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¿Una cultura libre de la política y de la economía?


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

¿La cultura lo impregna todo --arte, política, economía, religión, ciencia, etnicismo-- o es ella la que está sujeta a otras fuerzas más poderosas, como las de la política y la economía?

La respuesta a esta pregunta, que parece ociosa, es para nosotros fundamental. La causa es el hastío por tanta palabrería incongruente, inoperante, ocultadora de la realidad. La respuesta que demos revelará el grado de entidad que le concedemos. Una cultura determinada por otras fuerzas a nuestro modo de ver representa una fuerza menor. Sabemos que los distintos poderes económicos, y sus correas de transmisión políticas, crean su propia cultura; sin embargo, nos resistimos a creer que no haya una Cultura (con mayúscula) que, capa a capa, milenio a milenio, no haya creado unos principios universales propios, enfrentados a esta disparidad en lo mismo.

En la filosofía de la antigua Grecia, por ejemplo, hubo filósofos que como Sócrates, Platón o Aristóteles justificaban la esclavitud, mientras que otros, como Antifonte o Dion de Prusa (romano pero platónico), la consideraban injusta y antinatural. No significa esto que fueran hombres justos en lo demás.

Hoy, la alegoría platónica de la caverna se acepta sin más, pero, ¿nos preguntamos dónde se ha de situar en ella al esclavo de carne y hueso? Seguramente, el entendido en la materia, jugando con los términos, argumentará que siendo prisionero de su propia ignorancia está en lo más profundo de la caverna, mirando a la pared, de espaldas al fuego y a la entrada. Es decir, una respuesta subjetiva. Pero, entonces, ¿para qué se busca el bien en la alegoría del “sol”? ¿O es una representación, una “performance” más? Y, ayer como hoy, ¿cómo se puede conseguir ese bien justificando a la par la esclavitud en sus múltiples variantes (Libia, hoy, donde hay mercado de esclavos silenciados y mucho peores que Gadafi), los secuestros, los genocidios, las victorias por asfixia comercial?

Visto esto, ¿admite la cultura tales contradicciones, o así se convierte en farsa? La cultura, ¿qué es, una simple acumulación de saberes, indiscriminados, contradictorios, a veces a horcajadas de caballos apocalípticos (no exageramos: Groenlandia, Báltico, Ucrania, Palestina, Irán, Israel, Yemen, Sáhara, Polo Norte, Mar de la China, India-Paquistán, Venezuela… y lo que pueda venir), o por el contrario, es un conjunto de principios armónicos, sedimentados y cribados por las malas experiencias a través del tiempo, es decir, un proceso cualitativo que persigue el bien?

Se podrá decir que esos principios existen. Sí, pero como luces de Navidad, sin que su inaplicación los desgaste. Es más, Platón puede defender la esclavitud y a la vez ser hoy “paradigma de la filosofía humanista, de la capacidad racional y de la búsqueda de la virtud”. No hablamos del siglo V a. C, sino del XXI. Que contradicción: la idea apartándose del ideal.

Hay múltiples teorías para explicar el movimiento de la historia. Para unos es un viaje circular (el eterno retorno) por el cual se podría regresar incluso a la prehistoria (puede que sí), para recomenzar (puede que no) ¿Estamos ante el gran reseteo de los grandes financieros? Para otros es una ascensión en espiral, donde los puntos se superponen pero en un grado superior de desarrollo. Aquí, Voltaire habría acertado: “la civilización no acaba con la barbarie, la perfecciona”… y la enmascara. Para unos terceros es un proceso dialéctico entre fuerzas contrarias. Y aquí Occidente ha hecho el milagro: no hay fuerzas contrarias. Como mucho, gente contrariada y principios contradictorios. También hay quienes creen que la historia es un proceso dialéctico, y que estamos en el momento en que los contrarios llegan a us máximo enfrentamiento para que surja una nueva síntesis que en su vientre ya lleva la contradicción futura.

Volviendo al pasado, pero avanzado un poco más, David Hume, autor cuyas ideas filosóficas no han perdido vigencia, criticaba la esclavitud romana, pero defendía un racismo que justificaba la esclavitud inglesa. Incluso en 1766 aconsejó la compra de una plantación de esclavos en Granada. Por el contrario, José de Cadalso, mucho menos conocido que Hume, (hipercrítico con la historia de España), denunciaba el mal: “…Los pueblos que tanto vocean la crueldad de los españoles en América son precisamente los mismos que van a las costas de África a comprar animales racionales de ambos sexos…(y) los venden en público mercado ... (Luego) toman el dinero , se lo llevan a sus humanísimos países y con el producto de esas ventas imprimen libros llenos de elegantes inventivas , retóricos insultos y elocuentes injurias contra Hernán Cortés …” (Cartas Marruecas”). Ambos eran persona cultivadas y por mucho que algunos invoquen los Pirineos, ambos pertenecían a una misma cultura con base en una religiosa común. ¿Puede una cultura verdadera soportar estas contradicciones?

¿Son Platón y Hume demasiado remotos? Creemos que no en cuanto su pensamiento conserva todo o parte de su vigor. Es más, la Universidad de Edimburgo (la de Hume) está atravesando conflictos no resueltos que reverdecen la memoria del filósofo británico. Pero podemos recordar cosas más próximas, como que hasta 1967 los EEUU soportaban a estados que prohibían los matrimonios interraciales (sobre todo entre negros –no, gente color-- y blancos) con penas de cárcel que podían llegar hasta los 10 años. Esto a pesar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) proclamada por la ONU y suscrita (e inspirada) por los EEUU. Ese pasado que algunos menosprecian es el sedimente sobre el que se sostienen muchas de las incongruencias actuales.

Vivimos una crisis cultural en la que se arrincona a talentos indiscutibles pero molestos y se encumbra a charlatanes. Una crisis que va de la ética a la estética (de paso decimos que no toda estética es ética: los salones de Leopoldo II de Bélgica, propietario exclusivo del Congo, eran magníficos), pasando por el impudor y la ignorancia. Hoy no se va al teatro a ver a los clásicos. Hoy “nos vemos” en Disney.

El asunto de la cultura es complejo. Plantea numerosos problemas difíciles de desentrañar porque se entremezclan conceptos, paradigmas, subjetividades, fantasías, formas de comunicación (a trozos o rodeada de todas las circunstancias según convenga). Los paradigmas son nudos gordianos que de intentar desatarlos amenazan fanfarronamente con llevar a la catástrofe. Alejandro Magno y su espada lo entendieron bien. Son verdades inapelables que no se pueden ni siquiera matizar. Son "formas de ver el mundo" que establecen no sólo la verdad, sino que condicionan todo un universo de verdades circundantes, como que el Norte es civilizado y jardinesco y el Sur atrasado y selvático. Establecido esto, ¿cómo discutir que aquel domine sobre éste? Que no han tenido tres guerras mundiales (llamamos guerras mundiales a todas aquellas en las que participan más de 13 naciones) ni acciones colonialistas masivas carece de importancia. Si un paradigma aislado es problemático, imaginemos dos en colisión.

En resumen, un paradigma funciona como un mapa mental que organiza y filtra nuestra visión de las cosas; sin nuestra participación consciente, añadimos nosotros. Un modelo digno de ser seguido, dice la RAE. Mapa tan imperativo que no se investiga si es correcto. Pensemos en Ptolomeo y su paradigma geocéntrico. Un mundo cargado de apariencias más reales que la propia realidad. Decía Julio Camba irónicamente que él podía crear una nación en Getafe. Bastaba con averiguar las características antropomórficas preponderantes, sus modismos locales y un millón de pesetas (de la época) y ya estaba .Y si alguien contradecía la idea se le callaba preguntándole qué es una nación.

Pero aquí no estamos hablando de nacionalismo, sino de paradigmas. Esto es lo que han hecho las razas que se han autonombrado paradigmáticas, las razas superiores. Se han mirado al espejo, han seleccionado sus características físicas y con algo más de un millón han definido a la raza elegida. Pero esto a veces falla. La raza superior tenía un volumen craneal superior, hasta que descubrió que los indios americanos les ganaban en eso. El dato desapareció. Resulta que si hablas de obesos, estrábicos, genu varos, amanerados, etc. te cancelarán. Pero de esta sensibilidad idiomática (que está muy bien) se escapan los “bajitos”, así dicho. ¿En cuántos programas de televisión no habremos visto el rechazo amoroso por ser bajito el candidato? ¿Será que la raza alta superior lo quiere así?

En esta confusión hasta la verdad verdadera puede estar rodeada de verdades falsas. La aguja de la brújula siempre marcará al Norte, pero se puede girar el instrumento de forma que la aguja y el Sur coincidan. Decía un mariscal que necesitaba soldados que supieran leer los mapas. Cierto. También lo necesitan los ciudadanos. Es necesario distinguir la aguja de los bailantes puntos cardinales grabados. Hoy el mundo está cargado, más que nunca, de verdades rectas con intenciones torcidas. Inciso: ya del secuestro de Maduro se ha formado una versión que concluye con la imbatibilidad de la IA secuestradora. El poder que ve a través de las paredes y adivina futuros movimientos.

Verdades relativas o torcidas: ¿Qué más pacífico que ser internacionalista? Pero internacionalismo no significa abolición de las naciones, ni creación de un gobierno mundial, sino todo lo contrario, relación entre naciones cooperativas. ¿Cómo cooperación sin naciones? La “no nación” es terra nullius, tierra de nadie. Que no haya fronteras es imaginable. Que no sea de nadie, menos.

Una verdadera cultura busca, sobre todo, la erradicación del sufrimiento, físico y moral, humano, animal y vegetal. Hay un dicho en el derecho inglés que está muy bien: no hay delito sin víctima. Ese es el horizonte, la evitación de víctimas; del cual hemos estado siempre muy alejados. Tanto que ni nos hemos dado cuenta. Y los que sí se dan cuenta, no suelen cotizar en la bolsa de valores culturales.

 


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