Volvamos al Congreso de 1997, aquella mañana de junio, cuando un Felipe González de 51 años, terminaba su discurso, invitando a repensar el socialismo para el siglo XXI. El silencio espeso en la sala, que había absorbido hasta ese momento sus palabras, se convirtió en aplauso, ovación puestos en pie, lágrimas y gritos de Felipe, Felipe, Felipe… Por un largo rato – larguísimo rato, como si se aplaudiera a Maria Callas, tras su última aria – todos aquellos cargos, todos aquellos poderes municipales y autonómicos, todos esos ex ministros y directores generales, ahítos de despacho y de cinismo administrativo, se sintieron, de nuevo, bajo la bóveda del teatro Jean Vilar de Suresnes en 1974. En su retirada, Felipe les recordó quienes eran, de donde venían y, que los había llevado hasta allí.