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La naturaleza del escorpión


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)
Donald Trump y Vladimir Putin en una caricatura de DonkeyHotey vía flikr. Donald Trump y Vladimir Putin en una caricatura de DonkeyHotey vía flikr.

En la conocida fábula de Esopo un escorpión pide ayuda a una rana para cruzar un río. Ante las lógicas dudas que tal asociación le planteaba a la rana, el escorpión la tranquilizó explicando que, en caso de clavarle el aguijón en la travesía, ambos perecerían.

Dudas muy similares albergaban los asistentes a la Conferencia de Seguridad celebrada del 14 al 16 de febrero en Múnich ante el radical giro de timón presentado por la delegación de la nueva administración estadounidense. En esta cita histórica, que se celebra anualmente en la capital de Baviera desde 1963, se reunían una vez más una amplia representación de los grandes actores de la geoestrategia global. Fundada por el exmilitar y editor Ewald Heinrich von Kleist-Schmeinzin, el propósito original de la conferencia era la creación de un foro de diálogo donde grandes líderes y personalidades que pudieran dar salida negociada a los conflictos entre naciones. Con ello, los acuerdos alcanzados carecen de rango oficial, pero sí anticipan las intenciones de los participantes.

Y las intenciones presentadas por la delegación de los Estados Unidos se concretaron en una admisión de las conquistas de Rusia de territorio soberano ucraniano como si de una política de hechos consumados se tratase. En consecuencia, proponían conceder los territorios ya conquistados a Rusia para evitar conflictos mayores, una hipotética Tercera Guerra Mundial.

Resulta especialmente llamativo que todo ello sucediera precisamente en Múnich y no en cualquier otro lugar. Y es que, paradójicamente, fue allí también donde se dieron cita en 1938 los líderes de Reino Unido, Francia, Italia y Alemania tras la ocupación nazi de la región checoeslovaca de los Sudetes. El propósito de la reunión, en la teoría, era el de concretar una política exterior que resolviera los conflictos por medios pacíficos. Pero lo que allí se institucionalizó fue la llamada política de apaciguamiento, esto es, ceder a algunas exigencias de Hitler para calmar sus ambiciones y así evitar una nueva guerra mundial. Con ello, y con posterioridad a la anexión alemana de Austria en marzo de 1938, el Pacto de Múnich en septiembre de ese mismo año daba su bendición a la anexión por parte de Alemania de la región de los Sudetes (Checoslovaquia). Arthur Neville Chamberlain, el primer ministro británico, y su homólogo francés, Édouard Daladier, dieron por buenos los planes nazis en una reunión a la que los representantes de Checoslovaquia no fueron ni siquiera invitados.

La estrategia de los aliados pronto demostró ser un fracaso, pues apenas un año después Hitler acabó de invadir el resto del territorio de Checoslovaquia. La invasión de Polonia dio finalmente comienzo, de modo inevitable, a una nueva guerra mundial (1939-1945). --A partir de ese momento, la frase ‘la locura es hacer lo mismo una y otra vez, pero esperando resultados diferentes’ -erróneamente atribuida a Albert Einstein y que realmente pertenece a la escritora Rita Mae Brown- adquiere pleno significado. Y es que nuevamente se han reunido en Múnich potencias democráticas bajo la amenaza de un imperio totalitario en plena expansión tratando de que una política de apaciguamiento que en su momento no funcionó, hoy, contra todo pronóstico, sí lo haga.

En los siguientes días a la conferencia, la nueva administración estadounidense ha dado comienzo a una frenética sucesión de órdenes ejecutivas que tratan de poner en marcha la que va a ser su política en los próximos cuatro años. Está desatada actividad de Trump en tan corto período de tiempo (además, sobre temáticas tan dispares como la inmigración, la OMS, los derechos de las personas trans, los aranceles a las importaciones, renombrar el Golfo de México o la extracción de petróleo) también ha resultado difícil de entender fuera de contexto. Para ello, hay que tener en cuenta que es total y absolutamente intencionada.

La clave para comprenderla nos la aportaba Steve Bannon, jefe de estrategia de la Casa Blanca en el anterior mandato de Trump, y que ha saltado a los medios de nuevo por ejecutar el saludo nazi en la última Conferencia de Acción Política Conservadora (CAPC). Para Bannon, defensor sin complejos de la desinformación como herramienta política, la verdadera oposición de todo político son los medios de comunicación. Y la manera de neutralizarlos es inundar el terreno con tal cantidad de noticias que estos ya no sean capaces de tratarlas ni analizarlas en profundidad. La nueva administración Trump parece así haber recuperado la idea, pero elevándola a la categoría de arte.

Sin embargo, ello no nos debe llevar a concluir que las decisiones de Trump responden únicamente a una estrategia pragmática ni a intereses exclusivamente comerciales o políticos. Ha superado con creces el relativismo posmoderno de Bannon. Y es que hay mucha ideología detrás de sus políticas concretas, y ésta además se sustenta en una teoría profundamente norteamericana que él mismo recuperó en su discurso de investidura: La teoría del destino manifiesto. Esta controvertida teoría se remonta a la fundación de las primeras colonias americanas en el siglo XVII y afirma que Estados Unidos es una “nación elegida por Dios” por su superioridad moral para expandirse en detrimento de otras sociedades. Dicha teoría, formulada de forma más explícita por John O’Sullivan en 1845, tomaba la idea calvinista de predestinación para justificar la conquista de los territorios al oeste de las trece colonias originales. Pero esta creencia en la excepcionalidad estadounidense, que sería más adelante la base para la doctrina Monroe, se convirtió en algo recurrente, especialmente en los momentos de crisis, argumentado que la acción de los Estados Unidos en el exterior es absolutamente necesaria para el bienestar de toda la Humanidad.

Es destacable también que, refiriéndonos una vez más a su discurso de investidura, Trump se hacía acompañar del retrato del séptimo presidente de los Estados Unidos, Andrew Jackson, responsable de la Indian Removal Act, la ley de traslado forzoso de los nativos americanos. Toda una declaración de intenciones.

Bajo este prisma no resulta tan llamativa la búsqueda de concordia con los tiranos mientas hace gala de mano dura con los países democráticos que hasta ahora eran sus principales aliados. No solamente resulta más sencillo amedrentar a aquellos que sí respetan las normas del juego, sino que encuentra en estas potencias autoritarias un hermanamiento basado en ideas compartidas. Y es que su teoría de “la paz mediante la fuerza” esconde un argumento en favor del imperialismo como un proceder natural de las superpotencias.

Y este discurso se asemeja al mantenido por Vladimir Putin, de hecho. Putin se refiere a Ucrania como un territorio históricamente ruso y afirma estar reunificando un reino dividido a la vez que restaura la unidad espiritual. Y es que el narcisismo característico del discurso de Putin ha ido evolucionando en los últimos tiempos hacia términos cercanos al mesianismo: Se presenta como un enviado de Dios para restaurar la Gran Rusia.

En una declaración el 22 de febrero de 2022, dos días antes de la invasión de Ucrania, hacía referencia, de hecho, al “destino histórico de Rusia y de sus pueblos” afirmando estar restaurando la integridad histórica del mundo ruso a la vez que denunciaba la amenaza de un claro enemigo, el “Occidente degenerado”.

El caso chino presenta trazos similares y, al igual que Rusia, el gobierno de Xi Jinping también ha recurrido al fantasma de la injerencia extranjera para centralizar el poder y reforzar su popularidad interna. Esto le ha permitido unificar en su persona, en un caso único desde Mao Zedong, la presidencia del gobierno, la presidencia del partido y la del comité militar. Con ello, nos encontraríamos ante un nuevo totalitarismo comunista al que ha sumado su apuesta por una suerte de “etnonacionalismo”, concretado en una brutal represión de las minorías kazaja, uzbeka e iugur.

A nivel exterior, si bien según la caracterización del analista político Au Loong-Yu nos encontraríamos frente a un “imperialismo emergente”, su apuesta por una influencia mayormente económica ha coexistido con intervenciones claramente imperialistas en dos territorios que reclama como históricamente propios: Hong Kong y Taiwan. También ha señalado como un objetivo a medio plazo el control del estrecho de Malaca, por donde circula más del 80% de sus exportaciones y que ahora se encuentra dentro el ámbito de influencia estadounidense.

Frente a todo ello, Europa debe dar una respuesta contundente no sólo a esta nueva geoestrategia sino a las narrativas que la acompañan. Debemos reivindicar el orden mundial surgido de la Segunda Guerra Mundial como la herramienta que ha proporcionado ochenta años de paz al Viejo Continente. Y, en paralelo, defender que la apuesta europea por la democracia y el multilateralismo no son signos de debilidad. Es más, instituciones como el Tribunal Penal Internacional o la propia Unión Europea representan hoy el progreso y la estabilidad frente a un mundo cada vez más violento y dividido. Frente a ello, el discurso sostenido por la administración americana, que enlaza, como hemos visto, con el de líderes autoritarios hasta ahora antagónicos como Vladimir Putin o Xi Jinping, amenaza no sólo el multilateralismo sino el propio paradigma ideológico occidental.

No hace falta recordar que en la fábula de Esopo la rana y el escorpión acaban muriendo ahogados al desatar éste su aguijón contra su aliada. Y es que el escorpión no lo puede evitar; está en su naturaleza.

Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.


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