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La violencia contra las mujeres, el rayo que no cesa


  • Escrito por Carmen Barrios
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Tristeza. Tristeza profunda y húmeda de lágrimas que trago junto al café de la mañana mientras escucho las noticias del día. Es insoportable el goteo de asesinatos de mujeres, un rayo que no cesa, cae sobre nuestras cabezas recordándonos el horror vital que padecen muchas de nuestras semejantes y alertándonos sobre una violencia que se ejerce contra las mujeres por el hecho de serlo, una violencia estructural contra la que debemos luchar para erradicarla, porque está patriarcalmente arraigada.

Esta semana de julio es una semana trágica. Entre el día 20 y el 21, tres hombres armados con todo el poder de su salvaje masculinidad han asesinado a tres mujeres, eran sus parejas, y en alguno de los casos lo han hecho con la presencia en el domicilio de sus propios hijos. ¿Cabe mayor horror?

María, de 30 años, asesinada en Antequera (Málaga), deja un hijo menor de edad; Rosana, de 45 años, asesinada en Alameda de la Sagra (Toledo), deja cuatro hijos, alguno de ellos menor de edad, y una víctima de la que no ha trascendido el nombre, de 45 años, en Benahavís (Málaga).

La página informativa feminicidio.net contabiliza la friolera de 57 asesinatos y feminicidios de mujeres en lo que va de año (https://feminicidio.net/listado-de-feminicidios-y-otros-asesinatos-de-mujeres-cometidos-por-hombres-en-espana-en-2026/). 57 mujeres cuyos corazones han dejado de latir para la vida, silenciadas para siempre por la acción violenta de asesinos de género masculino.

Son 57 mujeres asesinadas por hombres en seis meses y medio. En los últimos 16 años se han registrado 1.735 asesinatos de mujeres por violencia machista, según recoge la página citada. Es terrorismo machista contra las mujeres, que se produce un día, y otro, y otro, y otro, y otro más… INSOPORTABLE.

Las relaciones de los asesinos con sus víctimas son de tipología variada. La mayoría (31) son de maridos, parejas, exparejas o novios, que son los que concuerdan con las cifras oficiales de asesinatos por violencia de género. Los demás son por parte de padres, hermanos, yernos, hijos, vecinos, caseros, etc.

El punto en común de todos ellos es que son asesinatos cometidos por hombres cuyas víctimas son mujeres, lo que responde a un estado de preocupante violencia machista estructural que se ejerce sobre las mujeres, que tiene su origen en relaciones culturales patriarcales arraigadas en profundas desigualdades de todo tipo, que comienzan con el lenguaje, la educación y las representaciones culturales. Un estado de violencia estructural que se recrudece y se alimenta cada vez que, en las tribunas políticas, en los micrófonos mediáticos, en los púlpitos o en los tribunales se relativiza, se infravalora o directamente se niega su existencia.

La hegemonía cultural del machismo patriarcal es abrumadora. Las y los niños, adolescentes y jóvenes continúan educándose a través de relatos, películas (sean o no de contenido sexual), anuncios, memes, mensajes en redes, youtubers, canciones o series de TV de marcado contenido sexista y machista, en las que la superioridad de los hombres, y sus atributos, sobre las mujeres se manifiesta de múltiples formas, donde roles sexistas tradicionales continúan marcándose con total “normalidad”. Para colmo, en la actualidad hay mujeres influencers en redes que “educan” a las niñas y jóvenes en la sumisión hacia los varones como valor en las relaciones de pareja.

Soplan vientos retrógrados animados por hombres absolutos que quieren imponerse sin hacer caso a normas, leyes o convenciones sociales o morales. Convenciones y normas de respeto a los derechos humanos y a los derechos de las mujeres que ha costado decenios conseguir. Son ese tipo de hombres que hacen las cosas “a su manera”, que siguen al ritmo de aquella canción de Sinatra, los que están marcando el ritmo ultraretrógrado de los tiempos, un ritmo que puja por triturar los derechos de igualdad conseguidos por las mujeres. Los ejemplos negativos de líderes como Trump, Netanyahu (que lo mismo violan mujeres que países) y que no paran de cometer excesos de todo tipo delante de las cámaras; o Putin, que (además de masacrar a la población ucraniana) en su propio país quiere doblegar a las mujeres y devolverlas al interior del hogar, recomendando a las jóvenes que abandonen los estudios porque es mejor que se dediquen al hogar y la familia; o empresarios como Elon Musk, que exhibe ese machismo y esa violencia verbal… todos ellos contribuyen a la perpetuación de la violencia contra las mujeres.

El patriarcado educa en fórmulas de relación totalmente desigual, que parte de la propia concepción de la sexualidad de cada persona y de la importancia que se da, por ejemplo, a la representación de un pene como símbolo de poder (las ciudades están llenas de torres, obeliscos y demás estructuras fálicas con las que convivimos a mayor gloria del poder del macho dominante), o a la de una vagina como algo sucio, feo, o incluso símbolo de “ofensa a los sentimientos religiosos”, como sucedió con aquella condena a mujeres por pasear en procesión un “Coño Insumiso”. Esa desigualdad, que está tan arraigada en la cultura, es la que lleva a la aspiración de dominación. Una dominación que, cuando por fin se consigue, puede terminar en violencia asesina. Por ello, es tan importante la educación social permanente en favor de la igualdad, y no bajar la guardia ni detraer recursos.

Simone de Beauvoir declaraba en El segundo sexo que “este mundo siempre ha pertenecido a los hombres”. Esta frase rotunda y casi obvia engendra en sí misma una auténtica revolución. A partir de verbalizar esta evidencia se está en disposición de analizar lo que nos sucede a las mujeres, lo que nos afecta social y culturalmente y lo que se nos impone en cualquier ámbito de la vida. También y sobre todo sobre nuestra sexualidad, o mejor sobre el control y subordinación de nuestra sexualidad como uno de los pilares que sustentan el patriarcado. Es necesario tomar conciencia de la realidad, porque es la base para poder enfrentar lo que sucede.

La realidad masculina se construye sobre la dominación de los sexos. En el curso de esta dominación, es básico el control de la sexualidad de las mujeres y de sus cuerpos. De ahí vienen, por ejemplo, propuestas políticas como la reciente de Ayuso en Madrid, sobre los derechos de los “concebidos no nacidos”, que a lo que van es a terminar con los derechos de las mujeres sobre la reproducción. La vuelta retrógrada que quiere imponer la derecha en materia de igualdad va directamente contra el derecho al aborto, porque consideran que nosotras somos vasijas receptoras de una semilla que los hombres tienen derecho a sembrar en nuestros úteros. De eso va el patriarcado, del control de los cuerpos de las mujeres, como algo primario como es el control de nuestra fuerza reproductora, y por extensión, se pretende también el control de nuestra fuerza de trabajo en todos los aspectos de la vida. Someter a las mujeres es someter a la mitad de la humanidad a los deseos e intereses de la otra mitad, dejando de ser autónomas para convertirnos en seres sumisos cuyos pensamientos, deseos u opiniones dejan de tener valor.

Y es cierto que ha habido cambios y se ha avanzado mucho gracias al empuje del feminismo y a la pelea de millones de mujeres en todo el planeta, que han pujado con fuerza y pujan hoy por sus derechos. Sin embargo, en la actualidad, las ultraderechas están portando la bandera del negacionismo de la violencia machista y de vuelta a valores trasnochados en los que la sumisión de las mujeres hacia los varones se ve como algo positivo.

En España, Vox y el Partido Popular son cómplices de la violencia que se ejerce contra las mujeres. Cada pacto que el Partido Popular hace con Vox para cederles competencias en temas de familia, educación, sanidad, servicios sociales o igualdad es un paso atrás en los derechos conseguidos por las mujeres. Cada declaración de un político negando la violencia machista es una puñalada en el cuerpo social que trabaja para tejer una sociedad de iguales. Cada ley en materia de igualdad que no se aplica, o se mantiene en el limbo. Cada programa de igualdad o taller de prevención de la violencia machista que se retira en la educación, cada dotación de ayudas públicas a mujeres en situación de violencia, cada recorte o cada convenio sobre el programa VioGén que no se hace, cada invisibilización sobre las mujeres, cada sentencia judicial que niega la violencia sobre nosotras, cada vejación pública a una mujer desde tribunas políticas, culturales o sociales son actos que contribuyen de forma directa a que permanezca la cultura de la violencia sobre las mujeres.

El negacionismo de las derechas las convierte en cómplices de los asesinatos de mujeres que se producen en España, como este goteo insoportable de la semana en curso en la que otras tres mujeres han sido asesinadas.

Nos queda mucho trabajo por delante como sociedad para erradicar la violencia y los asesinatos machistas. Por ello, es importante que las mujeres sigamos tejiendo redes de lucha y reivindicación, que no bajemos la guardia ni abandonemos las calles; es importante que sigamos denunciando y visibilizando en actos públicos esta violencia, porque conocerla y tomar conciencia de ella, como propuso Beauvoir, es el paso previo a poder erradicarla.


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