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A propósito de algunos textos sobre el culto a la personalidad de Franco

En un artículo de Rafael Abella publicado en la revista “Historia y Vida” (“La posguerra en sus textos. La forja de un caudillo”, número 104, año 1976, págs. 100 y ss) se estudia, a través de una serie de textos, el culto a la personalidad a Franco, especialmente en la posguerra. En nuestro trabajo nos detendremos en algunos de los textos entresacados por Abella, y los comentaremos porque, creemos que nos permiten comprender este fenómeno histórico del culto a la personalidad y la pervivencia del discurso franquista en la sociedad española. Rafael Abella se basó en fuentes periodísticas:

“Un ojeo a la Prensa de la época franquista da amplios motivos de meditación al registrar la escala de calificativos, la gratuidad de las atribuciones y el desahogo en las afirmaciones sin que un elemental sentido de la medida recortara el torrente verbal del encomio. En ocasiones se buscaba una síntesis arquetípica tan desenfocada como delirante…”

Los textos:

“Franco ha luchado con la espada del Cid, la lanza de Don Quijote y la vara del Alcalde de Zalamea” (El Tebib Arrumi, abril de 1939). Esta frase, según Abella, podría resumir esa síntesis arquetípica, a la que hemos hecho referencia, anteriormente.

“El Caudillo impetra la ayuda de Dios para la forja del Imperio y es un ungido con las palabras sacramentales de la Iglesia” (mayo de 1939). Abella alude a la atribución de “efluvios taumatúrgicos” a Franco. Por nuestra parte, recordemos que ese poder consistía en la facultad de los santos de producir milagros o de determinadas personas para obrar prodigios. En la Edad Media, la Iglesia propugnó la sacralización de las monarquías para establecer un poder indiscutido a través de esta atribución taumatúrgica. Así pues, determinadas dinastías, al ser copartícipes de la autoridad divina, se arrogaron la gracia de poder curar enfermedades con la imposición de manos y la invocación a la mediación celestial. El caso más conocido es el de los monarcas franceses. En el caso español, hubo algún autor que intentó demostrar que los Austrias gozaban, también, de esta prerrogativa. No cabe duda que la idea es sugerente en relación con el intento del franquismo de elevar a Franco a lugares muy altos en lo político y divino, entroncando, además con la tradición histórica. En relación con esta vinculación con el orden divino podemos aludir a la siguiente frase de un artículo de Agustín de Foxá: “En el sencillo cuarto de trabajo del Generalísimo brillaba entre sus mapas, el cristal y el oro litúrgico del relicario que contenía la mano derecha de Santa Teresa…” (ABC, mayo de 1939).

“La utilización de los gasógenos tiene en España amplio porvenir. El Jefe del Estado sugirió e impulsó esta iniciativa de tan alta conveniencia para el interés público” (noviembre de 1940). De sobra es conocido el nulo conocimiento, medianamente elaborado, sobre economía del dictador.

“Y si sobre el heroico pecho del Caudillo, constelado merecidamente por las más preciadas condecoraciones que se otorgan al valor militar y al civil pudiera bordarse una nueva, hecha con las lágrimas de gratitud que su bello gesto ha arrancado, ella sería la que más rutilantemente brillaría en aquél, apagando incluso los resplandores de las otras, aun confeccionadas con las gemas más valiosas y mejor talladas…” (octubre de 1939). El texto se refiere a un indulto que había otorgado Franco. También se exalta su supuesta generosidad. La concesión de indultos tiene mucho que ver con la exaltación del poder de Franco como jefe del estado todopoderoso. No se trata de justicia, ya que, en una dictadura no impera el estado de derecho, sino de una concesión graciosa, al estilo de monarcas del pasado. Franco se convierte en el dueño de vidas ajenas: firmando sentencias de muerte o indultando a condenados.

“El primer día del Caudillo, es decir, el 1 de octubre de 1939 (recordemos que en ese día de octubre de 1936 Franco asumió todos los poderes en el bando sublevado, y que se instauró como celebración, algo propio de sistemas dictatoriales y totalitarios): “Toda España vibró de fervorosa emoción el domingo al conmemorar el Día del Caudillo, ese fasto nacional que nos deparó la Providencia para salvar al país de la horda y concluir con la tutela extranjera que nos esclavizaba, deprimía y anulaba (…) para dar gracias al Altísimo por su bondad de depararnos, con Franco, el artífice que anhelábamos…”. El texto es importante porque resume, a nuestro juicio, muchos de los puntos vitales de la propaganda franquista: España estaría unida con Franco y agradecida con él por su labor, Franco era un enviado por Dios, Franco habría conseguido terminar con la “horda”, es decir, con los malos españoles y concluir con la supuesta tutela extranjera, que presumimos se refiere a la soviética, obviando, lógicamente la vinculación de Franco con el nazismo y el fascismo italiano. Todavía hoy hay quien sigue hablando de la “tutela extranjera” de la República, ya que, a pesar de una ya extensa y rigurosa historiografía, existe quien sigue pensando que la República era un sistema político regido, amparado o manipulado por la Internacional Comunista desde Moscú. Conviene destacar, también, algo que ha calado hondo en nuestro país, y que aparece también en el texto entrecomillado: en determinados sectores políticos en España, cuando se defiende una postura o se ataca la contraria se emplea el argumento de que es algo que desean “todos o los españoles”, algo que la realidad desmiente siempre, dada la contrastada pluralidad de la sociedad española. Pero, por otro lado, debemos recordar que el franquismo, entre las justificaciones empleadas para su permanencia en el tiempo se encontraba, curiosamente, la supuesta existencia de banderías, partidismos y separatismos en España, reconocimiento, en realidad, de la diversidad, pero entendida como algo negativo, a extirpar. La guerra y la dictadura serían necesarias para evitar la destrucción de España, ya que los españoles no sabrían gobernarse a sí mismos y tenderían al cainismo. Hoy en día, sigue latente la consideración del franquismo como “mal menor”, es decir, como un régimen político necesario que habría solucionado la supuesta mala utilización de los cauces democráticos en la República, especialmente, por parte de la izquierda y de los nacionalistas no españolistas, obviando los ataques de sectores políticos, ideológicos y sociales conservadores, reaccionarios y fascistas contra el sistema democrático.

A Franco se le atribuyó un destino providencial. En un artículo del diario “Arriba” del 18 de julio de 1939 se puede leer lo siguiente:

“De las Islas Afortunadas-nunca les fue tan propio el nombre como ahora- ha volado a Marruecos el máximo Capitán de su siglo. El es providencialmente elegido para dar a su pueblo, ya casi amortajado por rojos trapos moscovitas, la voz de “levántate y anda” que aún espera expirante. El centelleo de su espada rasga la bruma espesa en que se emboza el porvenir de España. Brilla en su diestra el arma saludable como si fuera un mínimo Jordán de redención patriótica. Cuando ella traza en el aire africano su fúlgido zizzga, todos los descorazonados ponen su corazón en su puesto de honor…”

En el texto interesarían dos cuestiones: el repetido argumento acerca del poder soviético sobre la República, aspecto fundamental en el capítulo de justificaciones sobre el golpe de estado del 18 de julio y que, como bien ha demostrado la historiografía es una invención; y, por otro lado, el tema de la espada como galvanizadora, en manos del “máximo Capitán de su siglo” (no sabemos si de España o del mundo), del patriotismo y del honor en España. La espada aparece en muchas ocasiones; como en este ejemplo,

“Franco, la espada más limpia del mundo”

El texto es de Francisco Lucientes y, sí, esta vez, la espada es del mundo, ya no sólo de España.

Siguiendo con el destino providencial de Franco nos detendremos en la aportación de Ernesto Giménez Caballero, en el diario “Arriba” del primero de octubre de 1942, porque, además nos ofrece un interesante retrato del dictador:

“España sólo se moverá otra vez con ímpetu en la Historia por el símbolo de Franco. No sólo porque ve en él su Guía providencial sino porque al cabo de seis años sabe ya quién es el Hombre (…) de paso lento y firme: de entrañas implacables; y de rostro impasible. Tipo cesáreo. Que no vaciló en la Guerra. No ha vacilado en la paz – ni vacilará en lo que viene. Caiga quien caiga…

…Sereno, impávido; broncíneo –ese Hombre misterioso que casi nadie conoce bien de cerca- pero que todo un pueblo presiente alucinado que le lleva a una gloria cierta y mayor que las pasadas. A la Grandeza y a la Libertad soñadas y prometidas.

¿Cómo? ¿Cuándo? No sabemos. Ni desearlo sabemos.”

Es sumamente curioso cómo Giménez Caballero define de forma muy aproximada a la realidad la personalidad de Franco: “lento y firme”, “de entrañas implacables”, “rostro impasible”, “sereno”, “impávido” que no vaciló ni en la guerra ni en la paz ni en lo que se avecinaba (recordemos que el texto es de 1942 y en unos pocos años el régimen se las verá con su peor crisis al ser vencida la Alemania nazi), “y que casi nadie conoce bien de cerca”. Giménez Caballero pretendía reflejar la templanza de Franco y otros atributos propios del culto a la personalidad, como “broncíneo” y “cesáreo”, pero nos aporta, sin quererlo, rasgos, confirmados por los historiadores, y que, si para el autor serían cualidades de un gran líder, pueden ser interpretadas desde otro punto de vista. Si para el autor era impasible, sereno, impávido, duro en su interior, sin vacilaciones, hoy sabemos que, efectivamente lo fue en su forma de gobernar, en la represión implacable y en su nula empatía, o caridad, sin apeláramos a su pretendido catolicismo, hacia los perseguidos por su régimen. Muchos autores y personajes contemporáneos que trataron a Franco repiten, por fin, lo difícil que era saber lo que pensaba Franco. Para terminar con el texto de Giménez Caballero no podemos dejar de comentar el final. Para el autor, Franco llevaría al pueblo español a la gloria inigualable, a la grandeza y a la libertad que prometió, pero los españoles ni sabían el modo de conseguirlas ni cuándo llegarían. Además, como buenos súbditos obedientes y confiados en su líder no lo deseaban saber, todo llegaría por voluntad de Franco; harto definitorio de lo que se pretendía con el nuevo régimen: ciudadanos esperanzados con Franco y el nuevo estado y dóciles, porque ya tenían quien pensara y decidiera por ellos.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.