El átomo. El milagro griego. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
“Todo está hecho de átomos, pequeñas partículas animadas por un movimiento incesante, que se atraen cuando están a cierta distancia unas de otras, pero que se repelen cuando se las obliga a aproximarse demasiado” (Richard P. Feynman)
La idea del átomo, que iba finalmente a triunfar, después de una tortuosa historia, surgió hace casi 25 siglos en la antigua Grecia antigua. ¿Por qué apareció la idea precisamente en ese lugar y en ese momento? Evidentemente no es fácil contestar a esas preguntas y, existe el riego de seguir una pista falsa. Pero el tema es fascinante y, ha preocupado a numerosos historiadores.
El punto de partida de esa aventura fue el “milagro griego”, un notable experiencia única en su género, fruto del esfuerzo de un puñado de pensadores helénicos, dispuestos a dar del mundo observable – que la mayoría de habitantes de la época creían que estaban bajo la tutela, de una plétora de dioses de apetitos y debilidades extrañamente humanos, pero de poderes extraordinarios – una explicación racional, exclusivamente basada en causas y efectos naturales, sin interferencia alguna de potencias exteriores.
No es que negasen necesariamente la existencia de estas potencias, pero sabían no mezclar los géneros y, para decirlo con una expresión de Farrington, “dejaban a los dioses fuera” de sus reflexiones y del mundo, en el “intermundo”, o para mantener nuestra metáfora teatral, detrás del telón de fondo. Si bien no estamos todavía ante un enfoque científico, tal como lo entendemos hoy, asistimos, sin embargo, al nacimiento de una filosofía de la naturaleza, que solamente reconoce aquello que la razón concibe y aprueba. La filosofía, como sabemos, es algo que se sitúa a medio camino de la ciencia y la religión y, está más cerca de una u otra cosa, según se trate las cosas. Para Bertrand Russell, filósofo inglés de la escuela racionalista, “la filosofía es una especie de tierra de nadie, entre la ciencia y la religión y, sujeta, por ello, a los ataques procedentes de ambos frentes”. En la empresa científica encontramos los siguientes ingredientes principales: el deseo de explorar lo universal y lo esencial, la creencia de que la naturaleza, bajo su complejidad y multiplicidad aparentes, oculta un orden que es posible explicitar en términos de elementos simples y de sus interacciones; la esperanza de que, en el mejor de los casos, una razón unitaria pueda incluso presidir la extraordinaria diversidad y, los cambios incesantes de los seres de la naturaleza. Y, sobre todo, la convicción de que, en este gran rompecabezas cósmico, solamente intervienen elementos y actividades racionales o, dicho de otro modo, que no hay en él lugar para las intervenciones sobrenaturales.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.