HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

Tambores de guerra


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Entre los muchos conflictos militares y geoestratégicos con el peligro que deriven en bélicos, hay dos que generan especialmente preocupación, no porque unos muertos importen más que otros, sino por el temor que escalen y se conviertan, prácticamente, en enfrentamientos globales con lo que esto significaría a nivel humanitario, pero también sus efectos políticos, económicos y sociales que se derivarían. Hablo de Ucrania y de Gaza, para poner nombre a agresiones centrándolo en sus principales perdedores. La invasión de Ucrania por parte de una Rusia que pretende rememorar el sueño imperial de los zares y de la Unión Soviética, es también el resultado de la impericia occidental a la hora de ayudar a reubicar a Rusia en el marco global después de la implosión del sistema comunista. Más allá de las manías de Putin, ni la OTAN ni la Unión Europea han tenido estrategia ni tacto para incorporarla, o bien no hacer movimientos que la pudieran hacer sentir sitiada. No ha sido una buena idea llevar soldados y armamento a sus puertas, tratando al país como enemigo durante las últimas décadas. Para Europa, el seguimiento acrítico de la estrategia norteamericana de aislar a China neutralizando a sus aliados, ha resultado nefasto. Tanto con un país como con otro, Europa debe comerciar y colaborar, no buscar el enfrentamiento. En estos momentos la guerra de Ucrania está empantanada y cada vez toma más vuelo. La resistencia sólo se sostiene con la profusión de armamento y recursos que envía Europa Occidental. Una guerra que, en modo alguno, puede ganarse porque Rusia que es una potencia nuclear, no la puede perder. La escalada verbal y bélica va haciendo un in crescendo, y se corre el peligro de que tome mucha mayor dimensión. Líderes europeos, día sí y día también, apelan a aumentar el gasto militar y prepararnos para la guerra. Un escenario, éste, que acabaría siendo dantesco. En el tema de Ucrania, o bien se fuerza a una salida pactada, o no tiene salida. Las soflamas de guerra poco aportarán a la solución del problema.

Al tema de Gaza cuesta un poco llamarla “guerra”. De hecho, es una masacre organizada sobre un pueblo encarcelado a cielo abierto. En seis meses, llevamos cerca de cincuenta mil muertos, cuya inmensa mayoría nada tienen que ver con el terrorismo. Israel incumple, sistemáticamente -de hecho, desde 1948-, todas las resoluciones de Naciones Unidas respecto al territorio palestino y se pasa por el forro cualquier noción del derecho internacional y de los tratados que obligan, incluso en caso de guerra, a mantener algunos comportamientos básicos. Se ha destruido el territorio ocupado, se cometen todo tipo de asesinatos que se tiene la indecencia de llamarlos “selectivos”, no queda un palmo de tierra que no haya sido bombardeada, se han inutilizado todos los hospitales, se desplaza la población de forma humillante, se condena a la gente a morir de hambre y enfermedades no dejando entrar ayuda internacional... Netanyahu es, claramente, un criminal de guerra junto con toda la cúpula militar y política del estado de Israel. Todo esto, con el beneplácito de Estados Unidos y una Europa que, sólo en contadas excepciones, deja de mirar hacia otro lado. Una vez más, un sometimiento al liderazgo diplomático y político estadounidense, que no tiene sentido y que nos resultará muy caro. Aunque muy dividido, como mínimo una parte del mundo árabe responderá y no nos agradará cuando lo haga. La estrategia militar criminal de Netanyahu es hacer escalar el conflicto, que tome una gran dimensión forzando a Irán a que se involucre, algo a lo que hasta ahora se había resistido, y así reagrupar el mundo occidental claramente tras la defensa de un estado israelí en peligro. Si inaceptable es, se mire como se mire, lo que se está haciendo con los palestinos en Gaza, provocar una dimensión globalizadora de esta brutalidad resulta de una frivolidad estremecedora. Los efectos económicos, sociales, políticos y geoestratégicos pueden tomar un enorme calado, en un mundo cada vez más inseguro y en el que las grandes potencias entran ya en conflicto de manera descarnada.

Tras los masacrados por las guerras, Europa será la gran perdedora en estos conflictos. Dejará su autonomía política, aumentarán las disensiones internas en la Unión Europea, sufrirá graves problemas de abastecimiento energético y tendrá que hacer frente a todos los problemas colaterales que generan conflictos casi irresolubles en sus puertas. Pero perderá, sobre todo, cualquier tipo de autoridad política y de respeto moral.

 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR