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Defender con convicción utopías igualitarias: Claude-Henri de Rouvroy, conde de Sain-Simon (1760-1825)

Yo necesito un relámpago de fulgor persistente,

un deudo festival que asuma mis herencias

Pablo Neruda

De un tiempo a esta parte siento con frecuencia una sensación de hartazgo. Se ha impuesto lo políticamente correcto a escala planetaria, comulgamos con ‘ruedas de molino’ y aceptamos, impertérritos, lo inaceptable. El pensamiento único acampa a sus anchas por doquier. Estamos convencidos de que nos aguarda un futuro peor que el presente y actuamos con una docilidad ovina frente a quienes manejan los mecanismos del poder. Prácticamente, nadie se rebela porque rebelarse está mal visto y nos conformamos y resignamos con baratijas políticas, económicas y morales.

De cuando en cuando, me gusta recordar la etimología de las palabras. ¿De dónde viene súbdito? El que escucha desde abajo. Por el contrario, los ciudadanos son quienes participan en la toma de decisiones, colaborando activamente en la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, para los súbditos está reservada la triste condición de escuchar, asentir y callar.

Hace ya bastantes años que el vocablo utopía está desprestigiado. Desde bastante antes, se solía despachar con condescendencia y lástima a los socialistas utópicos como una colección de ilusos, de soñadores vacios de contenido y todo lo más, de pensadores carentes de una ideología capaz de modificar la realidad, bien intencionados… pero irrelevantes.

Soy de los que piensan que hay una serie de ideas y de conceptos de Karl Marx de plena actualidad y que pese, a lo mucho que se ha intentado, no se han podido refutar. Me limitaré a señalar algunos ejemplos: el concepto de plusvalía, la teoría de la alienación o la crítica al funcionamiento del sistema capitalista así como la explotación del ser humano que contiene el germen de su propia destrucción y su consideración del conflicto como motor de la historia…

Sin embargo, el llamado ‘Marx positivista’, que suele revestirse con el pomposo título de ‘socialista científico’, me parece superado por los hechos y ampliamente discutible. Incluso, el opúsculo de Frederic Engels ‘Del socialismo utópico al socialismo científico’ no es más que un canto pedestre al cientificismo y un texto frustrado y frustrante. Algunos pensadores, que suelen denominarse ‘marxistas heterodoxos’, como Ernst Bloch o Leszek Kolakowski sostienen en sus escritos una nueva dimensión y defensa de lo utópico como aquello que no se ha alcanzado todavía pero hacia lo que hay que seguir avanzando… para que pueda ser realidad mañana. De hecho, la historia es precisamente el escenario de realización de la utopía.

La utopía no es ni lo inalcanzable, ni lo ilusorio, ni lo quimérico es, simplemente, lo que todavía no es posible… pero puede serlo en un futuro, de ahí que haya que crear las condiciones que nos permitan alcanzar lo que todavía vemos muy lejano. Estamos en el camino y perseguimos metas, unas más cercanas y otras más lejanas.

Algunos politólogos, pensadores, intelectuales y filósofos de la historia afirman con un poco de sorna, que hay que darle la vuelta como a un calcetín, al título del opúsculo de Engels y de las cenizas del socialismo científico recuperar el respeto por el socialismo utópico… y proseguir por esa senda.

Me propongo escribir unas notas sobre tres o cuatro socialistas utópicos, para la revista digital El Obrero. Comenzaré hoy por Claude-Henri De Rouvroy, Conde de Saint-Simon, que me parece un pensador, un economista y un sociólogo con más recovecos e interés del que se le suele prestar y, desde luego, al que es injusto despachar con dos o tres frases, hechas sin pasar de la capa más superficial y tópica de sus planteamientos.

Poco diré sobre su biografía. Me parece, sin embargo, un signo de coherencia y de integridad que simpatizara, perteneciendo a la nobleza, con el pensamiento ilustrado, con las ideas de la Revolución Francesa, que participara en la guerra en la que los Estados Unidos lograron la independencia de Gran Bretaña y se constituyeron en el primer Estado que asumía los valores republicanos y la herencia de la Ilustración, es decir, en la primera democracia moderna… históricamente hablando.

Tiene igualmente interés que siendo de una familia aristocrática considerara y defendiera que los títulos nobiliarios debían ser abolidos. El, por su parte, predicó con el ejemplo renunciando al suyo. Debía atenderse al mérito de la persona y no a los ‘privilegios de cuna’.

Sus teorías que se fundamentan en dos pilares: uno filosófico y otro económico, tienen lagunas, por supuesto, más representan un análisis de carácter sociológico bien planteado y un programa político basado en principios económicos y filosóficos que podríamos calificar de un cierto carácter “igualitarista”.

Me parece profundamente innovador que considerara que una planificación económica, era no sólo deseable, sino necesaria para lograr un bienestar del que todos los ciudadanos pudieran ser beneficiarios.

Es cierto, que no creía en la lucha de clases, que sus claves eran otras, pero sus planteamientos de que había que incrementar la producción para lograr un mayor estado de bienestar, es un intento digno de ser considerado y sobre el que merece la pena disertar brevemente e incluso profundizar si el espacio lo permitiera.

Creía en el trabajo. Sentía una antipatía, un manifiesto desprecio hacia lo que denomina las clases ociosas, que es tanto como decir que pensaba que tanto la nobleza como la ‘casta militar’ debían suprimirse.

Supo ver las ventajas de la planificación a diferencia de quienes, desde otros supuestos, ‘pontificaban’ y teorizaban sobre economía dejándola a un lado.

Un rasgo de inequívoca modernidad y del que se ha ocupado, largamente, la filosofía política es que para él una de las funciones prioritarias del Estado era, nada más y nada menos, que proporcionar trabajo a todos.

Bien es cierto, que sus teorías apenas transcendieron círculos de influencia de grupos de burgueses ilustrados. Tuvo discípulos como Armand Bazard, que procedente de los carbonarios, se adscribió al sansimonismo pasando a defender teorías gradualistas, pacifistas y reformistas tras analizar la sociedad, su funcionamiento y su estructura. Otro de sus discípulos o seguidores fue Barthélemy Prosper Enfantin. Tuvo, cierta notoriedad como reformador social y ante todo, puede considerársele como protofeminista ya que se opuso a la explotación de la mujer y formuló una serie de medidas para lograr mayores cotas de igualdad.

También puede rastrearse la influencia de Claude-Henri De Rouvroy, Conde De Saint-Simon, en políticos y revolucionarios italianos como Giuseppe Garibaldi o Giuseppe Mazzini que tanto contribuyeron a la unificación italiana.

Quizás sea conveniente exponer que los socialistas utópicos fueron algo más que pre-marxistas y que este heterogéneo movimiento, tan disperso en el continente europeo y en las islas británicas, merece estudios más solventes que atiendan, sobre todo, a sus aciertos que no fueron pocos ni carentes de influencia social.

Creían firmemente en una sociedad más igualitaria y justa, aunque diferían del método o camino para alcanzarla. Por regla general, asumían un cierto pacifismo como una de sus características fundamentales y apostaban por la cooperación social. Rehuían lo que más tarde se daría en llamar lucha de clases y proponían y ensayaban métodos no violentos para acceder a un orden social más justo. La mayoría apostaba por la asociación de los trabajadores como un método o herramienta apropiada para la consecución de metas comunes y de un grado mayor de bienestar colectivo.

Otros asuntos sobre los que creo que se debe incidir, son su decidida apuesta por reducir las injustas y prolongadas jornadas de trabajo, así como su defensa de una educación gratuita, destinada a los hijos de los obreros.

Si nos paramos un momento a meditar, creo que no es exagerado defender que movimientos que han alcanzado en la segunda mitad del XX y principios del XXI, una enorme entidad como el ecologismo o el feminismo no es difícil rastrearlos hasta los socialista utópicos, ya que tienen sus primeras manifestaciones, en cierto modo balbucientes, dentro de lo que se ha considerado su legado teórico.

Me parece asimismo, digna de ser resaltada su confianza en el progreso y su apuesta por lograr cambios sociales que mitigaran o pusieran fin a la explotación, a la opresión y a las injusticias ostensibles que padecían los sectores más vulnerables de la población.

Propusieron y lucharon por avances significativos y que pueden calificarse como de calado. Creían que la situación moral y material debía mejorarse, de ahí proviene que Saint Simon abogara por dejar de lado los sectores improductivos y que los productivos habían de ser quienes se encargaran de colocarse al frente de los destinos de la Nación.

El socialismo utópico tiene un carácter polifacético. En líneas generales no cuestiona la propiedad privada, aunque se muestra partidario de abolir la herencia. Saint-Simon y los suyos propugnaban que el Estado pusiera en marcha grandes ‘empresas’ que realizaran proyectos que tuvieran como beneficiarios a todos los sectores sociales: ferrocarriles, diques y una serie de obras que por una parte conectaran con el progreso y, por otra, proporcionaran beneficios que redundaran en la mejora de las condiciones de vida de los sectores más desfavorecidos y, al mismo tiempo, proporcionaran una riqueza suficiente para poder redistribuirla.

Como hemos dicho antes, para él la planificación era un mecanismo adecuado para erradicar la pobreza y alcanzar una sociedad más equitativa. Me parece de singular importancia –y generalmente ni se menciona- que defendiera poner fin a las guerras entre las naciones y fortalecer la organización racional de la producción.

El sansimonismo, tras la muerte de su fundador, se convirtió en algo parecido a una amalgama entre partido político y movimiento religioso. Tuvo un inequívoco prestigio e incluso una onda expansiva… hasta tal punto que fue considerado peligroso y, por tanto, perseguido hasta que su influencia se fue apagando hasta desaparecer. Probablemente su característica más emblemática es que ayudara a formular y robustecer un pensamiento igualitario y comprometido en la lucha contra las injusticias sociales.

Por otro lado, es indudable el carácter moral y ético de su legado. Intentaban conjugar aspectos difícilmente conciliables… pero hay intentos que, merecen admiración y respeto, aunque no fueran capaces de lograr sus objetivos.

Fueron abiertamente críticos con el capitalismo y condenaron la explotación y las negativas consecuencias sociales que traen asociadas. Ahora bien, ha de reconocerse que no hicieron un análisis de sus causas, ni investigaron a conciencia lo que podríamos denominar las raíces profundas de la explotación. Hay que señalar que su apuesta por la solidaridad, el cooperativismo y su oposición a las injusticias y a las desigualdades, los convierte en referentes teóricos, más que interesantes, sobre los que merece la pena reflexionar y conocer mejor su pensamiento.

Algunos de sus supuestos incluso nos son útiles hoy y están conectados con las iniciativas de los sindicatos de clase o los aspectos más sociales e igualitarios de unas medidas destinadas a favorecer la redistribución de la riqueza y el bienestar social defendidas por los partidos socialdemócratas.

Frente a los pragmatismos populistas y las fracasadas medidas neo liberales, es lógico… que los socialistas utópicos y su igualitarismo adquieran una sorprendente actualidad. De los tres principios que como enseñas, nos ha dejado como herencia la Revolución Francesa, la libertad se encuentra en peligro, desdibujada y sometida a trampas y constantes tergiversaciones que la vacían de contenido. Por supuesto, de la fraternidad o solidaridad y de la igualdad, mejor no hablar en una época en que las diferencias y las desigualdades se abisman y el número de excluidos crece en proporción geométrica. En cuanto a la protección social, más vale guardar un significativo silencio para no deprimirnos más de lo que ya estamos.

Soy de los que piensan que en política el pesimismo tiene siempre unas consecuencias letales. Hace tiempo que no hemos logrado ninguna significativa victoria colectiva. En cuanto a las victorias morales las tenemos tan olvidadas que ya ni recordamos cual fue la última. Nos intercambiamos, de forma bastante estúpida, fetiches verbales y así nos hacemos la ilusión de que ‘vamos tirando’.

El viejo y sabio Aristóteles ya nos advertía, con su peculiar sagacidad, de la conveniencia de contrastar el discurso con los hechos y de extraer las consecuencias oportunas.

Parece que nos hemos acostumbrado a ‘alabar’ y a considerar de ‘buen gusto’ la indefinición ideológica. Quizás, por eso, me merecen muchísimo respeto quienes como los socialistas utópicos no eludieron el compromiso, sino que buscaron las herramientas que consideraban más adecuadas al servicio de su ideología… aunque algunas fueran un tanto toscas y carentes de una elaboración concienzuda y exigente.

Soy de los que piensan que la razón no debe ser cautiva de nadie y, mucho menos, ponerse al servicio de quienes pretender convertir el mundo en una auténtica pocilga llena de excluidos y donde sólo una pequeña casta, bien conectada internacionalmente, sea dueña de los resortes del poder global, aunque sea por delegación y marque el rumbo o la hoja de ruta de los acontecimientos.

En una próxima entrega continuaré con estas reflexiones y elegiré al cartagenero Fernando Garrido, como guía para interpretar los hechos y para poner de relieve como la lucha por la justicia y la igualdad, nunca o casi nunca, ha llegado a ninguna parte… porque quienes tenían fuerza para hacerlo yugularon ferozmente cualquier intento de cambio social. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.