La democracia parlamentaria se basa en un principio muy simple que consiste en que el Gobierno ha de contar con la confianza del Parlamento. Si el Gobierno (o su Presidente, como establece la Constitución española) dispone de suficientes apoyos parlamentarios, el parlamentarismo funciona. El fundamento de este principio es que el Parlamento, como expresión de la voluntad de los ciudadanos a través del sufragio, otorga su confianza a un órgano que es el Gobierno, que ha de desarrollar políticas públicas que responden a los principios políticos de la mayoría parlamentaria. El continuum Parlamento-Gobierno, a través del programa de gobierno con el que el segundo obtiene la confianza del primero, expresa muy bien la teoría y la práctica de la democracia parlamentaria. También existe la democracia presidencialista, donde el titular del Poder Ejecutivo, el Presidente de la República, dispone de un mayor margen de actuación política porque ha llegado a su puesto sin necesitar de la confianza parlamentaria, sino gracias a la elección de los electores, pero, como se ve en Estados Unidos y en los Estados más sólidos de América, el titular del Poder Ejecutivo ha de gobernar en colaboración con el Parlamento. En definitiva, la democracia de nuestros días, sea parlamentaria o presidencialista, es un sistema político bipolar que funciona mediante la interrelación o interlocución del Parlamento con el Gobierno (o con el Presidente de la República en los sistemas presidencialistas).