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El centinela y el coronavirus


Arthur C. Clarke. Arthur C. Clarke.

«Así pues [los exploradores interestelares] dejaron un centinela, uno de los millones que deben de existir esparcidos por todo el universo, vigilando los mundos en los cuales vibra la promesa de la vida». El centinela, Arthur C. Clarke.

¿Y si en la eternidad sí hubiera un centinela que nos observara y esta pandemia estuviera emitiéndose a gran escala interestelar?

El breve relato de Arthur C. Clarke, sin entrar en el grandioso desarrollo cinematográfico de Kubrick, es absolutamente maravilloso, tan válido hoy como cuando se publicó, hace ya la friolera de 61 años. La trama es decididamente filosófica: un astronauta, aburrido, decide dar un paseo y comprobar algo extraño que su vista ha captado en la lejanía; lo que encuentra es un artefacto misterioso, una pirámide artificial plantada ahí por otros seres, algo muy, muy antiguo, que deja de emitir una señal al forzarlo intentando abrirlo, lo que significa que los que escuchan han centrado su atención en la Tierra, como el ojo de Sauron. Esta acción es un arma de doble filo, pues aunque sea la prueba de nuestra inteligencia por el logro de la conquista estelar, no estoy muy segura de que ahora nos contemplen con agrado. Y mientras estamos mirando hacia las estrellas, esperando que alguien nos recoja, no vemos que se abre el suelo a nuestros pies y que lo microscópico nos ha podido. De hecho, nos hemos olvidado de establecer el equilibrio, de recordar que el macrocosmos y el microcosmos son lo mismo, iguales patrones cuyo centro a escala analógica es el ser humano. Y no sus virus.

El centinela es la parábola del avance tecnológico de nuestra sociedad, capaz de surcar el espacio exterior y, al mismo tiempo, quedar atrapada y anulada por una extensa familia de virus infecciosos que han paralizado y aterrorizado a todos de una forma mucho más eficaz que la Guerra de los mundos.

¿Y si aprovecháramos la falta de gravedad del espacio para instalarnos en el mutismo del nuestro? Seguramente sería mucho más sensato que romper el sello del silencio y lanzar una señal cuyo código aún no hemos conseguir decodificar. Es cuestión de medir la distancia y el aburrimiento de la pequeña colonia lunar con los escasos metros de nuestras viviendas. ¿O es una crónica anunciada de nuestra mortalidad estelar?

El miedo a lo desconocido siempre estará ahí, de la misma manera que la curiosidad y la lucha por seguir avanzando son cualidades innatas a la raza humana y eso nos hará aventurarnos y pulsar el botón que abra las fauces del abismo interestelar sin saber si será un inmenso Moloch Baal incandescente que nos trague aniquilándonos.

Quizá ya sea demasiado tarde para elucubrar y solo quede aventurarse a descubrir nuevos mundos y nuevas curas, una vez que la cuenta atrás en la era del coronavirus ya ha comenzado.

Parte de la aventura de vivir viene siempre acompaña de la duda… ¿O no?

Filóloga y traductora