Niels Bohr. El mal inglés. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
En el pasado texto escribí: “cuando se colocan ciertos metales en un campo eléctrico, la fuerza de su magnetismo (que depende de los electrones) no concuerda con las leyes de la física clásica. ¿pero que demonios quería decir esto? Niels Bohr hizo una conjetura asombrosa. Al parecer, los viejos supuestos de la física clásica, no encontraban aplicación a nivel subatómico. Para describir lo que sucede dentro del átomo, parecía necesario, un tipo de física completamente diferente.
Pro esto parecía imposible. Era como si Bohr sugiriera que, en el nivel subatómico, las cascadas fluyen hacia arriba y las hadas existen. Un País de las Maravillas donde dos y dos no son necesariamente cuatro. Ni el propio Bohr estaba seguro, de lo que significaba todo eso. Así que decidió dirigirse a la fuente. Cuando termino su tesis en 1911, se fue a Cambridge a estudiar con J. J. Thomson. Si alguien sabía algo sobre el comportamiento de los electrones, debía ser su descubridor. Pero en Cambridge se topó con un muro de ladrillo, en parte obra suya, pero no del todo. A Thomson simplemente no le interesaba este danés imperioso y entusiasta, que ni siquiera sabía expresarse con propiedad en inglés, menos aún expresar sus complicadas teorías. Está claro que a Bohr no le favorecía, su imperfecto uso de la terminología. Al hablar de electricidad, por ejemplo, decía “cargamento” en lugar de “carga”
Bohr hablaba con fluidez danés y alemán, pero por lo demás, era un lingüista mas entusiasta que experto. Mucho más tarde insistiría en saludar al embajador francés, con un cordial “Aujourd’hui”. Pero el punto más bajo de su experiencia en Cambridge, tuvo lugar durante una discusión informal, con Thomson y sus colegas. Bohr trataba de explicar, lo mejor que podía, cierto punto de la teoría del electrón en los metales. Thomson le interrumpió, diciéndole que lo que decía eran paparruchas y, a continuación, dijo exactamente lo mismo, con palabras diferentes.
Bohr no se puso las cosas más fáciles, cuando más adelante insistió, en que algunos de los cálculos del gran hombre para el electrón, eran defectuosos. “Todos han perdido la confianza en mí”, escribió a casa en tono de desamparo. Pero Bohr estaba dominado por la testarudez del genio. Parecía claro que había otro tipo de física, que contradecía las leyes de la física. No tenía ni idea, a donde conducían sus ilógicas ideas, pero estaba decidido a perseverar y seguirlas.
Bohr de dio cuenta, de que tenía que aprender bien el inglés, así que, con su característica perseverancia, se sentó a leer las obras de Charles Dickens, con la ayuda de un gran “Engelsk-Dansk Ordborg. Buscando cada palabra que no entendía, empezó a abrirse camino entre descripciones de comportamientos, más extraños aun que el de los electrones: las manías de la Inglaterra victoriana, tal como se describen en “Los Papeles de Picwick”, “Oliver Twist” y “Martin Chuzzlewit”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.