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La Segunda Guerra Carlista (1846-1849)

Carlos Luis de Borbón y Braganza, pretendiente carlista al trono español como Carlos VI. / Museo Zumalakarregi Museoa Carlos Luis de Borbón y Braganza, pretendiente carlista al trono español como Carlos VI. / Museo Zumalakarregi Museoa

En 1846 estalló la guerra de los Matiners (madrugadores) llamada así porque su principal escenario bélico fue Cataluña, durante casi tres años. Algunos autores se niegan a llamarla Segunda Guerra Carlista debido a este hecho aunque otros, en cambio, lo defienden pues se intentó ampliar su teatro de operaciones al resto de la península. A la hora de analizar las causas de la guerra debemos tener en cuenta varios hechos.

En primer lugar, el desengaño de los líderes carlistas por el fracaso del plan de casar a Isabel II con el pretendiente Carlos VI como vía pacífica de acceso a un poder compartido con los liberales más moderados. En segundo, la continuidad en Cataluña de una agitación con trasfondo carlista y formas propias del bandidaje: los trabucaires. Otro aspecto a tener en cuenta sería la crisis agraria e industrial de los años 1846 a 1848 que agravó los efectos de desindustrialización de zonas interiores en favor de Barcelona y su área de influencia. La falta de trabajo, la reducción de salarios, el aumento del precio de productos básicos como el pan y la miseria afectaron a los grupos populares y favorecieron el reclutamiento de combatientes. Finalmente, la inoperancia del partido moderado en el poder para acabar con los problemas anteriores. Además, en su intento de consolidar el Estado liberal, los moderados isabelinos introdujeron una serie de reformas que fueron muy contestadas por ciertos sectores sociales como los consumos –impuesto indirecto muy impopular para las clases humildes-, el intento de imponer las quintas militares y la legalización de la propiedad privada burguesa, en duro contraste con los viejos usos comunales, todo lo cual generó múltiples conflictos locales.

En octubre de 1846 fracasaron varios alzamientos legitimistas castellanos y navarros, aunque se consolidaron varias partidas. El canónigo Tristany, tras levantarse en Solsona, asaltó, conquistó e impuso tributos a Cervera. A comienzos del siguiente año, el general isabelino Pavía capturó a varios cabecillas, entre ellos a Tristany, ordenado su fusilamiento inmediato. Sin embargo, se volvieron a organizar varias guerrillas a la espera de que vascos y navarros se alzaran en su ayuda, para lo cual había sido enviado el general Joaquín Elío. Sin embargo, el norte carlista era la zona que más había soportado la guerra de los Siete Años (1833-1840) y su población se encontraba cansada y bajo la promesa de que sus fueros serían respetados por el gobierno. En el verano, el coronel Francesch logró apoderarse de Reus, lo que supuso un duro golpe para los liberales. El conflicto se estabilizó hasta que las tropas carlistas al mando de Castells, ocuparon Igualada, cerca de Barcelona. Desde Londres, a donde se había trasladado Carlos VI, la cúpula política carlista trataba infructuosamente de conseguir fondos económicos y apoyo internacional, pues las cantidades recaudadas fueron, sobre todo, donativos de familias legitimistas y personajes simpatizantes de la causa. Sin embargo, la noticia que aumentó las posibilidades bélicas de las armas legitimistas fue la entrada del mítico general Ramón Cabrera el 23 de junio de 1848 en España, que en poco tiempo organizó un ejército de 8.000 hombres.

Los mandos isabelinos decidieron cambiar de táctica, ofreciendo convenios y negociaciones de paz conciliadoras a los jefes carlistas. El 16 de noviembre, Cabrera derrotó al brigadier Manzano en Avinyó pero no pudo detener la fuga de soldados y la rendición de otras partidas, hecho que le desalentó profundamente. Ese mismo mes, el líder carlista fue herido en El Pasteral, junto al río Ter, retirándose ante la superioridad de los isabelinos, estando a punto de caer en sus manos. A esta alturas del conflicto, el Tigre del Maestrazgo reclamó la presencia de Carlos VI al frente de sus tropas, como la única solución para continuar la guerra. El pretendiente lo intento pero, cuando iba a pasar la frontera, fue detenidos por la policía francesa y enviado a Gran Bretaña. En ese mes, el general Concha disolvió varias partidas y derrotó a Cabrera en el santuario de Pinós. A finales de mes, el Tigre, constantemente acosado por los isabelinos, se vio obligado a pasar la frontera francesa.

En el resto de España, los alzamientos carlistas fueron continuos pero, sin organización ni apoyo popular, fracasaron estrepitosamente. El comandante general de Guipúzcoa, don Joaquín Julián de Alzáa, había entrado en la frontera navarra el 23 de junio de 1848 con la intención de extender la guerra en el norte, pero no pudo reunir más de setenta voluntarios, antiguos oficiales carlistas. Fue capturado y fusilado. No faltaron chispazos en otras provincias, incluso en Galicia, donde se llegó a formar una partida de ochenta hombres al mando de El ebanista. En Navarra se levantaron Zabaleta, Zubiri y algunos otros, secundados por mil hombres. Pero, acosadas las partidas sin descanso por las tropas del gobierno, se fueron lentamente disolviendo durante la guerra. En Ávila se alzó en armas el coronel Gómez Calvente, que tuvo que huir a Portugal. En La Mancha, los intentos del coronel Sababariegos y en Aragón los del Cojo de Cariñera fueron inútiles. Sin elementos, sin organización aparente, sin entendimiento entre las provincias, los carlistas fracasaron en todos sus esfuerzos por extender el conflicto.

En el Maestrazgo se formaron algunas pequeñas partidas, pero el general Villalonga, para evitar que adquiriesen fuerza, decidió rendirlas por hambre, ordenando que arrancaran las cosechas de las zonas donde operaban. Para reanimar la guerra en esta zona, llegaron varios ayudantes del general Cabrera, pero fueron batidos en Pinell y Vall-Molí. Se sostuvieron en las montañas hasta el final, desde donde pasaron a Cataluña y Francia. También envió el conde de Morella varias fuerzas a Aragón, donde lograron algunas pequeñas victorias, pero finalmente tuvieron que retirarse a Cataluña, al ser perseguidos por fuerzas muy superiores. En junio de 1848 la partida de Timoteo Anderes, desde Aragón, pasó a Valencia y Murcia, intentando levantar estas regiones infructuosamente. Logró llegar a Guadalajara, donde permaneció un tiempo hasta que se disolvió. Cabrera intentó, mientras tanto, llegar a ciertos acuerdos con los republicanos, en un frente anti-moderado muy singular.

Con la entrada en Francia del último jefe carlista en armas, Rafael Tristany, el 18 de mayo de 1849, finalizó la segunda carlistada. Un mes más tarde, Ramón Narváez otorgó una amplia amnistía gubernamental, a la que se acogieron muchos de los jefes carlistas.