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El sueño del docente literario

Horacio planteó en su Arte Poética la ecuación: Literatura = [belleza + conocimiento]. La belleza era el delectare, el deleite que necesariamente debía acompañar al prodesse, el provecho, el conocimiento. Debemos en este momento plantearnos la necesidad de dar un paso atrás: se aborda la hipótesis de que se precisa del deleite horaciano, el delectare, para volver, no al conocimiento, sino a la lectura, al acto personal y libre de leer como vía de acceso, o quizás de regreso, a la literatura. Esperamos así poder formar desde la infancia lectores adultos con un pensamiento lector claro.

Las prácticas de renovación pedagógica en materia literaria han representado (antes y ahora) una manera diferente de abordar los procesos educativos y de entender la institución escolar, una actitud que ha promovido la innovación constante con el fin de mejorar la respuesta que ofrecía dicha institución a los retos educativos que la sociedad planteaba. Partiendo de la necesidad de buscar incesablemente mayor eficacia y adecuación de la respuesta educativa a la realidad social, la renovación pedagógica en educación literaria es un concepto amplio y flexible que ha estado siempre íntimamente ligada al contexto histórico, político y social.

Casi universalmente, la "literatura" es tanto un objeto como una herramienta para la educación y la enseñanza, ya que al mismo tiempo está íntimamente vinculada a los "valores", al lenguaje y su aprendizaje y dominio. la relación particularmente compleja que mantiene la literatura, entendida como materia y disciplina docente, con "valores" y con identidad nacional y / o lingüística. De hecho, el lenguaje y la literatura (literatura) que ilustra pueden ser percibidos como un patrimonio legítimo y altamente reclamado, o, por el contrario, como consecuencia de las limitaciones de la historia. Y, en todos los casos, todos saben que el "canon" (es decir, los textos literarios realmente retenidos como objetos de estudio, admiración o imitación) no es natural ni neutral, no más ideológicamente que estéticamente.

Existe una duda continua entre lo universal y lo particular, como si la literatura considerada como un objeto de enseñanza no dejara de ser lanzada entre dos polos: identidad y apertura, vivir entre uno mismo y extenderse al mundo, conocerse a uno mismo y conocer al otro. En la era de la globalización, y la gran convergencia organizativa de los sistemas educativos, todo basado en la proclamación de una obligación escolar prolongada, es un ejemplo sorprendente de esto: tendremos en cuenta que una de las preguntas planteadas por el objeto "literatura" es el de la relación entre lo universal y lo particular. Esto es obviamente es cierto para los estudiantes tomados individualmente y en grupos, pero también de las naciones y culturas educativas que han desarrollado o que les ha sido legada por la historia. 

¿Podemos imaginar por un momento el horizonte de una literatura auténticamente universal? ¿O deberíamos recordar que lo universal siempre se piensa sobre la base de determinaciones particulares? En otras palabras: ¿cuál es, en la enseñanza de la literatura, la relación que se establece, aquí y ahora, entre lo nacional y lo global? La literatura como materia enseñada significa, por lo tanto, además de la práctica del lenguaje, la liberación del individuo a través de la cultura de la imaginación; la pluralidad de voces y modos de expresión; y el derecho al habla individual, en lugar de técnicas para asimilar un corpus heredado de textos. [Jean-Paul Sartre,1985] expuso con una perspectiva moderna el hecho literario/creativo:

Toda obra literaria es un llamamiento. Escribir es pedir al lector (o espectador) que haga pasar a la existencia objetiva el descubrimiento que yo he intentado por medio del lenguaje. Y si se pregunta a qué hace llamamiento el escritor, la respuesta es sencilla...el escritor apela a la libertad del lector (espectador) para que ella colabore en la producción de su obra. (...) De este modo la lectura (o la representación) es un pacto de generosidad entre autor y lector (o espectador); cada uno confía en el otro. Escritos sobre literatura [pp. 100-155].

El modelo retórico es el que ha primado desde finales de la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX. Para este modelo, la literatura es una herramienta puesta al servicio del aprendizaje del arte del discurso, en la medida en que se basa en el estudio de los textos clásicos (de la Antigüedad grecolatina fundamentalmente), considerándolos como modelos de buen decir y referente moral. En este modelo lo más importante es el aprendizaje de las figuras y las reglas retóricas de tales textos, que siempre serán considerados objeto privilegiado de imitación.

A partir del XIX hasta la década de los setenta del siglo XX, el llamado modelo historicista ha sido el protagonista absoluto, sin que se haya resistido a abandonar del todo –incluso en la actualidad– su presencia en los currículos de primaria y secundaria. Se basa este modelo en el estudio de la historia de la literatura. Y podemos destacar las siguientes claves: surge históricamente con la idea de construir los diferentes Estados Nacionales y es el causante de que todavía hoy se estudien las diferentes literaturas nacionales, determinadas a su vez por las distintas lenguas nacionales en la escuela. El modelo se sustenta sobre el aprendizaje memorístico de tal historia de la literatura, poniendo en primer plano el criterio cronológico (de ahí la extendida idea de empezar a estudiar la literatura desde sus orígenes, en lugar de haciéndola partir de los referentes de los alumnos), a través del cual secuencia sus contenidos.

Es, por tanto, un modelo basado en el aprendizaje y memorización de contenidos, y por eso en él se estudian los movimientos literarios y características de cada época, así como los autores más representativos con sus datos biográficos, la enumeración de sus obras, los rasgos estilísticos más sobresalientes, la lectura de fragmentos significativos, etc. Bueno.

Pero en los años setenta del pasado siglo, el modelo historicista entra en crisis. A partir de ahí surge un modelo de tendencia formalista basado fundamentalmente en el comentario de textos y la delimitación de las estructuras textuales (modelo, por cierto, que también llega hasta la actualidad). Mediante este tipo de comentario, se pretende desarrollar las habilidades comprensivas de los lectores. Su claves serían las siguientes: se basa en la búsqueda, identificación y reproducción –esta última a través de la imitación– de los rasgos formales del texto; es un modelo basado en el aprendizaje de estructuras, pues su praxis se basa precisamente en eso, en la adquisición de estructuras textuales para expresarse y leer mejor; si bien complementa al modelo historicista, el modelo textual no lo sustituye ni lo supera, pues normalmente los saberes historicistas se aplican y se integran dentro del modelo textual.

Pero a partir de la década de los ochenta del siglo XX, con el desarrollo extraordinario de la teoría cognitiva, sí que podemos hablar de educación literaria, es decir, supone la aplicación de la teoría cognitiva al terreno de la educación literaria. Entre sus claves diferenciales citaremos las siguientes: este modelo muestra un gran interés por el proceso de comprensión y por los mecanismos de construcción del pensamiento (también del pensamiento cultural, dentro del cual quedaría integrada la literatura), mucho más que por la memorización de contenidos o la imitación de textos clásicos. Despierta el placer y disfrute de la lectura, pues no se trata ya tanto del estudio de un canon histórico de textos literarios como de poner al alcance del alumno una gama de textos susceptibles de ser disfrutados por los educandos adaptándose de paso a sus intereses y su nivel.

Lo que se debería hacer hoy -objeto de esta reflexión- es oponerse radicalmente a la enseñanza tradicional de la literatura, basada en la memorización de una serie de contenidos de la historia literaria, creando hábitos de lectura y capacidades de análisis de los textos. La competencia literaria, frente a la memorización de los listados de obras y autores, persigue poner en primer plano la lectura activa. Es a través de ella como se pretende alcanzar la serie de habilidades necesarias para el análisis de los textos. Más que formar buenos –y prematuros– historiadores de la literatura -esto será para algunos- se trata de formar lectores capacitados y competentes que disfruten de ello. El desarrollo de la competencia literaria, por tanto, no desdeña el modelo historicista, sino que lo considera una parte integrada de la educación literaria en lugar de concebirlo como protagonista absoluto. Y aquí uno de los propósitos más interesantes: la lectura es también un acto creativo; la educación literaria, desde esta perspectiva, no renuncia ni mucho menos al potencia educativo de la literatura incluyo en ello la escritura, claro. El sueño del docente literario -el mío- es llegar a la excelencia de sus alumnos.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.