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1890: El año de las tres epidemias

Los españoles sufrieron una grave crisis de salud cuando finalizaba un largo periodo de cinco años de gobierno liberal, bajo la presidencia de Sagasta. La gripe exhibió sus demoledoras armas en los primeros meses; el cólera, el más temido peligro del siglo XIX, atacó de nuevo el Levante español y algunas zonas del interior, causando 2.824 víctimas en total. En Madrid, el llamado "mal del Ganges" acometió en menor medida que en anteriores ocasiones, pero lo suficiente para crear una atmósfera de miedo y tensión, que afectó al suministro de víveres en el verano. Y cuando parecía haber ya suficiente sufrimiento apareció la viruela a finales del año, cuyos efectos adquirieron una dimensión inesperada en la capital.

El 9 de enero, Alfonso XIII, con cinco años de edad, sufrió un colapso cardíaco y durante varios días se temió por su vida. Sagasta, que había dimitido ante su madre la regente María Cristina de Habsburgo, convocó de nuevo a sus ministros para hacer frente a la situación. Una muchedumbre silenciosa acudió a palacio, lo que provocó atascos en la calle Arenal. Hasta que no entró en fase convaleciente, ocho días después, la posibilidad de muerte del pequeño rey otorgó un perfil dramático a la capital, ya tensa por la presencia de la gripe, que en dos meses se llevaría a 6.155 madrileños.

Políticamente, los dos grandes partidos tuvieron que asumir responsabilidades en la lucha contra las epidemias. Por ejemplo, Madrid tuvo dos gobernadores civiles: el liberal Alberto Aguilera, que se enfrentó a la gripe, y el conservador Sánchez Bedoya que lo hizo frente al cólera y el drama de la viruela. El 5 de julio de 1890, Sagasta pasaba la presidencia del consejo de ministros al conservador Cánovas.

Desde el punto de vista sanitario, el Hospital General de la capital no pudo asumir el creciente número de enfermos de gripe por lo que fue necesario que la diputación organizara rápidamente nuevos hospitales en Vallehermoso, en el palacio de Bellas Artes y en el hipódromo (con 250 camas). Cuando llegó la viruela se sucedieron los planes para distribuir los enfermos comunes en zonas residenciales y concentrar los afectados por la epidemia en Vallehermoso, proyectándose la construcción de hospitales militares de campaña en un plazo mínimo o el traslado de enfermos al cuartel militar María Cristina, que se encontraba todavía inacabado. La prensa criticó todo lo que parecía presentar visos de improvisación. Las universidades en todo el territorio, en varias ocasiones, cerraron sus puertas ante las protestas de los estudiantes, que se quejaron de la falta de higiene de las aulas y de las pensiones donde vivían.

Si la insuficiencia hospitalaria agravó la crisis, la falta de higiene de las viviendas la desencadenó: fue el elemento clave para la mayoría de médicos. Periodistas y sanitarios denuncian la falta de higiene, tanto en las viviendas de los más pobres como en las cotidianas costumbres sociales. Los presidentes de las Juntas de Socorro en la capital consideraron que la insalubridad de los alimentos era la espoleta de la mortalidad masiva. Los puestos de carne, fruta, verduras y pescados no tenían más ventilación que la puerta; las tiendas de venta de comidas baratas eran focos de contagio; algunos dueños de café vendían carne y pescado a los figones en malas condiciones. La justicia y los ayuntamientos reaccionan en todas partes, aumentando las inspecciones sanitarias y la destrucción de alimento en malas condiciones, enfrentándose a la población en caso necesario.

Algunas voces apuntaron a la deforestación que asolaba España, tal y como había alertado, hacía cinco años, la Real Sociedad Económica Matritense. Se creyó que los árboles servían de pantalla a los vientos invernales, entorpeciendo la gripe, por lo que Alberto Aguilera, a comienzos del siglo XX, construiría en Madrid la única gran zona verde municipal, el parque del Oeste y los bulevares, el paseo arbolado que enlazaba el citado parque con el paseo de Recoletos.

Al igual que en otras epidemias, la necesidad de aumentar la caridad y la ayuda social saltó al primer plano. En todas las provincias aumentó la actividad de instituciones y asociaciones de beneficencia, cofradías, juntas de barrio y de distrito. Los periódicos, casinos y sociedades organizaron centros de suscripción y rifas. Los periódicos liberales hicieron llamadas a sus suscriptores; los conservadores no desearon rezagarse en las iniciativas y, el 3 de enero, Cánovas reunió en su casa a colaboradores, amigos y directores de periódicos para erigir un comité central con la misión de reunir fondos para ayudar a los más desfavorecidos. La reina presidió la Real Sociedad de Beneficencia que logró el segundo puesto en la recaudación de dinero para los afectados por la gripe en un mes. El tema de la caridad, que había dividido a la clase política en anteriores crisis, en ese año de 1890 disminuyó notablemente.

Para frenar a la viruela -cuyos estragos se extendieron hasta febrero de 1891 causando 3.000 víctimas- las autoridades impulsaron la vacunación, pese al rechazo de muchas personas que temían inocularse en plena epidemia. Todavía había críticos con esta medida y enemigos de su uso. Se habló de obligar su práctica, pero sólo se logró en organismos oficiales y escuelas. Mientras, mucha población se retrajo, por ignorancia o por recelo, de esa elemental medida profiláctica. Pero cuando la situación se agravó, la gente se hacinó en los centros vacunatorios municipales, que funcionaron con ayuda de médicos privados: el 23 de octubre de 1890 se vacunaron 1.698 madrileños ¡en un día!

Como escribió Antonio Fernández, la aparición violenta e inesperada de la viruela desveló el escaso nivel cultural de las masas y una deficiente estructura de los servicios sanitarios. A comienzos del siglo XX las medidas de vacunación obligatoria se impondrían todavía con suma dificultad en España.

El lector interesado puede acudir a

-Antonio Fernández, Epidemias y sociedad en Madrid, Barcelona, Vicens-Vives, 1985.

-María Isabel Porras, "Luchando contra una de las causas de invalidez: antecedentes, contexto sanitario y aplicación del decreto de vacunación obligatoria de 1903", Asclepio, 56, 2004, pp. 145-168. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.