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Mefistófeles agazapado en el coronavirus

Si Fausto volviera a pactar con este diablo, esta vez lo tendría mucho más fácil.

A derecha e izquierda, arriba y abajo, demonios dispuestos a presentar el pergamino para que firmen las miles y miles de víctimas de este vacío existencial agudizado por las muchas horas de reflexión que este confinamiento nos ha regalado. Todo para bien o para mal, pues, en definitiva, parece que estamos vendiendo nuestros principios o nuestras almas. Al comienzo, como Fausto, solo queríamos dominar las cosas de nuestro entorno, lo cotidiano, lo tangible, aquello que respiramos y que nos provoca aversión o diversión, pasión o terror, miedo y sobresalto y este mefistofélico virus nos lo ha mostrado. Tanto, que lo que parecía ser parte racional y conocida de nuestro mundo ha pasado a conformar un mar de brumas en lo que lo emocional y subjetivo campa como las letras de un pagaré vendiendo las almas en fila, como si un famoso autor firmara su libro en la antesala del infierno.

Entre medias, creímos que podríamos, quizá, disfrutar de cierta felicidad ficticia adobada por trágicos consensos con todos esos faustos que quisieron volar tan cerca del sol como ícaros hay en este momento. El doctor Fausto de hoy es capaz de esperar el momento adecuado para vender su alma por lograr la vacuna del coronavirus a un Mefistófeles mucho más astuto, diversificado, polivalente y omnipresente que nunca. El discurso de estos días suena machaconamente a diablo engalanado, poseedor de una lógica aparentemente racional que se lleva todo por delante y convierte a sus víctimas en su adeptos. Pero es tan poliédrico que nos costará identificar al real entre sus imágenes multiplicadas en espejos y se desvanece tan rápido como aparece en los medios, así ya no se sabe si es este o el otro, tanto se asemejan y tan rápido cambian de sitio. Mientras, Mefistófeles nos acerca la copa de los goces de la vida en un momento en el que el precio a pagar sigue siendo inmensurable. Pero muchos ya están bebiendo a grandes sorbos, reconvertidos en nuevos seres detrás de Margaritas que ofrendan amores de adolescentes que les saldrá soberanamente caros, porque se llevan sus vidas.

Aun así, parece que no importa. Como Fausto, nos hemos dejado nuestros principios a la entrada de algún gran templo vacío, acumulando un enorme saco de desechos, y es así como hemos comprometido nuestro futuro. La tragedia humana que compartimos era la historia de un anciano atormentado que a pesar de su sabiduría no supo encontrar la felicidad en sí mismo, y es la que estamos repitiendo, azuzados y acorralados, por la acuciante sensación de tener que decidirnos por firmar o no el pergamino que compromete toda nuestra vida y posiblemente la de nuestros hijos.

Siento que ahora hay muchos más Faustos que los de Goethe y Marlowe… hay tantos que aunque casi no me atrevo a definirlos, los denuncio en un intento de evitar que se conviertan en mi destino.