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El tambor de hojalata redobla el coronavirus

Fotograma de la película ‘El Tambor de Hojalata» Fotograma de la película ‘El Tambor de Hojalata»

«¿Qué más diré? Nací bajo bombillas, interrumpí deliberadamente el crecimiento a los tres años, recibí un tambor, rompí vidrio con la voz, olfateé vainilla, tosí en iglesias, nutrí a Lucía, observé hormigas, decidí crecer, enterré el tambor, hui a Occidente, perdí el Oriente, aprendí el oficio de marmolista, posé como modelo, volví al tambor e inspeccioné cemento, gané dinero y guardé un dedo, regalé el dedo y hui riendo; ascendí, fui detenido, condenado, internado, saldré absuelto; y hoy celebro mi trigésimo aniversario y me sigue asustando la Bruja Negra. —Amén». El tambor de hojalata, Günter Grass

Pues ya está dicho todo. Solo nos queda reflexionar sobre lo que este libro, primera parte de la trilogía de Danzig, relata en primera persona desde un sanatorio para enfermos mentales: la historia de Oskar Matzerath un precoz niño que desde el momento de su nacimiento, horrorizado por los acontecimientos que le rodean en una época nacionalsocialista, decide dejar de crecer al cumplir los tres años, porque no quiere formar parte del mundo de adultos de engaños y mentiras que le rodea, y zanja su destino dispuesto a pagar el alto precio de su deformidad a cambio de no seguir la corriente social de su entorno. La psicosis lo envuelve todo. Fijémonos en Oklahoma, donde en 1997 prohibieron la película homónima de Volker Schlöndorff por considerarla (sic) obscena.

Estuve en Gdansk, hace unos años, recorrí las calles y la iglesia preguntando por las huellas de un autor premiado con el Nobel del que nadie me daba señales de reconocer cuando preguntaba (esto es verídico), y me pareció tan extraña esa negación basada en la nacionalidad que no la he entendido hasta ahora, cuando miro a mi alrededor y veo esta cultura milenial monocolor, unitaria, adoctrinada y adoctrinadora, donde las voces discordantes son chirriantes y excesivas como los redobles de un tambor de hojalata, que carentes de argumentos gritan y rápidamente son acalladas por el orden establecido. Y entonces recuerdo las caras Solidarność y la sombra de sospecha de colaboracionismo con la SS de un Günter Grass de apenas 15 años y veo que este libro de 1959 vuelve a ser premonitorio, que invita a quitarse los tapones de los oídos y estar dispuesto a escuchar en estos momentos en los que ha vuelto el miedo al extraño y las ganas de borrar cualquier pasado que nos parezca ajeno, oscuro y opresor.

Oskar no es solo un niño raro, es un testigo incómodo de la fealdad que nos rodea incluso ahora, en nuestro mundo de espejos de colores y aparente estado del bienestar. Oskar y su tambor de hojalata, el que redobla cuando grita y rompe los cristales de las calles de la antigua ciudad libre hanseática, es un aviso para que la historia no se repita, de que el nacionalismo de cualquier tipo necesita un fuerte golpe de tambor, un grito agudo contra el adocenamiento de nuestros guetos covidianos desde donde se nos zarandea con órdenes contradictorias poniendo a prueba nuestra paciencia y sometimiento… hasta que aprendamos a salir de este ensueño en este tiempo de silencio y encierro y busquemos, al fin, la liberación. Antes de que solo podamos relatar nuestra historia sentados con Oskar en un sanatorio mental. 

Filóloga y traductora