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El primer semestre de Milei: ¿Un aprendiz de brujo?


(Tiempo de lectura: 7 - 14 minutos)

Si hay alguna cosa que el presidente argentino, Javier Milei, ha logrado es repercusión internacional, no claro por sus virtudes de gobernante -que no parecen ser muchas- sino más bien por su espíritu rupturista que imita y hasta supera las transgresiones de otros líderes de la extrema derecha como Donald Trump, Boris Johnson o Jair Bolsonaro.

Su reciente paso por Madrid, más allá de su adhesión al extremismo de Vox, le permitió insultar al presidente de España y a su familia, comprometiendo una relación de hermandad de carácter histórico, más bien desde los orígenes de Argentina, tierra en la que la Península es considerada por todo su pueblo como la “madre patria”. Y de paso se permitió comprometer la relación con una nación democrática que siempre ha sido una de las puertas de acceso de su país a la Comunidad Europea, a muchos de cuyos gobiernos ha despreciado ya en su paso por Davos. En efecto, en ese foro el pasado mes de enero se permitió llamar comunistas y fracasados a todos los regímenes del viejo continente -ya fueran de centro o social demócratas-, que no contengan un sesgo ultraliberal “libertario” o, como él mismo prefiere calificar, “anarco liberal”, cualidad que para él solo ostentan el húngaro Víctor Orban y la italiana Giorgia Meloni, aunque esta última ya ha preferido poner distancia con estas expresiones ultraístas.

No mejor suerte había tenido su compatriota el Papa Francisco (antes Cardenal Carlos Bergoglio), a quien también Milei calificó de comunista e hijo de madre de mala conducta, a pesar de pedir luego perdón por sus exabruptos en una visita al Vaticano, pero a su regreso ratificó que su pensamiento sobre la doctrina social de la Iglesia no había cambiado en nada, es decir, que le resulta algo así como una versión actualizada del Manifiesto de Carlos Marx.

Es claro que estos pasos por el mundo para descalificar y vilipendiar todo aquello que no huela a ultra reaccionario (“anarcolibertario”) le han valido hasta una tapa de la revista “Time”, amén de otros múltiples ecos de la prensa internacional, pero al mismo tiempo cada vez resultan más evidentes sus enormes limitaciones de gestión, puesto que sin ignorar la gravosa herencia recibida de la anterior gestión de Alberto Fernández-Sergio Massa, la economía argentina no sale de la recesión con alta inflación.

Es cierto que sus antecesores le dejaron a Milei un terreno cenagoso: creciente deuda pública que supera el 80% del PBI (de la cual la externa resulta más de 2/3 del total) y un déficit fiscal de casi un 15% de producto, sumando los desequilibrios del Tesoro y del Banco Central, entidad que ante la carencia de fuentes de financiación dio lugar a una emisión sin freno que colocó a la economía al borde la hiperinflación.

Y Milei, bajo el símbolo de una motosierra como arma para cortar de raíz el gasto público, la emprendió contra ese déficit, al punto que desde su llegada en diciembre de 2023 dispuso que el Tesoro no gaste más que lo que recauda, aún con una recolección de ingresos tributarios en baja en virtud de la recesión generalizada.

Pero como bien puso de relieve el economista americano Paul Krugman, la baja del déficit no es un arma suficiente y ni siquiera está directamente vinculada con la política antinflacionaria. En todo caso, decimos nosotros, cabrá atribuir el logro de la muy lenta reducción de la tasa mensual de inflación desde un pico del 25% en diciembre del año pasado (más del 300% anual) a un 8% en el período reciente (del orden del 200% anual), sobre todo a la fuerte contracción de la demanda interna, en particular del consumo. El PBI caería en 2024 no menos del 4%, a pesar de estar precedido por varios años de estancamiento, mientras que la pobreza que en la herencia llegaba al 45% de la población ya ha trepado a no menos del 55%.

Es difícil concebir una economía y una democracia estables con más de la mitad de la población en ese estado de necesidad, máxime en un país con enormes riquezas naturales, que son no sólo las tradicionales de la producción agropecuaria argentina y sus derivados de la industria alimenticia, sino además el petróleo y la minería con un enorme potencial exportador.

Milei confiando supuestamente en las fuerzas del mercado ha dejado hacer en estos seis meses de gestión, sin otra intervención adicional a aquélla de un fuerte ajuste del gasto, tanto por el recorte del mismo como, más todavía, por la licuación de los valores reales de las partidas presupuestarias (que son las mismas de 2023 sin ajuste alguno) por efecto de la inflación. Milei no presentó un presupuesto nacional 2024 al Congreso. No en vano la prensa local comenta ahora que “la licuadora ha sido más efectiva que la motosierra”.

Este “dejar hacer” no trasunta tanto un credo liberal como la evidente carencia de un plan económico, por fuera del ajuste fiscal. Algo que ya ha observado el propio Fondo Monetario Internacional que es a este momento el principal acreedor de la Argentina. Y el credo liberal pierde relevancia cuando el gobierno mileista mantiene el rígido control de cambios por temor al impacto de una liberación del mercado de divisas, que, ante la ausencia de una política de ingresos, se reflejaría en mayor devaluación del peso y, por ende, en un alza de los precios domésticos, en particular la de los alimentos que son a hoy la base de las exportaciones argentinas.

Pero no es solo el control de cambios el pecado contra el credo liberal. Alarmado por las presiones de los sindicatos en reclamo de mejoras salariales en función de la inflación vigente, los secuaces de Milei han intervenido en el mercado demorando o incluso negando la aprobación de nuevos ajustes pactados en las mesas de negociación entre trabajadores y patronales (“paritarias”). Por otro lado, también han obligado a los sistemas privados de salud a no ajustar más las cuotas mensuales, en este caso con un Ministro de Economía asustado por los últimos aumentos, puesto que las empresas habían pactado un congelamiento con el anterior gobierno en el segundo semestre de 2023, que trajo como consecuencia fuertes pérdidas, de las que ahora intentaron resarcirse.

Y no termina allí el listado de las excepciones a la libertad de mercado. Las tarifas de servicios públicos que fija el gobierno pero que en su mayor parte presta el sector privado, luego de un fuerte ajuste en enero, no han seguido el ritmo trazado en la medida necesaria para cubrir los costes, al contrario de las promesas previas. Esto mantiene la vigencia de importantes cuotas de subsidios y/o déficits operacionales, al punto que el ministro de Economía, Luis Caputo, obligó a prestadores eléctricos a aceptar en pago de deudas bonos estatales de largo plazo. Cabe señalar que esta obligación se disfrazó de una aceptación “voluntaria” para evitar la declaración formal de un “default” de deuda pública.

Y entre otras consecuencias el desfinanciamiento llega a los servicios. Un choque de trenes en plena ciudad de Buenos Aires originado, según las primeras pericias técnicas, en la falta de inversiones en el sistema de señalización, terminó con una cincuentena de heridos, accidente que hizo recordar pasadas tragedias ferroviarias debidas a idénticas razones. En tanto, la llegada del invierno sorprende sin capacidad de transporte a un nuevo gasoducto estatal, y lleva a la obligación de racionamiento del uso industrial del combustible, y todo ello por la suspensión de las inversiones en plantas compresoras,

UN REGRESO SIN GLORIA

No bien regresó Javier Milei de su cruzada española, vanagloriándose de su entredicho personal con el presidente Pedro Sánchez, no tuvo mejor idea que organizar y encabezar un acto en el estadio cerrado más importante de Buenos Aires, sede de muchos eventos históricos, para cantar un viejo rock argentino (“Panic Show”) cuya letra proclama “yo soy el león /yo soy el rey/ y te destrozaré”, y luego presentar un libro de su autoría, en el que pretende rescatar las viejas teorías de la escuela económica austríaca.

Pero el clima interno ya no es el mismo. Mientras llega el frío del invierno y se encarece la cuenta de calefacción a gas, algunos empresarios señalan la ausencia de un programa económico y se permiten advertir, como ya lo hizo su ex jefe y magnate de medios, aeropuertos y petróleo del país, Eduardo Eurnekian, diciendo “que se ponga las … y comience a gobernar”. Medios de prensa de corte liberal expresan ya algo similar aunque en términos más académicos, mientras que sus viejos colegas economistas de igual inspiración liberal formulan similares sugerencias. El ex ministro de Economía de Carlos Menem, Domingo Cavallo, le propone que no demore más la liberación cambiaria, única forma en la que ingresarán capitales para salir del estancamiento. Otra vaca sagrada como el profesor Ricardo Arriazu fue más allá, señalando que “la economía se basa en la confianza y la esperanza, pero la gente tiene un plazo”.

Por fuera de sus seguidores más fanáticos, la realidad es que Milei ahora está llegando al límite de su popularidad. A la salida del tradicional Te Deum celebrado el 25 de mayo en la Catedral de Buenos Aires, en celebración del primer gobierno patrio de 1810 que finalizó el largo periodo colonial argentino, el público le hizo escuchar pitadas y otras pullas. Y unas semanas antes, el pasado 23 de abril, una multitudinaria manifestación que tuvo lugar en todas las grandes ciudades del país (800.000 personas solo en Buenos Aires), en apoyo de la educación pública y en oposición a los recortes presupuestarios, no le ahorró diatribas.

En tanto en el Congreso, donde los libertarios son minoría en ambas cámaras (diputados y senadores), sigue demorada la posible aprobación de su “ley de bases”, que sería la piedra fundamental de su plan de gobierno. Es que, a pesar de la intención declarada de grandes sectores de la oposición de consensuar y colaborar con el gobierno, grupo compuesto por dialoguistas y colaboracionistas al que se suman varios gobiernos provinciales que cuentan con senadores no alineados, no logran acuerdos en firme para concertar un texto común. Ese conglomerado de partidos fuera de los extremos es clave para obtener una mayoría en la votación faltante en la cámara alta, pasada ya la media sanción de diputados.

La “ley de bases” supone diversas reformas, algunas ya consensuadas, tales como la flexibilización del régimen laboral o la privatización de diversas empresas públicas (varias de ellas re-estatizadas en tiempos de Cristina Kirchner como, por ejemplo, la aerolínea de bandera y el servicio de aguas y cloacas de Buenos Aires). En cambio, existe un fuerte debate sobre el proyecto de atribuciones plenas al Poder Ejecutivo para disolver diversos organismos públicos, algunos relacionados con la ciencia y la tecnología, otros con la cultura, también varios sin mayor sustento funcional; y muy particularmente con un nuevo sistema de incentivo a la inversión.

Esa propuesta que llega como siglas “RIGI” (Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones) implica el otorgamiento de exenciones fiscales, acceso libre a la compra y venta de divisas y a la importación sin recargo de equipos e insumos para nuevos proyectos, pensando en las posibilidades de producción petrolera y de minerales, litio, cobre, etc., que presenta el país. Ello, máxime luego del hallazgo de petróleo de esquisto en Vaca Muerta, en el interior del país, con desarrollos que han bajado los costos; y la perspectiva de un nuevo yacimiento mayúsculo en el mar argentino que en el apogeo de su explotación puede entregar 1,5 millones de barriles/día.

El RIGI es en rigor el sustituto encontrado y propuesto de un país estable con libertad de cambios. Pretende así crear un “enclave” que dé seguridad a inversores sobre las esperadas vicisitudes de la coyuntura económica y política de la Argentina. Después de todo, de tener andamiento, sería más de lo mismo: la profundización del modelo extractivista, sin otra alternativa de desarrollo del país y sin respuesta entonces para las grandes masas urbanas, que concentran la mayor parte de aquél 55% de pobres que contabiliza hoy el país de Milei.

Así y todo la oposición dialoguista no teme tanto al método extractivista como a las consecuencias del RIGI en los otros sectores económicos, donde se ubican las industrias existentes, algunas muy competitivas como la de alimentos, otras en vías de lograrlo como la automotriz, que serían rápidamente desalojadas por cualquier nuevo proyecto sectorial que utilice ese régimen, y se convierta automáticamente en más competitivo por razones ajenas al propio proceso productivo o de innovación tecnológica.

Y mientras la aprobación de la “ley de bases” pende de un hilo, siendo la única que ha presentado hasta ahora Milei al Congreso, comienza un debate político entre los que se habían volcado al ultraliberalismo de los nuevos tiempos, creyendo leer un “cambio de época”, y los más astutos que comienzan a olisquear que algo no cierra y que los buenos tiempos no están tan cercanos. Ni hablar de los desplazados, los de la vieja escuela peronista que, apartados por el fracaso de dos décadas, comienzan a atisbar alguna reacción, la que en principio requerirá un cambio del “mascarón de proa”, porque la presencia de la familia Kirchner impide su regreso como mayoría.

En tanto, el siempre inestable gabinete ministerial de Milei, en virtud de estar sujeto a los caprichos y veleidades del presidente y de su intrigante hermana y compañera, Karina “la Jefa”, sumado a la falta de resultados, puede sufrir nuevas bajas, comenzando por el antiguo amigo y hoy distanciado jefe del Gabinete de Ministros, Nicolás Posse.

TIEMPOS TURBULENTOS

Milei debe mover ficha ahora. No solo para buscar un acompañamiento más homogéneo que pueda interpretar mejor sus caprichos y su voluntad, sino para lograr algunos resultados, sean estos reales, visibles o, por el contrario, simplemente presentables como parte de una posverdad que él pretende instalar, la de un mundo mejor, libertario y anárquico.

En ese aspecto existen distintas proyecciones posibles. El agudo analista político, historiador y líder de opinión en la prensa, Carlos Pagni, entiende que Milei debiera navegar mejor en el contexto de los partidos del centro y de la derecha moderada del Congreso para el logro de una mayoría que le posibilite avanzar en su programa de gobierno, como vemos todavía no definido plenamente. Se trataría de imitar el proceso del “centrao” brasileño, un conglomerado de partidos minoritarios dentro del Legislativo que permite lograr mayorías y se mueve como eje de las decisiones, y al que recurren con acuerdos y consensos los titulares del Poder Ejecutivo, sean éstos de derecha o de izquierda en su origen. El “centrao” acompaña así la política de gobierno en Brasil, moderándola y, por supuesto, obteniendo a cambio ciertas ventajas.

El problema para Milei es que ha llegado como líder de una corriente antisistema que condena la vieja política al igual que Vox en España, a la que califica de “casta” que solo actúa en función de su propio beneficio, nunca por el interés general. Por supuesto algo siempre está dispuesto a ceder, el tema es cuánto. Y del otro lado, la otra pregunta es hasta dónde la vieja “casta“ lo va a acompañar si no se advierten resultados positivos en la gestión.

La otra posibilidad es la que señaló desde un primer momento, al tomar nota del carácter transgresor, voluble y egocéntrico del presidente argentino, el politólogo Andrés Malamud, quien avizora que un Milei que no obtenga buenos resultados y que se distancie totalmente de la negociación política puede quedar a merced del Congreso y de su destitución, a la manera de la secuela que vivieron los presidentes del Perú en este nuevo siglo hasta Pedro Castillo, el último en ser depuesto. Un final trágico para aquel aprendiz que no sepa dominar los procesos de la política.

 

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.


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