Los epigramas de Marcial: (40-104 D.C.)
- Escrito por Antonio Chazarra Montiel
- Publicado en Cultura
IRONÍA, SUTILEZA, SENTIDO DEL HUMOR, CRÓNICAS SATÍRICAS Y AGUDA CAPACIDAD DE OBSERVACIÓN
La sensatez es la virtud propia de la inteligencia, en virtud
de la cual se adquiere la facultad de deliberar
adecuadamente acerca de los bienes y de los males.
Aristóteles “Retórica. Libro I”
Estamos viviendo unos meses llenos de zozobras y sobresaltos. En las últimas semanas los temores han alcanzado también, a la cultura. Creíamos definitivamente superada la censura, aunque en las redes sociales, con un ligero barniz, se sigue ejerciendo. Es peligroso y –lo que está sucediendo lo confirma- permitir a los integristas ‘meter la zarpa’ y prohibir aquello que no les gusta.
Lo que no creíamos posible es que se prohibiera un beso lésbico, se censuraran adaptaciones de obras de Virginia Woolf o pretextando falta de presupuesto, se aplicaran los más retrógrados principios de la agenda de Vox con la anuencia y complicidad del Pp.
Es un síntoma alarmante que se pretenda eliminar todo aquello que esté fuera de su llamada ‘agenda cultural’, caracterizada por el negacionismo, el antifeminismo, cuando no, la misoginia acompañada de apelaciones huecas y simplistas de una retórica imperialista. No han entendido que la pluralidad y la diversidad forman parte del ADN de la democracia.
Cuando alguien pretende imponer sus ‘dogmas’ y prohibir todo aquello que no cabe en sus estrechos límites, es el propio concepto de libertad de expresión el que está en entredicho. Es una lección de la Historia que no debemos olvidar.
Voy a dedicar mi colaboración al poeta Marcial que supo captar la fugacidad del instante, diferenciar lo efímero de lo duradero así como desvelar, con inteligencia, toda la podredumbre que la hipocresía intenta disimular sin conseguirlo.
Fue un ciudadano del Imperio Romano, aunque los nostálgicos de los sueños franquistas –pesadillas para otros- digan que fue español. Nació en Bilbilis, actual Calatayud, que pertenecía a la Tarraconense. Desde muy joven demostró una habilidad satírica y una admiración por el cosmopolitismo, por esto se trasladó a Roma, una ciudad que por entonces sobrepasaba el millón de habitantes. Su vitalidad le empujó a vivir directamente aquella vorágine.
En todas las épocas, quienes ejercen el poder han procurado limitar las críticas que podían dañar su imagen. Es no obstante paradójico, que existiese más libertad para ejercer la censura de costumbres y arremeter contra los excesos de los poderosos hace dos mil años que hoy en día. Algunos al menos, así lo desean.
El afán moralista, simplista y ramplón de quienes influenciados por ‘los relatos de la América profunda’, pretenden imponer, es difícil saber en lo que puede terminar. Por lo pronto, como ha empezado es nauseabundo. Si no estamos alerta… el retroceso puede ser enorme.
De la vida de Marco Valerio Marcial no sabemos mucho, mas si lo suficiente para situarlo en sus coordenadas históricas. La mayor parte de su vida la pasó en Roma durante ‘el mandato’ de los emperadores Tito y Domiciano que lo protegieron… más tarde, con Nerva y Trajano atravesó un periodo de ostracismo que le hizo regresar a Bilbilis.
Gozó de la protección de Lucio Anneo Séneca y, como en tantos otros casos, su pretensión de estudiar leyes derivó en su pasión de cronista de los vicios de Roma. Su capacidad de observación es casi entomológica. No hay criterios morales solo puntos de vista y perspectivas para describir lo que ve. En cierto modo, practica un objetivismo.
Se ha dicho que sus críticas no suelen ser ‘ad hominem’. Es una verdad a medias. Es cierto que critica modelos, paradigmas, excentricidades y formas de comportamiento… más también, que no es difícil poner rostro a la mayoría de ‘sus víctimas’. A poco que lo acompañemos deambulando por las calles de Roma, percibiremos en sus descripciones vitales los olores, los colores y el bullicio y hasta nos haremos una idea de cómo se vivía en la capital del imperio. Marcial, ante todo y sobre todo, fue un cronista.
Gustaba de la bohemia y nunca –salvo en la etapa final- le faltaron protectores. Poco después de su llegada, tuvo lugar la inauguración del Colosseo. Su mirada penetrante es capaz de captar una ciudad en ebullición con sus luces y sus sombras y en cierta medida, hasta puede afirmarse que fue plasmando y modelando la fisonomía de la que más tarde se denominaría ciudad eterna.
Marcial, en no pocos aspectos, me parece moderno, muy moderno. Llama poderosamente la atención que se queje amargamente de la ausencia de propiedad intelectual, que facilitaba el que sus epigramas, copiados una y mil veces, circularan ampliamente proporcionándole fama pero no ingresos. Cultivó la amistad de romanos ilustres, por ejemplo, Plinio el joven o Quintiliano.
Le gustaba la exactitud, la belleza y el equilibrio. Despreciaba las arengas grandilocuentes y las críticas tópicas y consabidas. No prestaba la menor atención a los profesionales de la descalificación y el insulto grosero.
Marcial no era en modo alguno estrafalario, se aleja mucho de la imagen que tenemos del bufón de corte y, desde luego, procura despertar antes la sonrisa que una carcajada vulgar. Es más, sus hallazgos tienen algo de hipnótico.
Frente a tanta ‘falsa seguridad’ que prácticamente ha acabado con las hipótesis, en él es bien patente el gozo que proporciona cada enfoque estilístico y cada nuevo descubrimiento. Es admirable su brío, su velocidad en el trazo, su confianza en sí mismo y su habilidad para utilizar todos los recursos a su alcance.
No es un reformador moral… sin embargo, si se percibe en sus epigramas una apuesta por la libertad de expresión. Obsérvese, a este respecto, que ‘los totalitarios’ en cualquier época no soportan a los creadores, cuanto más brillantes, más inquina les tienen y, carecen por completo, de sentido del humor.
Me parece certero el dictamen de Plinio el joven en el que destaca su inteligencia penetrante, su franqueza, más sobre todo, su mordacidad. Sus epigramas fueron redescubiertos y valorados en el Renacimiento y es de destacar que Quevedo lo tenía entre sus autores predilectos.
Podemos considerar a Marcial como un cronista perspicaz y agudo de la Roma del siglo I. No se para ante las costumbres sexuales, ni las juzga. No tiene mucho ni poco respeto por los rituales religiosos, ni por las maniobras sacerdotales.
No lo puedo remediar, me encanta que arremeta contra la hipocresía y que no salgan bien parados ni los estafadores, ni los falsarios, ni los escritores aburridos, ni…
Han pasado veinte siglos, no obstante leyendo sus epigramas puede escucharse el bullicio de ‘esa Roma que no dormía nunca’. Aquí y allá apreciamos sus mercados, su vitalismo y sus refugios para noctámbulos de toda clase y condición.
A veces es jovial y divertido, otras triste y melancólico. En ocasiones, se desliza por la pendiente del escepticismo mientras que en otras, saca a relucir su aguijón y su mordacidad. En definitiva, ama la vida con sus contradicciones y lo que tienen estas de arrebatadoras, le atrae y le invita a sumergirse ‘en ese mundillo’.
Para aquellos que deseen ponerse en contacto con los poemas de Marcial, sin intermediarios, hay un magnífico libro de Edit. Gredos, Madrid-1997, con una introducción de Juan Fernández Valverde, donde el lector podrá ampliar cuanto aquí venimos señalando.
Intentemos comprender a Marcial desde este presente incierto, donde sobran voluntarios para decir a los demás lo que tienen que hacer, imponiendo rígidas disciplinas y donde aquellos que se creen detentadores de la moral y del bien, les gustaría tratar a los demás como si la sociedad fuera ‘un correccional’ y ellos los guardianes de esa institución. Por extraño que pueda parecer, la hiper- comunicación favorece puntos de vista tan atrabiliarios como extravagantes.
Quienes así se comportan sienten una ‘desconfianza’ instintiva hacia todo lo que no entienden. Tal vez por eso, carecen de medida. Sus ataques son tan furibundos como desprovistos de cualquier matiz atenuante. Todo en ellos es blanco o negro, la amplia gama de grises les pasa desapercibida.
Sus ondas expansivas son toxicas ya que se retroalimentan de inmundicia. Agitan las emociones… y tienen mucho cuidado en impedir que la racionalidad penetre en sus discursos, tan reacios a la complejidad como proclives a las recetas simplistas. Cuanto más simplista, mejor.
Puede decirse que Marcial fue un creador prolífico. Llegó a escribir quince libros de epigramas donde tienen cabida la crítica social, los comentarios literarios, el discurrir de la vida romana, los personajes que despiertan su atención y muchas otras cosas.
Cultivó lo que podemos considerar ‘una cierta indiferencia moral’, en sus epigramas no es difícil encontrar ‘auténticas perlas liricas’ aunque también, hay espacio para la crítica de lo obsceno y degradante.
Por encima de todo, sus epigramas ofrecen un mosaico de vivos colores, que permite adentrarse y ‘bucear’ en la sociedad romana. He afirmado con anterioridad que su mirada es penetrante y, en cierto modo, conceptista. No se oculta a su ojo crítico la parte miserable del triunfo social y de sus ostentaciones.
No descubro nada si afirmo que Gracián lo tuvo en alta estima y como sucede con los buenos literatos supo aprovechar, adaptándolos a su tiempo, algunos hallazgos del bilbilitano. Es asimismo reseñable, que poseía una formación sólida y una erudición, que sin hacer ostentación, dosificaba en sus escritos.
Era un hombre de gustos refinados. Su ‘ínsula’, bloque de viviendas o manzana, no estaba lejos del Capitolio, una señal más de su buen gusto y elegancia.
Valoraba y mucho, su independencia para poder ejercer libremente su actividad de cronista. Constituye éste otro rasgo de modernidad.
En Roma tenía mucha importancia poseer la habilidad suficiente para llevar con dignidad la cabeza sobre los hombros… hasta el punto de que constituía un ideal de supervivencia ‘no dejar títere con cabeza’ y, al mismo tiempo, conservar la propia.
De ahí que sus críticas más mordaces tengan un aire ingenioso, festivo y desenfadado. Era un vitalista empedernido.
Uno de sus secretos era procurar que su mente estuviera tranquila así como no temer el postrer día.
Es curioso que sus referencias a los dioses sean circunstanciales. Tampoco, sentía simpatía alguna por los sacerdotes, ni en general, por esa ‘casta dominante’ cuya principal preocupación era perpetuar su poder y conservar sus privilegios. Para ello, recurría a los más innobles procedimientos sin detenerse ante la violencia y el crimen.
Esta modesta evocación va llegando a su final. Se me ocurre lanzar una pregunta al aire, que quizás no tenga respuesta o que puede atreverse a dársela cualquier ciudadano o ciudadana crítico. No es otra que ¿qué pensaría Marco Valerio Marcial de las bravuconadas de Vox?
En sus Proverbios y Cantares, Antonio Machado, quizás encomendándose a Abel Martín o a Juan de Mairena, nos dejó dicho:
Mas el doctor no sabía
que hoy es siempre todavía
Seguimos y probablemente continuaremos largo tiempo, dándole vueltas y más vueltas a las diabluras dialécticas machadianas.
Sin embargo, el próximo 23 de julio, quizás con suerte, podamos despejar alguna que otra incógnita.
Antonio Chazarra Montiel
Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.
Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.
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