Baruch Spinoza. Críticas y elogios
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
El mismo Colerus, uno de sus biógrafos, que reseña con todos los detalles, las cuentas de los gastos del entierro, no deja de comentar, también y, claro está, en sentido negativo, a los que hicieron las facturas del mismo, por llamar a Spinoza “bienaventurado”.
Pues, aunque la explica como una expresión de buenos deseos hacia los difuntos, no deja de calificarlo, una vez más y sin necesidad, de “malvado”. He aquí sus palabras:
“Estos señores no debían de saber, sobre qué fundamento había construido Spinoza, pues, de lo contrario, no hubieran jugado tan a la ligera con la palabra “bienaventurado”. O es que quizá la han escrito, en el sentido que se le suele dar actualmente, según el cual, también a los hombres malvados, que han expirado sin ninguna señal de penitencia o conversión de sus pecados, se les llama bienaventurados o de santa memoria”.
En la misma línea había ido el relato de Kortholt, ya que, después de reconocer que Spinoza, “siempre pensaba en la vida y, ni le venía a la mente la muerte inminente” y, de informar que murió en presencia del solo médico de Ámsterdam, emite su juicio sobre ella, en los términos que le son habituales: “Exhaló plácidamente su alma impura y su último aliento. Si tal género de muerte puede corresponder a un ateo, se ha discutido no hace mucho, entre los eruditos”
Por el contrario, su apologista Lucas imprime a su relato de la muerte del filósofo, un tono de panegírico de sus virtudes, a la vez que de oración fúnebre. Al aludir a su persecución por los enemigos, no duda en establecer entre él y de Witt, un parangón fuera de toda medida, ya que parece equipararlos en la idea de parricidio”.
Según Lucas, habría sido su entrega al estudio (“sus meditaciones”) la que, poco a poco, habrían deteriorado su salud, verificable en “una fiebrecilla lenta”. Y, en relación con ella, añade su primer y entusiasta elogio. “Después de haber ido languideciendo los últimos años de su vida, la termino en medio de su carrera. Vivió, pues, 45 años o entorno a ellos”. Como vemos, solo da la edad aproximada, por no cotejar la fecha de su nacimiento. Y prosigue con la misma idea, pero ahora dándole un no disimulado tono religioso.
Hecho el panegírico, pasa a la oración fúnebre, aunque, como algunos otros biógrafos, omite sus consejos de imitar a Spinoza. “Somos nosotros, los que quedamos, los dignos de lamentar… Lo que amamos y veneramos en los grandes hombres, está siempre vivo y, vivirá por todos los siglos. Baruch de Spinoza vivirá en el recuerdo de los verdaderos sabios y, en sus escritos, que son el templo de la inmortalidad”.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.