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Ibsen no tiene fecha de caducidad


Nuestra sociedad es masculina, y hasta que

no entre en ella la mujer no será humana

Henrik Ibsen

Me considero, ante todo un lector. Desde que era joven Ibsen no sólo me interesa, sino que me entusiasma, me hace pensar, fomenta mi rebeldía… y me ha ayudado a comprender muchas cosas sobre el comportamiento humano.

Cuando hay dramaturgos del siglo XX que han envejecido mal y otros que aunque, de tiempo en tiempo, se recuperen son poco representados. La apuesta por Ibsen es un valor seguro. Quizás, por eso, sus obras de mayor envergadura cada cierto tiempo se reponen y siempre con éxito.

Puede que sea el autor que más influencia ha ejercido en la dramaturgia moderna. A veces pienso que para Ibsen el escenario no era sino un tablero de ajedrez. Sabe disponer con paciencia y habilidad los movimientos de las “figuras”. Es, por tanto, un dramaturgo cuyas obras se asemejan a una partida sobre casillas blancas y negras… en la que los errores se pagan caros y pueden ganarse partidas por un instante de audacia o por un gesto de valentía y coraje y, también, pueden perderse cuando se concita la enemistad o la animadversión de demasiados rivales escénicos a un tiempo.

¿Fue un revolucionario? Con matices habría que responder afirmativamente. Sus dramas más audaces constituyeron en su época todo un escándalo. En lugar de halagar el gusto burgués, se atrevió a cuestionar los valores vigentes de la sociedad patriarcal y los lugares comunes dominantes social y políticamente.

Ahí están para atestiguarlo “el portazo” de Nora o algunos parlamentos sobre la democracia y la manipulación del doctor Stockmann que no han perdido vigencia, aunque su teatro va notablemente más allá de Casa de muñecas o de Un enemigo del pueblo. Merecen la pena, ser citadas a este efecto: Espectros, El pato silvestre, Las columnas de la sociedad, Hedda Gabler y Cuando despertemos muertos, de las que habría mucho que hablar y más que comentar.

Bien es verdad que el dramaturgo noruego es un individualista irredento, fustigador implacable de la hipocresía, de la falsedad y de las más rancias convenciones sociales. Sus personajes utilizan máscaras y disfraces… que pueden arrancarse hasta parecer desnudos, sin poder ampararse en ningún dios tutelar.

Una bruma de desolación envuelve a criaturas débiles que han de enfrentarse a situaciones que las superan. Los sueños rotos dejan un aroma triste. La muerte o la soledad son a veces la consecuencia de no claudicar.

Un gris universal, como un viento helado es quien acaba empujando a los personajes hacia donde se resisten a caminar. Quizás el tiempo sea el que tenga las respuestas. El teatro de Ibsen está lleno de sombras que se entrelazan con otras sombras, huyendo de su pasado… hacia ninguna parte.

Se pueden decir amargas verdades con un pañuelo de seda al cuello y portando finos bastones. Una niebla paralizante y siniestra penetra lentamente por las paredes y se instala en las estancias sin hacer ruido pero, produciendo efectos letales en caracteres con frecuencia angustiados. Las flores están marchitas y las sonrisas desaparecen bajo el rictus amargo de la impotencia.

Las retiradas estratégicas son otra mentira, las noches son largas y llenas de tristeza, porque una casa de muñecas resulta una alegoría de lo atroz, lo fugitivo y lo obsceno que puede ser una vida humana alienada, frágil y quebradiza… aunque se saquen fuerzas de flaqueza para decir basta. La libertad es hermosa mas fugaz y transitoria. El populismo y la demagogia son, con demasiada frecuencia, los heraldos negros del desastre.

No me resisto a señalar que Ibsen ejerció una influencia decisiva en August Strindberg y Anton Chejov, dos dramaturgos colosales, acostumbrados a elevar la anécdota a categoría y a penetrar, sin paños calientes, en el lado obscuro de la existencia.

Como viene ocurriendo con excesiva frecuencia, los críticos e historiadores acostumbran a “arrimar elascua a su sardina” haciendo pasar al dramaturgo noruego por las arcas caudinas que les apetece, ya sean ideológicas, políticas o estéticas. Así se nos ha hablado de un Ibsen fascista, de otro anarquista… cuando fue, nada más y nada menos, que un individualista irredento y un crítico social implacable y mordaz, que mostrando con crudeza la miseria moral, los prejuicios y convencionalismos de una burguesía estúpida y pagada de sí misma, supo adelantarse a su tiempo en aspectos claves poniendo de relieve conceptos, ideas y símbolos que décadas más tarde irían ganando espacio hasta imponerse.

El historiador Rafael Pérez de la Dehesa en su estudio preliminar a La evolución de la Filosofía en España de Federico Urales, apoyándose en una documentación exhaustiva, comenta como de pasada, al constatar la recepción de Ibsen en España como en Alemania, por ejemplo, se le consideró un genio germánico y causó furor entre los ultranacionalistas.

En los países del sur de Europa, sin embargo, se le tuvo por un revolucionario y hasta por un anarquista. Por lo que respecta a nuestro país y a la influencia ejercida por Ibsen debemos hacer referencia al libro de Halfdan Gregersen Ibsen and Spain. A Study in Comparative Drama. Leopoldo Alas, que siempre estaba atento y ojo avizor, saluda su aparición y la revista cultural La España moderna, tradujo varias de sus obras.

Muy interesante es que Un enemigo del pueblo se representase en los teatros proletarios, siendo en líneas generales, obreras y obreros anarquistas los actores y que La revista blanca, de tendencia libertaria y cuya alma mater no era otro que Federico Urales publicase en noviembre de 1898 una biografía muy elogiosa de Henrik Ibsen.

Es indudable, desde luego, que los textos del dramaturgo noruego conservan en su interior la semilla de muchas y potentes ideas de futuro. El feminismo, sin ir más lejos, tiene a Nora por un auténtico icono. Se da el caso que el teatro de Ibsen tiene una enorme fuerza y facilidad para generar polémicas, escandalizar y “épater le bourgeois”.

Por eso, no puede extrañarnos lo más mínimo, que antes de convertirse en un clásico tuviera enfervorizados partidarios y detractores y que fuera amado y odiado por quienes veían en él un profeta o quienes lo consideraban subversivo y disolvente y así ha llegado hasta nuestro presente incierto.

Ibsen critica la corrupción sin ambages, pero no estoy tan seguro si critica la democracia o el modo en que algunos la pervierten, la vacían de contenido y la instrumentalizan al servicio de sus intereses espurios.

Me parece de enjundia y no una mera anécdota, que Arthur Miller adaptó Un enemigo del pueblo y la empleó como arma arrojadiza contra la caza de brujas del odioso senador McCarthy. Por lo que respecta a nuestro país, en 1920 Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Manuel Azaña, hizo una versión de esta obra para el Teatro Español, con motivo de los actos que se programaron en el contexto del Congreso de la UGT que, por supuesto, rezumaba rebeldía y compromiso social. Por su parte, Fernando Fernán Gómez en 1971, en los estertores del franquismo, supo convertirla en un alegato eficaz contra los abusos y el ambiente irrespirable de la dictadura, por no citar más que otro hecho muy representativo.

Se puede afirmar que Ibsen fue básicamente un “gran perturbador de conciencias” al igual que Nietzsche. Si el pensador alemán filosofaba “a martillazos” el dramaturgo noruego lo hacía con una fuerza devastadora unida, eso sí, a una gran penetración psicológica y a una magnífica sutileza expresiva.

Una de sus especialidades es, en sentido figurado, arrancar máscaras y buscar bajo los disfraces lo que se pretende ocultar, que frecuentemente, no es otra cosa que la ruindad moral, los prejuicios más insanos, la envidia y el hastío de vivir y hasta la desesperación.

Fustiga la hipocresía, la mezquindad, la carencia de altura moral y el desmedido afán de dominio y control.

Debe destacarse que fue atacado hasta la extenuación por los “clérigos”, tanto luteranos como católicos, que no vacilaron en calificarlo como un enemigo del cristianismo y casi como un monstruo. Y es que el “portazo” con el que se cierra Casa de muñecas paradójicamente, abrió muchas puertas. Y tal y como las sufragistas supieron ver, puso en marcha la lucha de las mujeres concienciadas en pro de su emancipación social y los primeros pasos hacia la igualdad de derechos.

He titulado este breve ensayo “Ibsen no tiene fecha de caducidad”. Desde mi punto de vista, esta afirmación es incontrovertible. Rebosa palpitante actualidad por los cuatro costados. Pensemos en un pueblo, por ejemplo de la costa levantina.

Pensemos, asimismo, que ese pueblo tiene en el turismo una de sus principales fuentes de riqueza. Si esto es así, podemos imaginar como las “fuerzas vivas” reciben la noticia de que las aguas del balneario están contaminadas y son un peligro para la salud pública.

El doctor Stockmann o como quiera que se llame el denunciante, se queda solo. Las fuerzas sociales reaccionan con una unanimidad aplastante en defensa de sus aviesos intereses. El denunciante, sea quien sea o se llame como se llame, vive en su propia carne la amargura de que “tener razón” puede no valer de mucho si otros controlan el poder sin escrúpulos y conceden más importancia a su enriquecimiento personal que a la salud pública. No me parece, en absoluto “baladí”, que también critique la manipulación de los medios de comunicación, que acaban por estar siempre, al servicio del poder y disfrutando de las migajas de su mesa.

Creo que no es aventurado afirmar que Ibsen se muestra, en esta y en otras obras, como un anticapitalista y a favor de lo que hoy definiríamos como una actitud ecologista y defensora del medioambiente. Pone de relieve el uso demagógico de conceptos tan importantes como el del bien común y, también, del precio de decir la verdad cuando esta es incómoda para quienes han tejido una red corrupta a fin de seguir adelante con sus turbios negocios.

Para finalizar esta colaboración quisiera poner de manifiesto que en el Teatro Alfil, de Buenos Aires, se representó esta obra haciendo el papel del Doctor Stockmann una mujer, la actriz Virginia Lago y consecuentemente, titulando la obra “Una enemiga del pueblo”.