Niels Bohr y Max Planck. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Para muchos científicos, la teoría cuántica era claramente ilógica y, no podía durar. Pero pasados unos años, llegaría una teoría más completa, que explicaría como es debido, las anomalías explicadas de modo tan complejo, por la teoría cuántica. Esta teoría más completa concordaría, sin duda, con la física clásica. Incluso los propios Max Planck y Einstein, estaban convencidos de que sería así.
Por su parte Niels Bohr, había llegado también a la conclusión, de que las partículas subatómicas, no obedecen a las leyes de la física clásica, pero ni él, ni nadie, veía la relación entre todo esto y, el problema de la estructura atómica, que era el problema al que se enfrentaba ahora Bohr, en su defensa del modelo “solar” de Ernest Rutherford.
La clave, para la estructura de los diferentes elementos, fue descubierta gracias a un nuevo tipo de espectroscopio, inventado en 1814, obra del óptico bávaro Joseph von Fraunhofer, quien sobrevivió a su enterramiento en vida, cuando el edificio de pisos en el que trabajaba, se le derrumbó encima. Todas las otras personas que estaban en el edificio murieron y, el elector Maximiliano José, conmemoró su milagrosa salvación, recompensándole con la principesca suma de 18 ducados. Ello permitió a Fraunhofer dedicarse a investigar por su cuenta, lo cual le llevó a inventar el espectroscopio. Si cualquier elemento, en estado gaseoso, es sometido a un calor intenso, resplandece y, cuando la luz así emitida, se examina al espectroscopio, se ve, por separado, los colores que la componen. Estos aparecen como bandas de líneas coloreadas, en el espectro general de los colores y, se vio que cada elemento, tenía su propia “espectro de emisión” característico.
A cada línea del espectro de emisión, se le puede asignar un valor numérico preciso, según su longitud de onda. Las líneas parecían repetirse, como una secuencia armónica. Pero la fórmula para dicha secuencia, eludió a todos hasta 1885, cuando el suizo Johann Balmer, maestro de escuela secundaria femenina en Basilea, descubrió una. Era como sigue: “Cuadrar el número 3. Dividir 1 entre el resultado y, restar esta fracción a ¼. Multiplicar el resultado por el número 32.903.640.000.000.000”. Esto da la frecuencia (y, por tanto, la longitud de onda) de la línea roja en el espectro del hidrogeno.
Justo la clase de cosas que se podía esperar, de un maestro de escuela de provincias (y, quizá por eso mismo, no dieron con ella mentes más brillantes).
Pero la fórmula no era tan torpe como parecía. Si en lugar de 3, se empieza con el número 4, se obtiene la línea verde del espectro y, con el 5 se obtiene la frecuencia de la línea violeta. Cuando se descubrieron más líneas, en el espectro de emisión del hidrógeno, se encontró que los números siguientes (6, 7 y 8 y otros) daban cifras que, curiosamente, correspondían a su frecuencia. La fórmula de Balmer funcionaba, pero nadie sabía por qué. Más intrigante aun, nadie tenía ni idea de lo que significaban las líneas espectrales. Simplemente se aceptaba que cada elemento tenía su “firma”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.