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Mecánica cuántica. Einstein y Bohr. IV


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Einstein no estaba a gusto con su descubrimiento del azar y la probabilidad, en el centro mismo del átomo cuántico. La causalidad parecía hallarse en peligro, aunque hubiese dejado de dudar ya, de la realidad de los cuantos. “Pero cierto es que, si me viese obligado a renunciar ‘completamente’ a la causalidad, sería mucho más infeliz”, escribió.

Lo que inquietaba a Einstein, era la posibilidad de una situación semejante, a una manzana que no cae cuando, colgada a cierta altura del suelo, se la suelta. Cuando se suelta, se halla en un estado inestable, con respecto al estado en que se encuentra, cuando se halla a la altura del suelo, de modo que la gravedad actúa de inmediato sobre la manzana y, “provoca” su caída. Si la manzana se comportase como un electrón de un átomo excitado, en lugar de caer apenas se soltase, se mantendría por encima del suelo y, caería pasado un tiempo, cuya determinación sólo podría ser estimada, de un modo probabilístico. Y aunque exista una elevada probabilidad, de que la manzana caiga, en un periodo muy corto de tiempo, también la hay de que permanezca un tiempo a cierta altura, por encima del suelo. Así pues, el electrón de un átomo excitado, acabará cayendo a un nivel de energía inferior, alcanzando un estado fundamental del átomo más estable, pero el momento exacto de esa transición, dependerá del azar. En 1924, Einstein todavía estaba esforzándose por aceptar su descubrimiento: “La idea de que un electrón expuesto a radiación ‘elija’, no solo el momento de saltar, sino la dirección también de su salto, me parecía completamente intolerable. Porque, en tal caso, se asemejaría más a un fenómeno propio de un zapatero remendón, o de un crupier, que de un fenómeno físico”.

Resultó inevitable que los años de intenso esfuerzo intelectual y, el estilo de vida de un soltero, acabaran cobrándose un peaje. En febrero de 1917, cono solo 38 años, Einstein cayó enfermo con intensos dolores de estómago y, le diagnosticaron una afección hepática. Durante los dos meses siguientes perdió más de 25 kg. y su salud seguía deteriorándose. Esa fue la primera de una serie de enfermedades, entre las que caben destacar cálculos biliares, una úlcera duodenal e ictericia, que le acosaron durante varios años. Los médicos le prescribieron entonces descanso y una diera estricta. Pero eso resultaba más fácil decir que hacer, porque las pruebas y tribulaciones de la guerra, estaban transformando completamente la vida. En Berlín escaseaban las patatas y, la mayoría de los alemanes pasaban hambre.

La gente se vio obligada a reemplazar el pan de trigo, por el hecho de harina y paja. La lista de “sucedáneos” crecía cada día. Cáscaras de plantas mezclados con pieles de animal, reemplazaban la carne y, se preparaba café con achicoria seca molida (de este “café”, se recordó mi padre toda su vida). El hambre convirtió a los gatos, las ratas y los caballos en exquisiteces, para muchos berlineses. Los alimentos escaseaban como vemos, aunque todavía resultaban accesibles, para quien estuviese en condiciones de pagarlos.

Einstein era mucho más afortunado que la mayoría y, recibía paquetes de alimento, de amigos suizos y familiares del sur. Sin poder cuidar de sí mismo, aceptó, a regañadientes, mudarse a un apartamento que había quedado vacío, junto a al de Elsa Löwenthal, su prima. Eso fue, mientras Míleva, su mujer, se negó a concederle el divorcio, lo más cerca que Elsa pudo tener a Einstein. Cuidar a Albert mientras convalecía de su enfermedad, proporcionó a Elsa la oportunidad perfecta, para apremiarle a que consiguiera el divorcio. Pero como Einstein había vivido su primer matrimonio, como “diez años de prisión”, no tenía la menor prisa en casarse por segunda vez, aunque finalmente transigió.

Pues eso.

(Continuará.)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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