Mecánica cuántica. Einstein y Bohr. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Las reservas que albergaba Einstein, sobre su vuelta a Berlín, pronto se disiparon. Allí encontró un gran ambiente de estimulación intelectual. Y además de acercarle a colegas como Planck, la “odiosa” Berlín le permitía estar más cerca también, de su prima Elsa Löwenthal.
Dos años antes, en marzo de 1912, Einstein había empezado a mantener relaciones con Ilse (Elsa), divorciada de 36 años con dos hijos, Ilse (de 13) y Margot (de 11). “La relación que mantengo con mi esposa (en ese entonces Mileva), es la misma que tendría con un empleado, al que no pudiese despedir”, le contó a Elsa.
A finales de julio, solo 3 meses después de haberse mudado a Berlín, Mileva y los niños, tomaron el tren de vuelta a Zúrich. Cuando subieron a la plataforma y se despidieron, Einstein derramó unas lágrimas, pero no tanto por Mileva y el recuerdo de lo que había sido, sino por verse obligado a alejarse de sus 2 hijos. A las pocas semanas, sin embargo, estaba disfrutando felizmente, de vivir a solas y “tranquilo en mi gran apartamento”. Pero esa tranquilidad no duró mucho, pues Europa se sumía en la guerra.
“Un buen día – afirmó, según dicen, Bismarck, en cierta ocasión – estallará en los Balcanes una guerra europea, por alguna maldita tontería”. Ese día llegó cuando, el domingo 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona de Austria y Hungría, fue asesinado en Sarajevo.
Pero mientras Einstein sentía “una mezcla de disgusto y compasión”, Walther Nernst se enroló voluntario, a sus 50 años, como conductor de ambulancia. Max Planck, incapaz de contener su patriotismo, declaro que: “esta es una ocasión en la que uno se siente orgulloso de poder considerarse alemán”. Y, creyendo que estaba viviendo un momento glorioso, no tuvo el menor empacho en exhortar, como rector de la Universidad de Berlín, a sus discípulos sobre la importancia de una “guerra justa” y enviarlos a las trincheras. Einstein no podía creer que Planck, Nernst, Röntgen y Wien, se hallasen entre las 93 luminarias que firmaron la “Llamada al mundo civilizado”.
Los firmantes de este manifiesto, que se publicó el 4 de octubre de 1914, en los principales periódicos alemanes y, en muchos otros de todo el mundo, protestaban contra “las mentiras y difamaciones, con las que nuestros enemigos, se empeñan en ensuciar la causa justa de Alemania, en la encarnizada lucha a vida y muerte, en la que se nos ha obligado a participar”.
Max Planck no tardó en lamentar, el haber firmado tal manifiesto y, empezó a pedir perdón a los científicos extranjeros amigos. A Einstein, en tanto que ciudadano suizo, lo le pidieron que firmara. Él, sin embargo, estaba tan profundamente preocupado, por el efecto a largo plazo, del desenfrenado chovinismo desatado por el manifiesto, que redactó un contramanifiesto titulado “Llamada a los europeos”. En ese escrito instaba a “los hombres educados de todos los Estados”, a asegurarse de que “las condiciones de paz, no acaben convirtiéndose en fuente de futuras guerras”. Pero solo 4 personas, incluyendo al propio Einstein, firmaron el documento.
Durante la primavera de 1915, Einstein se hallaba profundamente consternado por la actitud asumida, tanto en Alemania como en el extranjero, por sus colegas: “Aun los eruditos de diferentes naciones, se comportan como si, ocho meses atrás, se les hubiese extirpado el cerebro”. Pero a pesar de todo, los 4 años de guerra, demostraron hallarse entre los más productivos y creativos, porque, en ellos, Einstein publicó un libro, cerca de 50 artículos científicos y, concluyó, en 1915, su obra maestra, la relatividad general.
Incluso antes de Newton, se suponía que el tiempo y el espacio eran fijos y distintos y, que constituían el escenario en el que se representaba, el drama interminable del cosmos. Pues eso.
(Continuará. )
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.