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La rehabilitación de Puigdemont como alteración del momento político


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El Tribunal Constitucional tiene previsto pronunciarse sobre los recursos de los ex consejeros de la Generalitat de Catalunya Jordi Turull y Dolors Bassas. Según todos los indicios previos a su manifestación, serán atendidos favorablemente, lo que redundará en la aplicación de la ley de amnistía no solo a los recurrentes, sino también al presidente Puigdemont, hasta el momento negada por la oposición técnica y al parecer ideológicamente sombreada del Tribunal Supremo, donde ondea la bandera de la autoridad indiscutible del juez Marchena, ponente de la sentencia condenatoria del procés. Es decir, que, en breve, Carles Puigdemont podrá pisar territorio catalán y de cualquier otra circunscripción española con todos los derechos restituidos y su manifestación sobre materias humanas y divinas habrá de ser respetada de modo y manera por el resto de los ciudadanos.

Nueve años después de aquellos acontecimientos, entonces de actualidad y ahora con pintura histórica, lo que parecía una eclosión de catástrofes institucionales que solo habrían de proporcionar desgarros en la identidad nacional se ha transfigurado en normalidad, con el impulso de la amnistía por un gobierno de coalición de izquierda. La acusación que ha de enfrentar el ejecutivo de Pedro Sánchez consistente en que el resultado es un mercadeo para la obtención de la investidura en unas elecciones no ganadas, pero capaces de alzar su brazo de campeón investido, es tarea propia del juego de posiciones políticas en la liza común. Salvador Illa al frente de la Generalitat, un Junts derretido electoralmente, la irrupción de AlianÇa Catalana con todo un futuro de incógnitas por su maniobra de codos para fijar posición ante Junts y Vox, todo este tablero en Catalunya. En el Parlamento de Madrid y su producción de gobernanza en Moncloa, ante la proximidad de elecciones generales, la irrupción de Puigdemont, de nuevo, otra vez, abre toda suerte de posibilidades de entretenimiento.

Si acaso había alguna zona de aburrimiento o desdén en los próximos meses desde el punto de vista estratégico, la reaparición del gerundense, con todos los focos encendidos al máximo esplendor y potencia lumínicos, solo puede redundar en una expectación de las que, como se decía en antiguo, “no nos dejará mentir”. En qué medida se pueden revisar las relaciones de Puigdemont con los agentes más activos de la realidad pública española. Esa posibilidad mantiene todo el interés imaginable. Sánchez, al parecer en decisión madurada de presentarse a la reelección pese a que Junts quisiera su apartamiento. Feijóo, con quien nunca se vio con luz y menos con taquígrafos, ya hizo algunos quiebros sobre la amistad pretendida con la representación catalana residente en Waterloo para completar el cuadro de simpatía conservadora, exactamente en el momento matemático que asaltaba a veces a la dirigencia de la calle Génova, cuando las sumas para atacar al gobierno de Sánchez necesitaban todos los guarismos posibles.

Este cuadro de necesidad para Feijóo parece haber sido sustituido por el matrimonio de conveniencia o convivencia con Vox, cuyos ensayos de ambivalencia amor-odio en las comunidades autónomas anuncian enlaces para dirigir los planes de conquista del palacio de la Moncloa. A todo esto no es ajena la combustión que puede originar la presencia de Puigdemont dentro de unas fechas en las Ramblas de Barcelona, lejos del ejercicio de transfiguración del paseo de Lluís Companys ocurrido en agosto de 2024. Ahora Puigdemont vendrá para quedarse y esa voluntad de permanencia operará como agente acelerador de cosas. Se esperan reflexiones muy distintas sobre el entonces prófugo, ahora rehabilitado por la mecánica judicial del Tribunal Constitucional que habrá de rebajar los conocimientos de la Constitución de los hombres intocables del Tribunal Supremo como palanca de excavación del ejecutivo de Sánchez. Esas consideraciones sobre el político emergente habrían de ser distintas entre Feijóo y Ayuso, entre Feijóo y Abascal, lo que sin duda provocará grandes ocasiones para la diversión y el disfrute con la contradicción como materia de exégesis.

Puigdemont, con ese abogado de perfil de listeza inigualable de nombre Gonzalo Boyé, no pierde, nueve años después, el rictus de superviviente de todos los ataques del sistema, al que ha permeado de todas las maneras posibles. Sigue ahí con la determinación sobre su futuro político que solamente a él corresponde en la decisión y en las maneras de la misma. Recuerda mucho lo que contaba el superior novelista Paul Auster, en el primer libro de la “Trilogía de Nueva York”, el tituado “Ciudad de cristal” (Anagrama, 1997), cuando dice que “recordaba haber leído en alguna parte que los ojos eran la parte de la cara que no cambiaban nunca”. Parece predicarse del ex president lo apuntado por Auster.

Nueve años de continuas idas y venidas por Europa con conductas evasivas de la maquinaria judicial para desembocar en su resurrección en las calles de la capital catalana en tiempo tasado como inminente, con exactamente la misma calidad de mirada que siempre tuvo. Su engranaje en el sistema de representación política está por ver, pero los ruidos de fricción que puede provocar su irrupción en la escena pública promete toda suerte de acontecimientos, a los que no son extrañas las erupciones que puedan provocar en las figuras de Felipe González y Emiliano García Page, depositarios de la dimensión socialista de la vida en común en su versiones ucrónicas el primero y de visión de inexistente futuro en el segundo.

 

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.

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