Volver a empezar
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Opinión
Los que mantienen con ellos mismos y los demás una actitud prepotente y una actuación soberbia, no están dispuestos a admitir sus errores y por tanto a volver a empezar. Son políticos que adulteran la democracia y en su interés y ambición personal rompen el saco de las ilusiones de los ciudadanos y ciudadanas y terminan con la esperanza, haciendo posible, cada paso que dan, que todo es manifiestamente empeorable, tal como sostiene la Ley de Murphy.
En su paranoia se dedican a buscar como sagaces detectives a los enemigos en las filas del adversario, sin darse cuenta de que los tienen en casa, y que para malas compañías las que ellos se procuran con sus grandes amistades, especialistas en aprovechamientos, trampas y triquiñuelas y en vivir, no de la política, sino de los políticos.
Volver a empezar hemos de hacerlo con la mente despejada y la mirada limpia, sin resentimientos ni rencores, sin ganas de tomarnos la revancha por acontecimientos pasados, ni querer doblegar o someter la voluntad de los demás para imponerles nuestro dominio.
Conseguir los objetivos, está fundamentalmente en nuestras manos, en nuestras habilidades, mientras que hay quienes en el sarcasmo de su torpeza cuando meten la pata, y lo hacen con frecuencia, se empeñan en sostenella y no enmendalla, y en un alarde aparentar que son los que más mandan, no hacen nada porque las aguas vuelvan a su cauce, con lo que ya sabemos lo que dice el refrán “quien siembra vientos recoge tempestades”.
El gran engaño de decir una cosa y hacer justo la contraria, de sufrir amnesia en cuanto a las promesas, y las palabras de los que huyen con una memoria prodigiosa a la hora de pasar factura y exigir el pago de sus intereses. La maniobra de la política del juego sucio, el esperpento de un diálogo que e s monólogo, y como la historia interminable nos conduce a un futuro que más bien parece pasado y se convierte en un circulo vicioso.
Entre la precisión y el indeterminismo, debemos emprender un nuevo comienzo contra cualquier ley del silencio que se nos quiera imponer, y no comprar las cartas de presentación de quienes jamás hablan claro, porque son el fango y la oscuridad o el tedio de rebeliones rutinarias.
A veces nos gustaría empezar de cero saltándonos todas las reglas literarias, ortográficas y gramaticales y provocando el escándalo de los puristas del lenguaje, pero nos daríamos cuenta que si no empleamos adecuadamente las palabras y como combinarlas, no nos haremos entender y tendremos que empezar de nuevo desde la desorientación y el desconcierto.
En la vida política quien sufre la catástrofe suele ser el último en enterrase. Ahí tenemos los casos de dos partidos que surgieron n la escena para romper el bipartidismo desde distintos ángulos, derecha e izquierda, CIUDADANOS Y PODEMOS. Sospechamos que el final va a ser el mismo.
Resulta gratuito criticar e instalarse en que todo lo que hace el adversario está mal y decir qué y cómo debe hacer el otro, y no reparar en que la casa propia está sin barrer. Vean si no lo que hace el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, criticando al PSOE, que de cinco cosas que dice en seis se equivoca.
Juzgar con ligereza a propios y extraños, y no mirarse al espejo para descubrir quien es el verdadero protagonista del desastre, es además de un ejercicio de osadía, un considerarse por encima del bien y del mal y querer negarles el pan y la sal a todo bicho viviente, cuando lo que realmente ocurre es que no se enteran de nada.
Se equivocan quienes son presos de la audiencia y convierten sus decisiones políticas en mero espectáculo banal y deformante, de lo que debiera ser un debate permanente de los ciudadanos y sus representantes con vocación de pedagogía pública.
Los doctores de la arrogancia deberían aprender a evaluar las cosas no por el precio que marcan sus etiquetas sino por lo que significan y que no todo es pragmatismo y eficacia, a base de presión, engaño, mentira, intriga, soborno, amenazas y violencia.
Hablar por hablar es fácil y gratuito, pero hacerlo desde el rigor diagnosticando adecuadamente las situaciones y analizando cuales podrían ser las soluciones es más complicado, porque exige por parte de quienes nos gobiernan un equilibrio entre la ideología y la realidad, entre el radicalismo y la moderación, entre los medios y los fines, pero sobre todo un ejercicio de honradez y comunicación abierta a la gente.
No se olviden quienes ejercen su papel desde las alturas y los humos del endiosamiento, que la vida y dentro de ella la política es una larga lección de humildad, pero que esta tiene que basarse en la confianza en los demás. Si no somos capaces de colocarnos en el lugar de los otros difícilmente lograremos entender y ser sensibles a sus problemas y preocupaciones.
Hay quienes como sostiene Owen, tras un tiempo en el poder, quedan afectados por el síndrome Hubris, y todo aquel que se opone a él o sus ideas son enemigos personales, que responden a envidias. Incluso terminan sospechando de todos los que les hagan la más mínima crítica, con loque más temprano que tarde se aíslan y terminan dándose el batacazo.
Seamos sensatos y evitemos las discrepancias a gritos y las malas maneras, porque aquellos que pierden el control siempre le están dando la ventaja al adversario. Si somos capaces de mantener la serenidad, se síntoma de que sabemos de que hablamos, ya que siempre es mejor nuestra firmeza, templanza y capacidad de razonar, desde considerarnos igual que los demás que caer víctimas de la soberbia del poder.