“Nuestra preocupación no está tanto en construir escuelas, sino en que esas escuelas sean buenas, y al decir que sean buenas no nos referimos, naturalmente, a sus condiciones materiales, sino fundamentalmente, a la necesidad de que esas escuelas tengan espíritu, sean las que la República necesita; escuelas que fundamentalmente liberten la conciencia del niño, que sean de verdadera liberación. Nosotros nos acordamos con dolor de que antes de 1914; antes de la guerra europea, también tenían los países que fueron luego beligerantes muchas escuelas, pero eran escuelas donde se hizo un tipo de hombre capaz de ir resignadamente a la guerra, de sufrirla, y nosotros queremos escuelas que hagan hombres, no capaces de sufrir resignadamente la guerra, sino capaces de impedir, cueste lo que cueste, que haya guerra. No queremos escuelas que hagan hombres capaces de sufrir la tiranía de un militarote, como han sufrido los españoles; queremos escuelas, que hagan imposible el retorno de situaciones de esta naturaleza, que liberten, como digo, la conciencia del niño; escuelas sin dogmatismos de género alguno; escuelas donde el niño no sea ni un momento más, como hasta hoy, instrumento del maestro, instrumento de los padres o instrumento del Estado; queremos escuelas que hagan crecer a ese niño con plena libertad, sin género alguno de coacción, cuidando tan sólo de que ese niño crezca libremente, desarrolle su conciencia libremente para que después, y en plenitud de conciencia, sea él, por propio instinto y por su propia inclinación, el que se adhiera a un grupo político, a un grupo social o a una creencia religiosa; pero que sea él el que lo haga, él, y no como ahora, que se lo imponen los demás.