Madrid necesita valentía, talento y corazón
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Madrid necesita valentía, talento y corazón. Menos brujas, menos meapilas; y, de entrada, un ápice de empatía, para devolver la luz eléctrica secuestrada a los niños y ancianos de La Cañada. Ahora que se delinean los programas electorales ante la próxima cita ante las urnas, hemos de exigir a quienes se postulan a la alcaldía y al Gobierno regional un manojo de actitudes y medidas inaplazables, valentía cívica y racionalidad solidaria.
La primera medida: que escuchen a la gente tras facilitarle locales para que se reúna, discuta, delibere y decida lo que precisa. Es inconcebible que dado el enorme patrimonio en locales vacíos del Ayuntamiento y la Comunidad no sea posible para los vecinos capitalinos o regionales reunirse para conversar sobre lo que les concierne. Y, sobre todo, para poder controlar la acción municipal y, señaladamente, la regional, tantas veces incontroladas e impunes. No hay democracia alguna sin participación. No se puede hurtar a la ciudadanía ese derecho.
Lo vemos a diario en esas ampulosas obras que cortan calles y molestan al personal indefinidamente: los carteles que las anuncian no dicen nunca cuándo van a acabar. Lo contemplamos en esas invasiones desmesuradas de las aceras urbanas, que solo favorecen a las tabernas, que se lucran en privado de morder el espacio público de tod@s, con la bendición de los ediles y consejeros de turno.
Desde esos garitos es de donde surge y se amplifica el estruendo, el insufrible ruido al que ya contribuye hasta el alarido del último foráneo llegado a estos lares. Pese a su fama de educados y circunspectos, ya no queda un solo nórdico visitante que no berree públicamente en las agitadas tardes y noches madrileñas, imitando a los energúmenos locales, convirtiendo en imposible aquella frase medieval “la ciudad os hará libres”, vigente durante siglos y hoy, aquí fatalmente truncada.
Un valor intangible
Madrid y su región, como toda España, contaron con un valor intangible que llegó a convertirnos en una superpotencia turística a escala mundial: la hospitalidad. La feliz mixtura histórica de las culturas cristiana, islámica y judía determinó una capacidad de acogida que ningún turista podía hallar en ningún lugar de Europa. ¿Vamos a perder esa cualidad distintiva, aplastada por el ruido, por el turismo desordenado y descomunal, por los innumerables obstáculos urbanos, por la codicia de algunos prebostes minoritarios del negocio hotelero, insaciables en sus apremios a las Administraciones cuando no logran el 100 por ciento de sus plazas?
Ya está bien de dictadura hosteleril. Alguien, alguno de los numerosos candidatos municipales o regionales deberá decírselo e instarles a poner orden. Es más necesario que nunca recordarles que su codicia ha degradado la ciudad. El confort que pregonan es incompatible con el estruendo. Y el estruendo es fruto de la masificación que buscan desmesuradamente. Por otra parte, y como ejemplo, quedan muy pocos camareros profesionales, que sepan cómo atender a un cliente con cortesía y deferencia. Claro que muchos clientes, cada vez en mayor medida, se comportan con ellos como meros hooligans. La tacañería de los empleadores, que pagan salarios miserables a cocineros, camareros y empleados, tiene mucho que ver con ese retroceso evidente de la calidad de muchos servicios públicos.
La masificación no es un síntoma de democratización sino todo lo contrario. ¿Algún edil o consejero, de esos que cobran anualmente remuneraciones con cinco ceros, se ha planteado, por ejemplo, el daño que pueden estar haciendo a las obras de Arte, las acumulaciones masivas de visitantes a los grandes museos por la inducción de sus correspondientes cambios térmicos? La culturización es necesaria, pero precisamente con esa masificación apenas se dispone de unos segundos para recrearse en la belleza que albergan. De ese modo, no hay culturización que valga.
Claro que detrás de todo ello están los poderes fácticos madrileños, que extienden sus tentáculos por doquier. Por ejemplo, los clubes de fútbol. ¿Qué es eso de cortar policialmente media ciudad porque un club local quiere redondear su taquilla, pese a lucrarse ya holgadamente con opacas políticas de fichajes milmillonarios? ¿O qué significa hacer obras megalómanas en el estadio Santiago Bernabéu de La Castellana, rompiendo un paisaje urbano consolidado durante décadas? ¿A quién se pidió permiso para tirar abajo el estadio Vicente Calderón con el propósito de construir un rascacielos y poco más, para un puñado de privilegiados capaces de adquirir allí un piso? Alguien, de los que quieran ser elegidos, deberá llamara al orden a los clubes. Es preciso coraje cívico para encararse con ellos.
Ahora vienen las constructoras. Invitemos a las y los lectores a dar un paseo, como muestra, por el antiguo museo del Ejército, no lejos de la puerta del Retiro que da al Parterre, llamada de Felipe IV o de Mariana de Neoburgo. Una constructora, de las más potentes, ha derribado todo el perímetro abalaustrado del edificio histórico y ha picado y dejado en carne viva toda su enladrillada fachada sur, que mira hacia la calle de Moreto. ¿Alguien ha pedido o va a pedir cuentas de lo que allí se perpetra? Si se quiere reinstalar allí, como dicen, el llamado Salón de Reinos, con la pintura áulica del Prado, ¿se consultó a algún historiador local, a las Universidades madrileñas, al Colegio de Arquitectos, a las Escuelas Técnicas de Arquitectura y Aparejadores, al Instituto de Estudios Madrileños del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a los Cronistas de la Villa…, sobre su objeto y pertinencia? ¿O ha bastado con que un renombrado –y supuesto- hispanista o algún connotado gestor, haya dictado él solito lo que había que hacer arramplando contra todo? ¿Barajó alguien, algún cargo municipal o regional electo, la posibilidad de dedicar ese edificio histórico ahora quebrado, a albergar un Museo del Siglo de Oro, en la contigüidad del Museo del Prado, la Academia Española y el lar donde residió el Museo del Ejército? ¿Alguien valora la Cultura en este Madrid en manos tan torpes? El trato que recibe el Patrimonio histórico-artístico de Madrid carece de sistemas de control democrático.
Veamos qué pasa en el mundo inmobiliario. El exilio es siempre un oneroso e inhumano trance para quien tiene que emprenderlo. Que se lo pregunten al medio millón de españoles en fuga del fascismo tras la Guerra Civil, o a quienes hoy se arruinan en sus destinos de origen para conseguir un mero pasaje en patera para venir aquí a dormir en las calles entre cartones y orines.
Pero hay otro tipo de exiliado: se trata de esos multimillonarios tan ruidosos, llegados de países donde hicieron sus fortunas a costa de no pagar un duro en impuestos, o bien merced a actividades tan lucrativas como inconfesables. Son ellos los que abominan de los procesos revolucionarios que, curiosamente, ellos mismos indujeron con sus conductas asociales, represivas y antipatrióticas. Bueno, pues esos exiliados de oro, lo están invirtiendo a manos llenas para quedarse con barrios enteros como el de Salamanca o Chamberí, donde la gentrificación –la expulsión de la población autóctona y su repoblamiento con capas sociales de altísimo poder adquisitivo- es galopante. Se dirá que con su dinero hagan lo que quieran. Desde luego. Pero, ojito con su dinero negro derivado bajo cuerda a las campañas electorales de quienes, desde concejalías y consejerías, les han amparado y van a amparar y a asegurar sus negocios privados, legales o chungos. La inversión inmobiliaria limpia, que sea bienvenida, si no hay otro remedio y la local no se despierta. Pero el dinero negro y su manipulación política, mucho ojo con él.
De los bancos, otro de los poderes fácticos, toda persona de más de 50 años sabe bien lo difícil que resulta soportar su diktat, pese a ser los tenedores de nuestros ahorros. ¿Por qué todos los pagos oficiales, señaladamente los judiciales, también los fiscales y tributarios, van a parar a bancos privados? ¿Alguien puede explicarlo? ¿Por qué el servicio de correos del Ayuntamiento ha sido privatizado? ¿Qué sucede que el servicio postal del Estado, el Correos de siempre? ¿Ha dejado de ser de todos?
Veamos, otro poder fáctico. La institución administrativa de la Iglesia. ¿Por qué hay que pagar para visitar iglesias en la ciudad y en la región, cuando fueron erigidas por el trabajo de albañiles, canteros, carpinteros del pueblo llano? ¿Cómo se encuentra el tema de las inmatriculaciones por estos lares? ¿Respetan los actuales ediles y consejeros las pautas de aconfesionalidad a las que obliga la Constitución?
La sociedad civil madrileña está desmedulada. Prácticamente, no existe. Es preciso resucitarla, porque hasta no hace mucho, existió. Pero únicamente desde ella, con conciencia cívica, organizada y deliberante y se podrá poner coto a tantos desmanes, acuñados tras casi 30 años de Gobiernos municipales de la derecha. En la región, el antiguo esplendor de los primeros años de Gobierno regional se ve hoy eclipsado por la irresponsable conducta de la titular hacia la mayoría de la población en aspectos tan cruciales como la Sanidad –la pandemia fue un sangrante ejemplo- y la Educación, entre muchos otros rubros. Al Gobierno regional solo parece interesarle proteger los intereses de los ricos, locales o, señaladamente, foráneos. Los bosques, los incendios, el patrimonio cultural apenas le interesan.
Por todo ello, es tan importante que los candidatos municipales y regionales, si no están preparados para afrontar estos obstáculos, si no se ven capaces de encararse con los poderosos ni se ven con ánimo para instar acuerdos que recuperen la dignidad madrileña perdida ante tanto retroceso, es mejor que se retiren y den paso a quienes de verdad quieran comprometerse en estas lides. Basta ya de confiarlo todo a la imagen y a los cerebrines de la mercadotecnia, el inefable marketing. El prestigio político se gana a pulso, trabajando siempre al servicio de las mayorías sociales, con talento y corazón.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.