Casa con tres puertas mala de guardar (2)
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
“No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué punto se dirige” Arthur Schopenhauer.
No son pocos los analistas que con datos verificables vaticinan un futuro sombrío para Europa. Tampoco es un secreto, basta con observar los hechos y las estadísticas de los últimos años. Lo penúltimo: la reunión UE – EEUU en Escocia. No obstante, hay una corriente dominante que se empeña en convencernos de lo contrario. Nada anómalo ocurre, dicen, hay que confiar en la UE, en sus instituciones, en su proyecto (una constitución rechazada que fue reeditada con otro formato), en su espíritu de solidaridad. Ya en el año 2000, en “Aquí no puede ocurrir”, Joaquín Estefanía subrayaba un optimismo convertido en religión. Parangonadas con esta, las ideologías pueden ser buenas, pero carecen de la flexibilidad necesaria para adaptarse a los cambios bruscos de la realidad. Y la economía puede con la ideología.
De todas las fantasías, quizás la más perturbadora sea la de la solidaridad europea. No es lo mismo compartir lealmente la soberanía a hacerlo con socios que anteponen a todos sus intereses particulares, incluso de forma dañina. En España llevamos décadas confiando en Europa o utilizándola para excusar malas decisiones. Hemos olvidado los dudosos sacrificios, principalmente agrícolas e industriales, que nos impusieron para ingresar en la CEE. “En 1986 España se consolidaba como la octava potencia industrial del mundo”. “Hoy estamos entre los puestos del 12 al 15, con tendencia al descenso”. Eso sí, descenso compartido con el resto de Europa (3.000 fábricas cerradas en Alemania, las grandes deslocalizándose hacia China, buscando energía barata. Más grave la crisis en la estupenda pequeña y mediana empresa italiana, mucha de ella familiar, que no puede emigrar).
Los confiados ya han encontrado el antídoto semántico: eurofobia. Pero tal animadversión es falsa. Lo que ocurre es que se ha cambiado el modelo, del cual no hay uno sólo. David Mitrani, por ejemplo, hablaba de dos vías, una, funcionalista (integración en los sectores convenientes; al principio era así) y otra federalista, con una autoridad central desde el inicio. Hoy tenemos un híbrido poco transparente.
¿Existe tal solidaridad? No. Entre los muchos problemas está el de la energía. Noruega, por ejemplo --fuera de la UE (¿por qué?) pero vinculada a ella mediante importantes lazos--, mantiene una política exterior muy beligerante que refuerza esta tendencia; sin embargo, no la respalda con acciones congruentes. Los precios prohibitivos de su petróleo debilitan al resto.
Holanda cada dos por tres nos recuerda lo inútiles y manirrotos que somos (mejor ser una especie de paraíso fiscal). Hay países que comen más de lo que pueden digerir, con las consiguientes consecuencias.
Italia no tuvo inconveniente en puentearnos con Argelia. Esperemos que seamos inteligentes y aceptemos la oferta de esta para recomponer relaciones y reequilibrarnos con Marruecos.
Gran Bretaña (que tampoco quiere ser miembro de la UE, sólo beneficiaria), peor. También muy beligerante verbalmente, es intolerable su actitud en Gibraltar, donde multiplica la hostilidad.
Para Francia los Pirineos siguen ahí: bloqueos a nuestros productos agrícolas y vinícolas; problemas técnicos en la interconexión eléctrica aduciendo causas que no son; respecto al Sáhara su postura fue claramente promarroquí desde los sesenta.
¿Cuestión secundaria la del Reino Alauí? En absoluto, es estratégica: abarca asuntos territoriales, emigratorios, comerciales, energéticos, militares; incluso incide sobre nuestra autoestima. Y Europa contra sí misma, en cuanto España es europea pese a las dudas de los ignorantes. Ingenuo esperar que ese reino se despegue de EEUU, e ingenuo por nuestra parte creer que su saco tiene fondo. En definitiva, que sólo cuentan los peligros que señalan los hiperbóreos en esta Europa estratificada.
Dada la falta de reacción de nuestros representantes es necesario que la preocupación pase a los ciudadanos (aunque no cobren por ello). El nihilismo del da igual o del todo es lo mismo probablemente sea el peor de nuestros problemas. Ya hay demasiadas personas --en su tiempo felizmente confiadas--, que hoy duermen en las calles. Sin que nos pregunten, hemos pasado del blanco y verde al caqui y negro. El límite del 3 por ciento sólo ata al gasto sccial.
Ante esta situación hemos de reflexionar sobre qué y quiénes somos, y cuál es el proyecto que nos reservan. Es más, no basta con conocerlo, hemos de intervenir en él. Y esta necesidad no surgirá si no fortalecemos nuestra identidad y autoestima, muy debilitadas. El aspecto psicológico es incluso más poderoso que el del acero. Nuestro problema tampoco es la endofobia, sino la despreocupación, la banalización, preferir la broma ocurrente a la reflexión seria, ignorar que los problemas individuales no se resuelven en medio de un problema colectivo. Olavide escribía que éramos “un cuerpo compuesto por otros menores separados y en oposición mutua que se oprimen y desprecian entre sí”. Resulta paradójico que nuestras tradicionales desconfianzas locales no se den con los extraños. Si la unidad europea es recomendable ¿por qué no las demás? La federalización no ha de ser forzosamente la anulación de los estados integrantes. ¿O acaso se pretende una Europa de regiones y de soberanías debilitadas, o incluso eliminadas? La cuestión es que buscamos entre nosotros (hasta casi la invención) el hecho diferencial, y a continuación renunciamos a protegernos convenientemente.
Si hubo un tiempo en el que se justificara tal confianza, esa no es hoy la situación. Europa atraviesa dificultades que ella misma ha provocado. En tal situación, tan grave es que no se nos consulte como que a nosotros nos sea indiferente. Es necesario detener los intentos de diluir sin garantías al estado nación --relativamente protector --en un magma indefinido y dirigido desde instancias no elegidas directamente. La multiplicación de delegaciones remotas aparta al ciudadano de los centros de poder.
¿Es esta la defensa del aislacionismo? En absoluto: no hay nada que aísle tanto como la irrelevancia. Se está configurando un mundo de regiones económicas y de polos de poder en el que cortar cables –mientras otros los tienden y fortalecen-- es suicida. Hemos de prepararnos para el mundo interdependiente que viene, para poder negociar en un plano de absoluta igualdad y libertad. La dirección de tres naciones autonombradas –Alemania, Francia y Gran Bretaña—no representa a Europa, sino a sus intereses. Respecto a nuestras negociaciones, no podemos hacerlas con un subconsciente cargado de complejos y de culpas infundadas, instilados muchas veces desde fuera. Es un asunto de voluntad, de aplicación, de bagaje. No hay píldoras para el saber ni para el poder. O se trabaja en ellos o no se tienen.
España tiene la autoestima más baja de Europa. Según un estudio de 2018, sólo un 20 por ciento de los españoles considera que su cultura es superior a otras. Los ingleses, el 47, y los griegos, el 89 (quizás recuerdan su brillante pasado, desconocido por muchos burócratas que los han maltratado). Nuestra baja autoestima contrasta con el orgullo por pertenecer a la Unión Europea. ¿Pedimos que nuestra cultura se crea superior? Absurdo. Sólo pedimos que nos conozcamos y que valoremos crítica y ecuánimemente nuestro pasado y presente para mejorar y fortalecernos. Tampoco podemos someternos a poderes blandos que sólo laboran en su provecho.
Esa autoestima e identidad no se deben basar en una historia blanqueada, sino, sobre todo, en la negativa a que se nos apliquen varas de medir distintas. ¿No pedía Kant actos que pudieran convertirse por su justeza en leyes universales? Sería un singular ejemplo demostrar que sabemos aplicarnos y aplicar a los demás la misma medida. Pocos son capaces de realizar tal esfuerzo intelectual. Posiblemente tenemos ventaja para ello: no hemos de derribar barreras endiosadas, racistas, xenófobas, excepcionalistas y demás patrañas. Mientras el denostado Hernán Cortés mantuvo con él a su hijo indígena, el alabado Jefferson los vendió.
Hemos de atemperar ese falso buenismo que a lo mejor nos quieren inculcar maliciosamente para desarmarnos. Debemos aprender a indignarnos. Cuando otros dependen de uno no se puede poner la otra mejilla.
Identidad y autoestima son las fuerzas que ayudan a rebelarse contra el abuso o contra la absorción. Muy oportuna la intervención de la reina Letizia en el acto de la FundéuRAE sobre la corrección idiomática (uno de los emblemas fundamentales de nuestra identidad). Ya en su día un partido de ámbito estatal propuso el disparate de que el inglés fuera nuestra lengua “vehicular”. Por cosas menores sí ha habido escándalo. No obstante, sí se ha conseguido que sólo se oiga música en inglés en la mayoría de nuestras emisoras. ¿No decía Platón que “no se cambian nunca los modos musicales sin que cambien al mismo tiempo las más importantes leyes del Estado”? No estamos pidiendo música sólo española, sino internacional. Si fuéramos capaces de entregar nuestro propio idioma la duda habría de versar no sobre carencias sino sobre quiénes somos en realidad.
Decía nuestro clásico de oro que casa con dos puertas, mala de guardar. Nuestras puertas son tres: una afecta a nuestra soberanía; la segunda a nuestra territorialidad y cohesión interna (cuidado con las costuras, nadie debe buscar ventajas y desigualdades a costa de los demás territorios); la tercera al fortalecimiento del Estado como bastión de nuestro bienestar social –muy deteriorado--, de nuestras relaciones territoriales, del mantenimiento de una paz con la protección adecuada para que nadie abuse de ella. Descuidar una puerta puede abrir las otras.
No paree que los principios de igualdad y de libertad se concilien fácilmente. Si es difícil mejorar ese Estado, más si diecisiete administraciones (y estatutos de autonomía) pugnan por beneficiarse egoístamente. ¿Fantasías? ¿De qué sirve que el Estado transfiera fondos para la sanidad, por ejemplo, si luego se administra con otro espíritu que el definido constitucionalmente como social?
Voltaire decía que antes de iniciar una discusión había que ponerse de acuerdo en el significado de las palabras. No es sólo un problema institucional, sino de mentalidad. Sin racionalidad ni razonabilidad nada funcionará. Este ha de ser el tenor general.
Un modelo pretendidamente universalista se ha impuesto dogmáticamente en el mundo. Se autodefine como el mejor posible. Sin embargo sólo ha servido para disminuir o desmantelar derechos sociales conquistados con grandes sacrificios. Ante la falta de programas diversificados las diferencias sólo pueden ser personales (tanto en el sentido físico como jurídico) e impide que los líderes se singularicen en el contraste de ideas. Al no haber ideas no hay estrategias, sino burdas tácticas menores. La necesidad crea el órgano. Anulada artificialmente la necesidad, desaparece el órgano.
Los partidos políticos, sin proyectos diferenciados, se enfrentan por intereses particulares de segundo y tercer orden. No tienen otro espacio de discusión. Ese modelo universal, que olvidó las particularidades de los estados, paralizó la evolución del mundo. ¿Un gobierno universal? Preciso es que consolide previamente instituciones intermedias entre él y los ciudadanos. A no ser que quiera un páramo infinito vigilado por castillos señoriales.
El gran peligro de la democracia, más que los antidemócratas, es la banalidad. Necesitamos un pensamiento realista, no alimentado con aire. Los derechos se han convertido en luces de neón. Necesitamos un pensamiento que ponga los pies en el suelo, preocupado por la necesidad, no por la publicidad.
La justicia comienza con la igualdad social (aceptadas unas diferencias razonables). Esta potencia a la libertad, y no forzosamente al revés. Una verdadera democracia no puede desarrollarse correctamente con desigualdades abismales. No repetiremos lo del uno por ciento. Y no hay que pensar sólo en privilegios materiales, sino en diferencias que influyen en la maquinaria democrática.
¿Por qué en nuestro parlamento no se habla desde los escaños, con multiplicidad de intervenciones? ¿No son todos miembros electos y capaces? ¿Qué se teme? Es una imagen que refleja el encorsetamiento que padecemos. ¿Temor a que se digan tonterías? ¿Más? Cuatro u ocho años de escaño es casi una carrera (o más). ¿Por qué después el silencio de tanto excargo?
La democracia es similar a un proceso judicial. Este no es la confirmación de una sentencia (que ocurra es otro de los problemas), sino una sucesión de actos que llevan a ella. Es un edificio que no puede prescindir ni de un solo pilar. Una democracia es un proceso permanente que en primer lugar no puede estar exclusivamente en manos de notables. En segundo lugar un proceso donde formación, información, pluralidad, discusión y decisión libres son inexcusables. Vivimos en una especie de anomía. Hay leyes pero también hábiles prestidigitadores que las adulteran.
Reducir la democracia a unas elecciones cuatrianuales es anuarla. El rumbo actual convierte al ciudadano en prescindible. La UE, por ejemplo, nos ha acostumbrado a considerar la democracia como algo remoto.
Se habla de memoria histórica pero no se analiza despegadamente aquella república, ni sus causas ni sus consecuencias. O se endiosa o se demoniza. Vivimos la paradoja de quienes hablan de dictaduras exteriores que defienden la pasada interior. Seguimos con el síndrome fáctico que tantas cosas condiciona. Poder abordar científicamente aquel periodo sería la prueba de que hemos abandonado el piñón fijo.
Hoy por hoy el debate político carece de elevación, de perspectiva. Algunos creen que la enemistad justifica la miserabilidad. A este paso la palabra elegancia saldrá de los diccionarios. ¿Utopías? Hubo épocas en las que incluso se daba la vida por los principios. Además --y esto es un reflejo de un cambio de época--, se mezclan los vicios y las virtudes en cada sector, dentro y fuera del país, de forma que no es fácil optar por nada al cien por cien. Si uno tiene algo bueno, también lo tiene malo, y encima de forma mutante.
Necesitamos principios ciertos para no ser víctimas de camaleones de toda laya que se los ponen y quitan a conveniencia. A falta de maestros diversificados, debemos buscar esos principios autónomamente, para que la preocupación por nuestra sociedad sea genuina. Cuidado con la resurrección de arquitectos pasados. La situación actual se construyó con sus ladrillos.