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Niels Bohr. Y Rutherford. I


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En 1911 llegó el golpe de suerte para Niels Bohr. En octubre asistió a la cena anual del Cavendish, celebrada en honor del excéntrico físico inglés del siglo XVIII, el primero en calcular el peso de nuestro planeta, importante muestra de eclecticismo, que determinó el valor de G, la constante gravitacional. Tras la cena, ya con el oporto, Ernst Rutherford se dirigió a los presentes. Su trabajo sobre la radiactividad, había conducido a especulaciones revolucionarias, sobre la naturaleza y estructura del átomo. Bohr quedó fascinado con este neozelandés campechano, de media edad, a quien uno de sus colegas describió como “una mezcla encantadora de niño, hombre y genio”.

Rutherford esta igualmente impresionado con Bohr. Le gustaban los hombres activos y, le impresionó saber, que Bohr era un futbolista de categoría profesional. Fiel al tópico kiwi, Rutherford había sido un robusto jugador de rugby, en el equipo de su facultad en Cambridge. Más importante aún, Rutherford entendía lo que Bohr tenía que decir, a pesar de su inglés, que siguió siendo tortuoso y titubeante, cuando tenía que expresar ideas científicas complejas, que fuese más allá del registro de Mr. Picwick.

En opinión de Rutherford: “Este joven danés es el tipo más inteligente, que he conocido nunca”. Menuda flor, viniendo de uno de los físicos más grandes de su época. La valía de Bohr empezaba a ser reconocida por fin. Rutherford le invitó a trabajar en su equipo, en la Universidad de Manchester. Bohr aceptó entusiasmado y, escribió a casa: “En Manchester tendré condiciones estupendas”. Aunque Bohr y Rutherford, llegaran a un entendimiento tan inmediato, en realidad eran opuestos. Rutherford era el físico práctico por excelencia y, pese a su estilo tan franco y directo, era capaz de concebir experimentos de extrema sutileza. Exigía pruebas incontestables y, despreciaba los teóricos de altos vuelos, que no se dignaban ensuciarse las manos, con el material del laboratorio.

Bohr, por su parte, venía más bien de la tradición francesa y alemana. Prefería someter las hipótesis, a un rigoroso análisis lógico, con el fin de descubrir sus implicaciones y, no temía nunca construir teoría sobre teoría. A estas alturas, la razón continental prevalecía sobre el empirismo británico, en el enfoque de Bohr. Por una vez, no parecía importarle a Rutherford. “Bohr es diferente. Juega al futbol”, dijo a sus colegas en su defensa.

Las investigaciones de Rutherford sobre la radiactividad, le habían llevado a algunas conclusiones extrañas. Había descubierto que los átomos se desintegran.

Los átomos de un elemento dado pueden desmoronarse y, convertirse en átomos de otro elemento distinto. Conclusiones como ésta eran tomadas a broma sin más, por los físicos clásicos de la vieja escuela. Para ellos se trataba, ni más ni menos, que de una regresión a la alquimia medieval. Rutherford decidió investigar la estructura interna del átomo y, preparó una serie de experimentos, en colaboración con su ayudante alemán, Hans Geiger, inventor del contador que lleva su nombre, utilizado para medir la radiactividad.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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