La segunda vuelta en Brasil y las incógnitas sobre el posible gobierno de Lula
- Escrito por Mario Alejandro Scholz
- Publicado en Opinión
HASTA CIERTO PUNTO UNA SORPRESA
Dando un nuevo revés a las encuestas, las elecciones de Brasil del pasado dos de octubre en primera vuelta confirmaron el favoritismo del candidato de centro-izquierda del Partido de los Trabajadores (PT), José Ignacio Lula Da Silva, pero sorprendieron con el alto nivel de apoyo logrado por el actual presidente de la República y líder del Partido Liberal (PL) de derecha, Jair Bolsonaro. Los números redondeados en 48% para el primero y 43% de votos para el segundo demuestran por otro lado que la polarización resultó el otro registro significativo del sufragio.
Por lo pronto, sobre los nueve puntos de “neutrales” distribuidos casi por mitades entre los candidatos Simone Tebet, del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), y Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista (PDT), ambos de tendencia moderada, resulta claro que será más fácil para el potencial triunfador Lula obtener los dos puntos adicionales que necesita para ganar el ballotage de aquí a un mes, que para Bolsonaro lograr los siete puntos faltantes para tocar la mayoría en esa segunda vuelta.
Lula se exhibió en campaña con un perfil moderado, apoyado en su candidato a vicepresidente, Geraldo Alckmin, del Partido Socialista Brasileño (PSB), más al centro. Pero, a pesar de ello, no logró disipar el clima de división que parece afectar a todas las grandes democracias, no sólo del continente americano, casos de Estados Unidos, Brasil y Argentina, por ejemplo, sino también hoy de varias naciones europeas.
En la práctica, esta creciente división del electorado entre posibles extremos agrega un desafío adicional a los gobiernos en estas circunstancias, porque no sólo deben resolver los problemas cotidianos de su país, sino también tienen que lograr restablecer la unidad nacional, el sentido de destino común, restituir en el sentimiento del hombre común la condición de hermandad entre los connacionales más allá de compartir o no sus ideas políticas.
Sin duda, los discursos políticos que en campaña acentúan las diferencias, amén de propuestas concretas de acciones y reformas que van en un sentido u otro, han hecho mucho por ahondar este enfrentamiento entre los pueblos, en el entendimiento especulativo de que profundizar la crítica negativa al adversario es el mejor camino al triunfo electoral. Y eso podría modificarse finalmente, de mediar reflexión y mayor altruismo político. Pero el otro problema de fondo subsiste, esto es, el debate sobre el sentido de las reformas frente al continuado fracaso en la lucha por el desarrollo, al menos de las economías de Latinoamérica.
Este dificultoso proceso de despegue de las economías de la región, aún de Brasil considerado la mayor potencia del sur de América y miembro pleno de los nuevos países industriales agrupados en los BRICS (con China, Rusia, India y Sudáfrica), es causa de continuadas frustraciones. Y se trata no solo de la subsistencia y aún de aumento de la pobreza (esto último no particularmente en Brasil), es decir, de la cuestión económica, sino también en décadas más recientes del aumento del descontento social, de la violencia y criminalidad urbanas y de otros fenómenos negativos como la persistente dificultad de acceso a bienes básicos como salud y educación, generando un clima poco grato en la vida cotidiana.
Seguramente, dentro de este descontento social aparece también la visión de alta corrupción en la gestión gubernamental. Vale aclarar que Jair Bolsonaro trató de vincular a Lula con los problemas de corrupción del pasado reciente en Brasil, de los que los casos de “Lava Jato” (Petrobras) y “Odebrecht” fueron los ejemplos más notorios. Pero nada pareció involucrar de modo directo a su oponente Lula. Su paso por prisión en un proceso declarado nulo finalmente por la Corte Suprema de Justicia de Brasil se debió a una cuestión de orden muy menor: la aparente aceptación de un regalo importante (un departamento mediano en una ciudad balnearia del sur de su país), lo cual aún de ser cierto constituiría seguramente una “peccata minuta” frente a los miles de millones de dólares involucrados en aquellos casos efectivamente comprobados de corrupción por sobornos a funcionarios públicos.
Tampoco alcanzaron estas acusaciones a Dilma Rouseff, en su momento sucesora de Lula en la Presidencia como candidata del Partido de los Trabajadores (PT), destituida del cargo por “impeachment” (juicio político) sustanciado en el Congreso de su país por haber trasgredido normas legales en la gestión presupuestaria, esto es, aprobar gastos de Gobierno no específicamente incluidos en el presupuesto. Un hecho que, en cambio, es moneda común en varios países de la región, por caso Argentina, sin que por ello medien sanciones, siquiera morales, a los gobernantes de turno.
Sin embargo, es claro que por acción u omisión los casos de corrupción de alta significación tuvieron lugar en estos años recientes de gobierno del PT, que seguramente ahora se propone mejorar los controles internos y la disciplina de los funcionarios para no reiterar ese tipo de fallas en el Gobierno. Igualmente es difícil evaluar hasta dónde Bolsonaro logró poner el tema de la corrupción en el centro de las preocupaciones en debate, las que lógicamente se enfocan en aquellas otras cuestiones económicas y sociales.
No en vano el todavía presidente de Brasil apeló a un aumento del gasto social de Gobierno durante la campaña, luego de aplicar una sensible austeridad presupuestaria en el período previo pos pandemia del Covid-19 en 2020, año en el que todos los grandes países debieron dar lugar a una mayor laxitud fiscal. Por caso Brasil elevó el déficit en ese ejercicio a más de seis puntos del PBI, pero hoy ya cuenta con presupuesto en equilibrio.
En suma, el sentimiento general de desazón, de fracaso nacional para alcanzar el bienestar general parece haber primado sobre las otras cuestiones, y Lula representa en su moderación y con el apoyo de importantes sectores de la política brasileña, una auténtica esperanza de alcanzar ese despegue. Y también está presente en un sector importante del electorado brasileño, al igual que sucede con casos similares en otras naciones, una severa condena a formas totalitarias de Gobierno, al intento a veces real, otras solo a nivel de amenaza, de concentración del poder con el avasallamiento de la división de poderes propia de una democracia plena.
Pero la división entre los que enfatizan el progresismo y aquellos que dan prioridad al orden sobre otras consideraciones, incluso de las que hacen a la convivencia democrática entre los distintos sectores políticos, no pudo siquiera reducirse, y menos todavía disiparse.
UN TRIUNFO AJUSTADO QUE OBLIGA AÚN MÁS A LA MODERACIÓN
La elección de los representantes y senadores ante el Parlamento brasileño exhibió en cambio la cara opuesta a la concentración del voto presidencial en las dos figuras que aspiran a ganar, y que se repartieron más del 90% de las preferencias. En efecto, esa elección parlamentaria simultánea evidenció un gran reparto del voto, reiterando la vigencia de un congreso brasileño sumamente distribuido entre distintas fuerzas políticas, donde las del centro en sus distintas variantes (el así llamado “Centrāo”) constituyen mayoría, sin la cual no es posible lograr apoyo para aprobar las leyes que orienten la acción de Gobierno, máxime cuando se trata de los deseos o aspiraciones reformistas.
Más todavía, dentro de ese archipiélago de bloques parlamentarios de distintas agrupaciones en el congreso brasileño, el conjunto de los “liberales” de Bolsonaro constituirán la primera minoría en ambas cámaras, Senado y Diputados, un verdadero obstáculo para un Gobierno que hiciera gala de cualquier extremismo de izquierda.
Lula, como probable ganador del ballotage, ya ha tomado nota de esto, lo cual no resulta una sorpresa, a la inversa del resultado electoral. Desde un primer momento, el candidato trabalhista asumió una actitud moderada, en el sentido de asegurar su respeto por la economía de mercado, sin por ello dejar de mantener en alto reivindicaciones sociales propias del Estado de bienestar y sin proponer ninguna forma de autoritarismo, en contraposición con la figura de su rival Bolsonaro. Y en esa dirección obtuvo el apoyo explícito del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, un socialdemócrata de gran prestigio y con señalado éxito en sus dos períodos consecutivos de gobierno (1995-2003), que precedieron los anteriores de Lula (2003-2011).
Las propuestas de Lula en materia social, para atacar ciertas deudas en materia de salud, por ejemplo, deberán pasar entonces por el tamiz del Congreso y deberán contentar al “Centrāo” para tener aspiraciones de implementación. Y la demanda del votante que no fuera satisfecha recaerá más sobre la Presidencia que sobre el Parlamento. Brasil cuenta ahora -como hemos señalado- con un presupuesto razonablemente equilibrado, lo cual implica margen para decidir prioridades, sin por ello ingresar en situaciones de inestabilidad económica.
La piedra de la discordia parece constituirla el proyecto de Lula de derogar la reforma laboral (sancionada en 2019 por el Gobierno de Michel Temer), que dio más flexibilidad al sistema de contrataciones, abrió negociaciones por empresa frente a las tradicionales por sindicatos que representan a todo un gremio, redujo el costo de las indemnizaciones por despido y recortó diversos beneficios para los trabajadores.
Por otro lado, con Lula se prevé una evolución más negociada y moderada de la apertura comercial regional en términos de reducción de tarifas de importación, dando lugar a una posibilidad más conciliadora para la gestión del Mercosur que hoy está paralizada desde los tiempos de Bolsonaro, con la presidencia de Fernández (Alberto) en la Argentina, dos gobernantes que ni siquiera intercambian saludos a pesar de la importancia del comercio entre los dos países.
De todos modos, Lula no dio todavía pistas claras sobre su orientación económica y solo dio lugar a movimientos gestuales, como su acercamiento al antiguo presidente del Banco Central Henrique Meirelles, un representante de la ortodoxia y a quién podría recurrir nuevamente al formar equipo de Gobierno.
La Bolsa y los mercados financieros han reaccionado positivamente frente al resultado electoral, lo que implica no ya que piensen en que Lula vaya a ser derrotado en la segunda vuelta por un Bolsonaro más pro empresario, sino más bien porque aun siendo favorito el candidato del PT o bien venciendo el candidato liberal, la Presidencia, quienquiera que fuera el ganador, deberá estar atenta al logro de consensos con la mayoría parlamentaria distribuida a su vez en varios partidos del centro.
NECESIDAD DE NUEVOS LIDERAZGOS
Las primeras conclusiones post primera vuelta eleccionaria señalan tanto un debilitamiento del posible poder de un Gobierno de Lula como la consolidación de un frente de derecha, que cuenta con un claro líder, Jair Bolsonaro. Lula aun ganador deberá hacer honor a su palabra de asumir como líder de una transición, tanto en lo que hace al proceso político y económico de su país como al interior de su partido.
En efecto, en razón de su edad (casi 77 años), y más ahora también con un posible Gobierno en minoría parlamentaria, el viejo dirigente sindical debe asumir que esa transición debe dar lugar a la aparición de nuevos liderazgos que posibiliten un adecuado pase de la antorcha a una nueva generación, así como el histórico ex gobernador de Río de Janeiro Leonel Brizola lo hiciera con el propio Lula.
Su discípulo partidario Fernando Haddad, además de perder en las elecciones generales de 2018 que consagraron a Bolsonaro, enfrenta ahora una difícil segunda vuelta para la gobernación del más poderoso estado de Brasil, San Pablo, al quedar relegado en la primera con un 35% de votos frente al 42% que logró el candidato liberal y también ex militar Tarcisio Gomes de Freitas. Su posible derrota en el ballotage lo dejaría maltrecho para esa eventual sucesión, para la cual ya se frustró Dilma Rouseff por su separación forzada de la Presidencia.
Esa herencia debe encontrar pronto un receptor para que el PT pueda sostener su alternativa futura en un Brasil en el que, como vemos, existe entre los electores mucha dispersión desde el centro hacia los extremos. Y también con la apertura a un nuevo liderazgo se podrá dar mayor espacio de proyección futura a la posible gestión de transición que intentará -de ganar- Luiz Ignacio Lula da Silva.
Pero tampoco la derecha deberá estar confiada en Bolsonaro. Su figura despierta demasiado rechazo y la adhesión lograda, que hoy lo fortalece, tiene un límite bien visible. Para que el lugar alcanzado tenga permanencia, esa derecha deberá moderarse y dar lugar también a nuevas figuras, posiblemente entre los gobernadores electos por el Partido Liberal que han logrado importantes triunfos en la última elección, alcanzando una popularidad que deberán ratificar a su vez con la gestión. De no consolidarse esa herencia desde el centro derecha, también se debilitará el panorama futuro de Brasil, que no debiera permanecer por largo tiempo en un contexto de fuerte brecha entre los extremos. Sin duda, eso puede ser conveniente para aquel “centrāo” que negocia sus votos y gana espacios y hasta hace presidentes, como Michel Temer (2016-18) y, mucho antes, José Sarney (1985-90) e Itamar Franco (1992-94), pero que no por eso asegura estabilidad al sistema brasileño.
La clave entonces para el futuro será el éxito de la “transición” en dos sentidos, en la gestión de Gobierno y en el surgimiento de nuevos liderazgos. Ambos factores serán críticos para la definición de un horizonte previsible para el Brasil.
LA PROYECCIÓN SOBRE AMÉRICA LATINA
La polarización y las demandas sociales, que implican para su satisfacción el regreso a un sendero de crecimiento que los países de la región, con Brasil a la cabeza, han perdido desde hace más de un quinquenio, serán la medida de la transición vista desde el interior de ese país. Restablecer el diálogo, asegurar la paz social y conciliar posiciones y lograr consensos para las reformas que puedan impulsarse, debiera ser el marco para el éxito en esa transición.
Por ejemplo, más que regresar a un régimen laboral poco flexible para una economía mundial cambiante, se podrá intentar limar los excesos pro patronales del nuevo régimen de 2018, por ejemplo revisar la posibilidad de extender la jornada laboral hasta doce horas diarias y dejar aquellos cambios que sí responden a la necesidad de competencia, como es el caso de la reducción del costo de los despidos o de las negociaciones laborales discriminadas por empresas, sin imponer pautas generalizadas por sector.
Lula tiene una mirada positiva sobre el Mercosur, en el que Bolsonaro volcó un marcado escepticismo, más que corroborado por la falta de diálogo con el Gobierno argentino de los Fernández (Alberto y Cristina), y por la actitud un tanto independiente de un socio menor, Uruguay, y prescindente del otro miembro, Paraguay. Un Mercosur unido puede acordar la eliminación de algunas distorsiones y asimetrías (en materia de tratamiento fiscal, por ejemplo), fortalecer el arancel único común (unión aduanera completa) y ampliar así las corrientes de comercio internas, para entonces negociar mejor con las otras potencias o espacios económicos mundiales, lo que incluye cerrar de una vez el acuerdo con la Comunidad Económica Europea.
En esa mirada al exterior es donde Lula puede fortalecerse, a la manera de un liderazgo regional en toda la América del Sur. Su debilidad de origen, atendiendo a la necesidad de gobernar (suponiendo su triunfo en segunda vuelta) con minoría parlamentaria, puede fortalecer su imagen de moderación dentro del progresismo, que es la tendencia dominante en la región, sin perjuicio de la evidencia de manifestaciones diversas, algunas hasta muy controversiales, como es el caso de Venezuela.
En recientes declaraciones, el ex presidente de Chile Ricardo Lagos, un claro exponente del socialismo regional, pone un ejemplo de los desafíos que debe enfrentar el progresismo para adaptarse a las nuevas realidades. En efecto, aconseja al presidente de su país, Gabriel Boric, poner acento en la demanda de seguridad interior de los ciudadanos de su país, algo que décadas atrás no estaba en la agenda de las demandas sociales, pero, que hoy, lamentablemente, acrece como necesidad popular, a la que suma la lucha contra el narcotráfico. Y recuerda, además, que un presidente debe gobernar para todos, ya sean partidarios o no.
En esa dirección es que un Lula vencedor en Brasil, encarando con seriedad un periodo amplio de transición, con diálogo abierto con los gobiernos de la región y con un prestigio y excelente recepción en todo el mundo, comenzado por los Estados Unidos y Europa Occidental, puede jugar un rol ejemplificador y de moderación dentro del espectro progresista, favoreciendo los consensos y fortaleciendo una salida regional en términos económicos y políticos. En definitiva, una búsqueda de progreso y paz social en democracia, que es la aspiración de todos.
Pero aún un Lula ganador y moderado no es garantía de éxito regional si persisten los enfrentamientos extremos, si las naciones no van logrando la otra transición, hacia la trasferencia de los liderazgos a nuevas generaciones, sean de derecha o de izquierda, alejadas del clima de polarización extrema que está envolviendo la región, al menos en Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Perú y hasta cierto punto Chile, y con Colombia como nueva gran incógnita.
Mario Alejandro Scholz
Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.