabajadores. Gramsci se enfrentó, tanto a los maximalistas como a los reformistas y, estuvo en el grupo de intelectuales y líderes obreros que fundaron el Partido Comunista Italiano (PCI).

Es conocida su oposición inteligente y tenaz a Benito Mussolini y al violento y brutal partido fascista que, entre otras cosas, pretendía pulverizar los principios y estructuras democráticas, disolver todos los partidos menos, naturalmente, el suyo y suprimir la libertad de prensa, ya que unos medios de comunicación, libres, independientes y plurales constituyen un estorbo para los totalitarismos.

Sabemos que fue condenado a veinte años y, también, el infame dicterio que rezaba ‘por veinte años debemos impedir a este cerebro funcionar’. Antonio Gramsci resulta de utilidad hoy como ayer. Su compromiso con la libertad y la justicia, sus análisis incisivos sobre la necesidad de una participación colectiva de los ciudadanos, así como sus lúcidas reflexiones sobre las reformas intelectuales y morales que hay que impulsar para profundizar la democracia, son algunas de sus ideas-fuerza.

Sus planteamientos en torno a la dialéctica y al pensamiento dialéctico ni son abundantes ni están desarrollados, pero resultan de un gran interés. La denominada filosofía de la praxis, como es de sobra conocido, se articulaba, básicamente, en dos elementos: a) una teoría de la historia y b) una concepción política de base sociológica. Ha de tenerse en cuenta su carácter integral y transdisciplinar, superando y transcendiendo planteamientos anteriores de carácter tanto idealista como de un materialismo ramplón, rígido y esquemático.

Gramsci muestra su carácter innovador y su lucidez cuando afirma que si se separa la filosofía de la teoría de la historia y de la política… no tarda en degenerar en metafísica. Es más, sostiene con firmeza, que lo que se denomina filosofía de la praxis es, en buena medida, la historificación concreta de la filosofía así como su identificación con la historia.

Estos supuestos pueden y deben repensarse, trasladarse al momento actual y conformar la acción política y el papel que en la configuración ideológica deben jugar los intelectuales comprometidos.

Puede afirmarse, con propiedad, que Gramsci fue un educador en el sentido más amplio del término. En sus artículos y ensayos huía, conscientemente, de arquitecturas intelectuales meramente teóricas e intentaba crear, para compartirlo con los trabajadores comprometidos, respuestas combativas en consonancia con las exigencias políticas de la clase obrera organizada. A esta actitud podemos denominarla, si nos place, fomento de la conciencia de clase. Sus planteamientos siempre o casi siempre, contienen de forma interconectada elementos políticos, filosóficos, económicos e históricos, como lo demuestra sobradamente en sus “Quaderni del Carcere”.

Su pensamiento es de una enorme actualidad. Era consciente de que ‘el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claro-oscuro surgen los monstruos’. Creo sinceramente, que dada su rabiosa actualidad puede pensarse que estas palabras están escritas ahora mismo. Vivimos en un momento crucial, donde una concepción del mundo agoniza… y otra, no ha logrado aún imponerse. Por otra parte, los ‘monstruos’ que surgen en nuestro horizonte, son fácilmente identificables y no puede esperarse de ellos otra cosa que sufrimiento, incremento de las desigualdades, pobreza… así como una amenaza indisimulada para el pensamiento crítico, para el pluralismo y para la libertad de expresión.

El deterioro de la democracia es patente. La sanidad y la educación públicas han padecido y padecerán recortes y, es probable, que en los años difíciles que se avecinan no sea posible incrementar o ni siquiera mantener los derechos y libertades que disfrutamos, ni las políticas sociales, ni una mejora de la calidad de vida. Aquí cobra toda su relevancia la distinción gramsciana entre el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad. Bajo ningún concepto, sin embargo, esto debe servir de excusa para la inacción o para la resignación. En una próxima colaboración, volveremos sobre este aspecto.

Planteó, con ejemplar entereza, un papel mucho más dinámico de la sociedad civil. ¿Para qué? Nada más y nada menos, que para efectuar una transformación de las estructuras del Estado, dibujando en el horizonte los perfiles de una democracia política pero, también, económica y cultural, de mayor calidad y mucho más participativa.

Vuelve a ser útil repensar otros conceptos de Gramsci, por ejemplo, en lo concerniente al papel de los intelectuales en la configuración de un ‘bloque hegemónico’ que impulse políticas más avanzadas. Me parece de singular relieve, que sin ese esfuerzo teórico, sin un planteamiento moral y sin unas mayorías diferentes a las actuales, que constituyan ese bloque hegemónico de progreso, la democracia formalmente representativa, continuará su deterioro e irán ganando terreno los populismos reaccionarios, agresivos y los nacionalismos excluyentes.

Es, sin duda, útil recordar que los conceptos gramscianos siguen sirviendo hoy para repensar la fuerza y el alcance de los mecanismos de poder. Quizás, por eso, los nuevos ‘ucases’ de quienes ostentan el control, tienden a eliminar todo planteamiento dialéctico así como intentan suprimir o reducir el alcance de los medios de comunicación plurales que fomentan el espíritu crítico.

Esta ola nauseabunda hace que crezcan las fake news, las tergiversaciones y una visión empobrecida y manipulada de la realidad. Sin tener en cuenta, como se está demostrando en Estados Unidos, Brasil o en Hungría y Polonia, las consecuencias socialmente negativas de semejante proceder, se hacen palpables… y dejan tras sí un reguero de oscurantismo, atraso y desigualdades sociales.

Probablemente, el marxismo gramsciano generó, no sólo el llamado euro-comunismo sino que ayudó y mucho, a la formulación de nuevas exigencias en el seno de la izquierda transformadora. Logró desprenderse de las ‘tenazas soviéticas’ y fue capaz de vertebrar unas propuestas democráticas compatibles con la democracia occidental y con los valores de un europeísmo social. Hace, asimismo, un uso político inteligente de los principios y métodos del materialismo histórico.

Hay conceptos gramscianos como ‘bloque histórico’, ‘hegemonía’ o ‘intelectual colectivo’ que algunos se han apresurado a dar por muertos. Muy al contrario, siguen vivos y operativos. No está, desde luego, de moda hacer un esfuerzo por comprender ‘al ser humano como ser histórico’. Los textos de Gramsci son magníficos para fundamentar este punto de vista.

Asimismo, debemos repensar otros conceptos, inequívocamente operativos, como ‘príncipe moderno’ o ‘revolución pasiva’ a fin de adentrarnos en las relaciones dialécticas entre política e historia.

Gramsci adoptó diversos compromisos. Tenía muy presente que no debía someterse a quienes efectuaban una simplificación del marxismo, vaciándolo y petrificándolo al servicio de sus intereses. Estableció nuevas formas y enfoques de proyección social, política e histórica, que le permitieran ahondar en la dimensión emancipatoria del pensamiento sin aceptar interesadas componendas. Pensaba que la verdad es siempre revolucionaria, lo que era incompatible con las prácticas espurias.

Cuando estamos rodeados de tanta inmadurez y bajo el concepto manipulado de sociedad del espectáculo se han refugiado multitud de banalidades tendentes, a reducirlo todo a un consumismo desaforado. ¿Qué se consume? Imágenes, ideologías, un individualismo feroz e insolidario… y, sobre todo, un peligrosísimo apoliticismo con efectos ampliamente desmovilizadores y paralizadores de toda acción política emancipatoria.

A quienes hace tiempo que decretaron ‘la muerte de Gramsci’ hay que recordarles que hay falsos enterramientos que acaban en resurrecciones. Quienes pretendan repensar el presente, desde la óptica de una izquierda transformadora harían bien en no olvidar el pensamiento y los conceptos dinamizadores gramscianos que promueven una praxis valiente y decidida.

Antonio Gramsci, todavía hoy, sigue aportando un estímulo intelectual, original y dialéctico capaz de suministrar ‘mucha munición teórico-práctica’ a una izquierda desmoralizada, que se bate en retirada o que no demuestra la suficiente energía para adoptar medidas necesarias… ante una situación global que abisma las desigualdades, amenaza seriamente a la democracia y, a medio plazo, puede acarrear la ruina, el desmoronamiento y la destrucción del Planeta.

Planteó unos análisis de enorme interés sobre el papel de los intelectuales y el error que supone, a su juicio, la dejación de funciones, así como resignarse a no ejercer el papel de intermediación social que tienen encomendado. Lo formula con una sencillez magnífica cuando señala que ‘el papel del intelectual’ es, siempre, el de ayudar a que otros se formen una opinión crítica y atreverse, contra viento y marea, a exponer valientemente sus opiniones, sin dejarse influenciar ni por halagos, ni por amenazas.

Con una gran coherencia no dejó nunca de buscar lo que podríamos definir como verdad histórica, estableciendo un diálogo entre el presente y el pasado e intentando salir al paso, aun corriendo graves riesgos, de quienes para imponer sus principios totalitarios, elaboran una propaganda destinada tanto a encubrir como a falsificar los hechos, en beneficio propio.

Supo, como pocos, diferenciar con nitidez los medios de los fines, que es una forma elegante de no caer en planteamientos estereotipados ni en rígidas ortodoxias simplificadoras.

Solía tener presente el tablero político que los hechos iban dibujando… y que, progresivamente, iba alterándose creando un espacio donde la incertidumbre y la inestabilidad eran moneda de uso corriente.

El pensamiento dialectico iba dejando progresivamente de ser algo fresco, para ser sustituido por los dicterios procedentes de los centros de poder. Vivió con cierta angustia como los partidos comunistas, que representaban a la clase obrera en toda Europa, se sometían servilmente a las directrices de Moscú. Tiene, indudablemente, un gran mérito el negarse ‘a bailar a ese son impuesto’. Es más, demostró su profunda independencia de criterio, atreviéndose a pensar por sí mismo, frente a un marxismo esclerotizado y sometido a una censura férrea por parte del ‘leninismo’ primero y posteriormente del ‘estalinismo’.

Señalaré, aunque sea de forma liviana, la importancia que tiene para mí el Gramsci periodista. Eran unos momentos en que los artículos de prensa creaban opinión y, por consiguiente, existía un profundo vínculo entre quienes opinaban a través de los medios, quienes confiaban en esos medios y en quienes ejercían la labor periodística. En Turín, fue redactor de “El grito del pueblo”. Colaboró, asimismo, en las páginas turinesas de “El Avanti”, donde publicaba artículos comprometidos y comprometedores, así como –y es esta una faceta apenas mencionada- crítica teatral; es más, se sentía orgulloso de haber influido con sus críticas, a valorar y a popularizar el teatro del Luigi Pirandello.

Quizás lo más conocido en este sentido, es que fundó junto con Togliatti, Terracini y otros el periódico más combativo y transcendente del momento: “L’Ordine Nuovo”. En poco tiempo adoptó una línea editorial y una orientación netamente obrera. Se puede considerar a Gramsci el elemento esencial y dinamizador de este proyecto. No podemos olvidar, tampoco, que fue el fundador de “L’Unità” órgano de expresión del PCI en esos años convulsos.

No sólo renovó el marxismo sino que contribuyó a crear o a modificar, sustancialmente numerosos conceptos y enfoques. Esto le otorga un papel de pionero en la tarea de adecuar la praxis transformadora a las necesidades de la Europa de su tiempo.

Probablemente, habrá que volver sobre algunos de estos puntos que merecen ser repensados y analizados con mayor detenimiento. Me limitaré, de momento, a citar sus comentarios a la política como ciencia autónoma, sus análisis certeros sobre el ‘cesarismo’ que tanto daño ha hecho a los partidos democráticos o los argumentos que emplea para exponer y desarrollar ‘el concepto de revolución pasiva’ o sus puntos de vista heterodoxos y polémicos, sobre ‘centralismo orgánico’ y ‘centralismo democrático’. Y, por último, por no añadir más que otro eslabón a esta cadena, sus opiniones sobre decir la verdad en política, donde asume un papel valiente y arriesgado defendiendo, como es sabido, que hay que tratar a los trabajadores como mayores de edad y que decir la verdad es, siempre, un ‘acto revolucionario’.

Muchas de las ideas gramscianas, proponen analizar los vínculos entre la política y las estructuras de poder del Estado moderno. Lejos de tomar sus textos como referencia este y otros temas no gozan de la atención que merecerían… quizás debido al abandono de quienes deberían repensar y profundizar estos conceptos y que frecuentemente se ponen de perfil o miran hacia otro lado.

Sobran motivos para repensar a Gramsci y entroncarlo con el nuevo enfoque de la izquierda, que dio origen al eurocomunismo y que hoy sirve de base y estímulo para dotar de nuevos contenidos transformadores a la socialdemocracia: ecologismo, feminismo, multilateralidad, políticas sociales tendentes a promover la igualdad o la formulación de derechos de tercera generación.

Sólo me resta añadir, en una aproximación de urgencia, la deuda que tenemos con pensadores transformadores como él, que en años difíciles de prohibiciones, zancadillas y ostracismo, tradujeron e introdujeron, los textos más representativos de Antonio Gramsci y sus ideas innovadoras. Merece la pena recordar, fundamentalmente, porque se lo han ganado a pulso, a Manuel Sacristán, Francisco Fernández Buey y Jordi Solé Tura.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.