La muerte de Miguel Ángel Blanco hace veinte años fue la última demostración de que no cabían más equidistancias ante la barbarie terrorista. Todos los españoles mayores de treinta años recordamos las 48 desgarradoras horas que la banda asesina ETA nos obligó a vivir antes de acabar con la vida del joven concejal de Ermua. Los terroristas llevaban ya más de tres décadas robando la vida a sus inocentes víctimas, pero tuvo que suceder el horror de aquella muerte anunciada para que, por fin, la unidad de todos los españoles frente a la violencia quebrara el entorno etarra y la propia integridad de la banda. Las enormes, casi unánimes, movilizaciones ciudadanas para defender la vida del joven Miguel Ángel, primero, y para condenar su muerte, solo unas horas después, supusieron un antes y un después en la lucha contra ETA, y, posiblemente, aquel funesto fin de semana la organización asesina firmó el fin de una historia que se definió liberadora en su origen y solo dejó dolor y muerte.