Bertrand Russell. Sueños y realidades. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Basta un poco de sentido común y capacidad de observación, para comprender la influencia que los deseos, ejercen en nuestras creencias y, sin embargo, es muy frecuente comprender erróneamente, el carácter de ese ascendente. Acostumbramos a suponer que el grueso de nuestras creencias, brota de un fundamento racional y, que el deseo no es sino una fuerza, que viene a perturbarnos de cuando en cuando. Sin embargo, es exactamente lo contrario, lo que está más cerca de acertar en la verdad: la gran masa de creencias, que supuestamente nos sostienen en la vida cotidiana, apenas es otra cosa, que la encarnación misma del deseo, reorientada aquí y allá, en unos cuantos puntos aislados, por el rudo roce con los hechos. El hombre es en esencia un soñador, un ser a quien, de vez en cuando, viene a despertar por un instante, algún elemento particularmente llamativo del mundo exterior, pero que rápidamente vuelve a sumergirse, en la feliz somnolencia de la imaginación. Freud parece haber demostrado, que nuestros sueños nocturnos son, en notable medida, el cumplimiento imaginario de nuestros deseos.
El origen no racional de nuestras convicciones, puede demostrarse de tres formas: en primer lugar, tenemos la vía del psicoanálisis, que partiendo del estudio de los locos y los histéricos, logra esclarecer gradualmente, lo poco que difieren en esencia esos pacientes, víctimas de una enfermedad, de las personas ordinarias supuestamente sanas. En segundo lugar, está el método del filósofo escéptico, que se dedica a mostrar, lo débiles que son las pruebas racionales que podríamos aportar, en defensa de nuestras creencias, aun en el caso de las más preciadas. Y, por último, hemos de mencionar un tercer procedimiento: el de la observación común, al alcance de cualquier individuo.
Según las noticias, que de ellos han venido a darnos los antropólogos, lo cierto es que no encontramos, a los más toscos salvajes, tanteando a ciegas entre los fenómenos, conscientemente ignorantes de no alcanzar a comprenderlos. Al contrario, poseen innumerables creencias y, las sostienen con tanta firmeza, que consiguen controlar con ellas, las acciones más importantes que hayan de realizar. Tampoco puede decirse, que las creencias irracionales, se observen únicamente entre los salvajes. Una mayoría de seres humanos, tiene opiniones religiosas diferentes de las nuestras y, deberían ser, por tanto, infundadas. Los ciudadanos que se interesan por la política, a excepción de los políticos, se rigen por vehementes convicciones, en un sinnúmero de materias que, por fuerza, han de parecer de imposible solución racional, a los ojos de una persona, carente de tales juicios previos. Muchos están invariablemente persuadidos, de que su partido se alzará con la victoria, con independencia de las razones que puedan avalar, la expectativa opuesta. Los historiadores sabemos que, en el otoño de 1914, poco antes de comenzar la PGM, la inmensa mayoría de la nación alemana, se hallaba absolutamente segura, del triunfo de su patria. En ese caso habían de irrumpir los hechos y disipar el sueño. Pero si de algún modo se pudiera evitar, que los historiadores no alemanes, silenciaran su pluma por espacio de un par de siglos, la ensoñación volvería a renacer: se traerían a la memoria los éxitos de los primeros tiempos y, se olvidaría el desastre final.
Vaya donde vaya, todo hombre se encuentra envuelto, en una nube de reconfortantes convicciones. Algunas de ellas son de mero carácter personal: le recuerdan sus virtudes y excelencias, el afecto que le profesan sus amigos, la consideración en que le tienen sus conocidos… Después resonaran en él, las convicciones vinculadas con la superior excelencia de su familia, la indoblegable rectitud de su padre, tan rara en estos días, la austera entereza con la que educó a sus hijos, inculcándoles un rigor, que rebasaba todo cuanto pueda hallarse, entre los padres actuales. Lo mismo también con su nación, se hacen los hombres, casi invariablemente, gratas ilusiones falsas. “Los países extranjeros, lamento decirlo, son como son” (Charles Dickens “Nuestro común amigo”).
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.