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Cuba: objetivo británico durante la Guerra de Sucesión


La habana, Vista general tomada desde la entrada del puerto. / Foto archivo. La habana, Vista general tomada desde la entrada del puerto. / Foto archivo.

La Guerra de Sucesión (1701-1713) puso de prueba la capacidad bélica y la posición internacional de la Monarquía hispánica. Los territorios americanos no permanecieron al margen de ese proceso bélico, siendo Cuba uno de los principales escenarios bélicos debido a su posición estratégica, como base de llegada y salida de las flotas de Indias hacia la Península Ibérica.

En septiembre de 1701, Gran Bretaña y Holanda firmaron la Gran Alianza de La Haya, a la que fue arrastrada Portugal y Saboya, apoyando las pretensiones al trono del archiduque Carlos de Habsburgo, mientras Felipe V de Borbón era apoyado por Francia y Baviera. Las hostilidades se desarrollaron a lo largo de doce años en Italia, Alemania, Flandes, España y algunos territorios americanos.

En 1702, la flota borbónica fue destruida en Terranova y en Vigo por la escuadra anglo-holandesa, privando a Felipe V de los barcos necesarios para el comercio con Indias, por lo que tuvo que recurrir a barcos franceses para continuar protegiendo sus comunicaciones transatlánticas. Pero, entre 1708 y 1709, desaparecieron las últimas fuerzas navales borbónicas de importancia en el Atlántico. Este hecho fue decisivo para Cuba, determinando la actitud que tomaron las autoridades durante la guerra. Ante la ausencia de un poder en España que condujese los movimientos militares, la toma de decisiones propia fue una de las características cardinales de las actividades bélicas en la isla caribeña. Su defensa resultó muy costosa, hubo que invertir importantes cantidades en situados, pero el dominio de esta posición estratégica en el Caribe resultaba esencial.

Los británicos organizaron un aparato bélico alrededor de Cuba, de tal manera que el tráfico marítimo hispano quedó a merced del corso inglés y holandés. Pero la armada francesa envió sucesivos convoyes para proteger a la isla y a los barcos españoles, de tal manera que sólo algunos escuadrones ingleses se presentaron frente a La Habana, realizando amagos de ataque, rechazados por las defensas españolas. Y es que nunca pudieron los aliados desembarcar en la isla, puesto que las fortalezas, tropas regulares y milicias eran muy superiores a las fuerzas británicas. Finalmente, la estrategia de Londres fue apostar por la defensa de sus colonias en Norteamérica, atacar las flotas de metales enviadas a España y mantener la visibilidad de su flota en el Caribe para animar a una rebelión interna de los partidarios del archiduque Carlos.

Los emisarios británicos en la isla intentaron fomentar las suficientes diferencias locales como para facilitar la entrada de sus tropas y naves, frente a la influencia francesa. En 1704, agentes del gobernador inglés de Jamaica lograron crear las suficientes tensiones filoaustriacas en Cuba que provocaron la intervención de las autoridades borbónicas, reforzadas con la llegada de la escuadra del almirante Coetlegon al puerto de La Habana, cuyos soldados franceses reforzaron la guarnición. La derrota de las armas de Felipe V en los siguientes años, en los campos europeos, aumentaron las dificultades de sus partidarios en América, pero se mantuvieron firmes en su decisión de defender su bandera.

Por ello, españoles y franceses decidieron jugar también la carta del corso, con el fin de causar los mayores daños posibles a las flotas mercantes enemigas. De ahí la operación organizada por el gobernador de Santiago de Cuba, Juan Barón de Chaves. Después de incautarse de los barcos y caudales del asiento portugués, encargado de conducir esclavos a Cuba, preparó una expedición con 450 soldados contra las colonias inglesas en las islas Bahamas. Se destruyeron varios establecimientos, diezmaron a sus defensores, capturaron trece barcos enemigos, armas y prisioneros. En los siguientes años, las acciones de corso fueron justamente rentables, arrebatando presas en el mar, en las costas de Jamaica y Carolina, obteniendo principalmente cargamentos de esclavos y otros bienes ingleses. Cuba se adaptó al proceso bélico y sus autoridades supieron responder a la amenaza de las flotas aliadas .

En 1711 la situación alcanzó grados de extrema gravedad: los bandos se enfrentaron en las calles de las ciudades cubanas y las elecciones municipales estuvieron a punto de ser el detonante del inicio de un primer proceso de independencia de la isla, ya que -ante la suspensión de las máximas autoridades de la isla- se lanzaron argumentos a favor de que las ciudades organizaran ligas, levantaran armas para su defensa y pudieran buscar otra potestad en busca de amparo. La actuación del capitán general Luis Chacón, al frente de sus soldados, permitió el control de todas esas disputas, cuya falta de unidad favoreció la causa borbónica.

El 17 de abril de ese año falleció el emperador José I, hermano del archiduque Carlos, en quien recaían los derechos a la corona imperial y los territorios de los Habsburgo en Centroeuropa. El equilibrio europeo se rompería si, además, heredara la corona de España. Gran Bretaña y sus aliados, cansados de la larga duración del conflicto, no deseaban esa hegemonía y, seguro de obtener en la paz ventajas económicas y coloniales, Londres apostó por los acuerdos y el fin de las hostilidades bélicas. En el congreso de Utrech, abierto en enero de 1712, todos los beligerantes estuvieron representados, menos Carlos VI. Las negociaciones duraron hasta el 11 de abril de 1713, cuando fueron firmados los tratados. En ellos, se reconocía a Felipe V como rey de España y sus Indias, previa renuncia de todos sus derechos al trono francés. Los territorios europeos, ligados a la Monarquía hispánica durante dos siglos, fueron repartidos entre Saboya, Holanda y Austria. Gran Bretaña obtuvo algunas concesiones políticas como la demolición de las fortificaciones de Dunquerque y reconocimiento de la dinastía de los Hannover por Francia, pero sus principales ventajas fueron mercantiles: los puertos de Gibraltar, Menorca y Terranova, el Asiento o contrata exclusiva para introducir negros en las Indias españolas -adjudicado a la Southern Sea Company- y el navío de registro, autorizado para vender allí 500 toneladas de mercaderías. El emperador Carlos VI aceptó firmar la paz de Rastadt el 6 de marzo de 1714, por la que renunciaba al trono español y aceptaba las compensaciones de Utrecht. Para la élite social cubana, el conflicto fue económicamente beneficioso por la presencia de comerciantes y marinos franceses, así como lo fue la nueva situación comercial obtenida por los británicos. Para Madrid, la guerra había demostrado la importancia estratégica de la isla, ante los deseos ingleses por conquistar La Habana -que llegaron a materializarse en 1762-, por lo que aumentaron sus inversiones, a partir de entonces, en defensa de Cuba.

El lector interesado puede acudir a:

Hortense FAIVRE, "La estrategia del reformismo colonial borbónico en Cuba durante el siglo XVIII (1700-1808)", en Tebeto : anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura, anexo V (2004), pp. 205-209.

Antonio BÉTHENCOURT MASSIEU (coord.), Felipe V y el Atlántico. III Centenario del advenimiento de los Borbones, Las Palmas de Gran Canaria, 2002.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.