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1797: Libertad, Igualdad y Paz en Nuestro Señor Jesucristo


Barnaba Niccolò Maria Luigi Chiaramonti / Wikipedia. Barnaba Niccolò Maria Luigi Chiaramonti / Wikipedia.

Como es sabido, el estado revolucionario francés surgido en 1789 comenzó una serie de guerras con países europeos a partir de 1793 que conllevaron la expansión de sus ideas. Por la paz de Campo Formio, que se firmó en octubre de 1797, Austria cedió a Francia la orilla izquierda del Rhin, Bélgica y el Milanesado, recibiendo a cambio la ciudad de Venecia. Los franceses crearon la República Cisalpina -en el territorio milanés- y la Ligur -en tierras genovesas- con el apoyo de una minoría de afrancesados. La diócesis católica de Imola quedó administrativamente adscrita a la Cisalpina. En ella, los franceses proclamaron la abolición de la nobleza pero sus oficiales frecuentaron los palacios de la aristocracia italiana; despojaron a los frailes de sus bienes, aunque fueron puntuales en el pago de las pensiones que les asignaron; nunca se ofendió violentamente al clero secular y sólo se insultó a sus obispos en tiempos de disturbios y luchas. Sin embargo, el nuevo orden no había sido resultado de la manifestación libre de los habitantes sino una imposición de Francia, que había creado una plataforma política para la conquista de otros territorios en Europa.

En la celebración de la misa de Navidad de 1797, el cardenal Chiaramonti -obispo de Imola- escribió una homilía que daría mucho que hablar posteriormente. Por ella se le acusaría de traidor, de complicidad con los franceses, aunque también se elogiaría su crítica a los mismos; se le tachó de oportunista pero asimismo se le alabó por su claridad, valentía y sinceridad. En una catedral rebosante de fieles, que concentraban sus miradas en su obispo, que no les había abandonado durante la invasión, la voz de Chiaramonti se escuchó serena y clara.

En la homilía solicitó a sus fieles que, para evitar más derramamientos de sangre, obedecieran al nuevo gobierno, aunque no dejó por ello de criticar la opresión de los invasores y de sus jefes cuando señalando que aquel que "lleno de una ciencia engañosa quiere aumentar desmesuradamente las fuerzas de su entendimiento y descollar sobre los demás, llevado del frívolo deseo de dominar, no es por cierto discípulo de la escuela de Cristo; ni se ha penetrado de sus deberes para con Dios”.

Estas palabras fueron bastante molestas para los franceses que, a pesar de todo, no fueron nombrados explícitamente en ningún momento de la homilía. A continuación, el cardenal hizo alusión a la Libertad, palabra que circulaba extensamente entre la población desde los días de la invasión, señalando su origen divino y sus limitaciones ante las leyes de los hombres y las de Dios. Sin embargo, el asombro recorrió las naves del templo cuando los fieles escucharon los siguientes términos: “La forma de gobierno democrática, adaptada, entre nosotros, no está en oposición, amados hermanos, con las máximas que se han expuesto, ni es repugnante al Evangelio. Requiere, por el contrario, todas aquellas virtudes sublimes que solo se aprenden en la escuela de Jesucristo; y cuya práctica religiosa hará vuestra felicidad y fomentará la gloria y espíritu. La sola virtud perfeccionadora del hombre y que le dirige hacia un fin supremo, el mejor de todos, la sola virtud unificada por la luz natural, y fortificada por los preceptos del Evangelio, sea el fundamento sólido de vuestra democracia”.

De esta manera, el cardenal demostró que no debía haber incompatibilidad entre la forma democrática de gobierno y la constitución de la Iglesia, siempre y cuando se intentara practicar honestamente. La democracia exigía de los ciudadanos virtudes humanas sólo posibles con la ayuda de la gracia de Dios. La Libertad y la Igualdad eran ideales que sólo podían hacerse realidad en Cristo. Por lo tanto, quien fuera un buen católico, sería, sin duda, un buen demócrata.

A partir de entonces, Chiaramonti utilizó en el obispado un papel de cartas con la inscripción grabada de "Libertad, igualdad y paz en Nuestro Señor Jesucristo". Durante los tres años que duró ese gobierno revolucionario, el obispo se distinguió constantemente por su empeño en mantener rigurosamente separados los aspectos políticos y religiosos de los problemas cotidianos y en no comprometer al clero en la resistencia contra el régimen democrático, como también por el arte que manifestó en ceder en lo accesorio, a fin de reforzar su posición cuando se trataba de salvar lo esencial: por encima de los bienes se encontraba el Bien. Posición ante los problemas cotidianos que caracterizaría su futuro pontificado, ya que Chiaramonti sería elegido papa en 1800 con el nombre de Pío VII.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.