Aristóteles. “Ética a Nicomáco”. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Entre todas las virtudes éticas, Aristóteles no duda en señalar la justicia como la más importante. En su primer sentido, en opinión del Estagirita, la justicia es el respeto debido a la ley del Estado. Y puesto que esta ley (del Estado griego) abarca toda el área de la vida moral, en cierto sentido, la justicia comprende toda la virtud. “Y por esto – nos dice Aristóteles, anticipando de alguna forma, la célebre proposición final, de la “Crítica de la razón práctica” de Kant – muchas veces la justicia parece ser, la más importante de las virtudes, más admirable que la estrella del atardecer y la de la mañana. Y decimos con el proverbio. “en la justicia está incluida toda virtud”.
Pero el significado específico de la justicia, que es lo que analiza puntualmente Aristóteles, se refiere a la repartición de los bienes, de los beneficios y las ventajas. La justicia, entendida en este sentido, consistirá, por tanto, en la justa medida con la que se reparten, los beneficios, las ventajas y las ganancias, o bien los males y las desventajas y, constituyen una “posición media”, “porque esta es la característica del justo medio, mientras la injusticia lo es de los extremos.
En general, los numerosos análisis llenos de precisión, acerca de los diferentes aspectos, de cada una de las virtudes éticas, realizados por el Estagirita, se limitan, como máximo, a un plano puramente fenomenológico. Así cabe decir que, con frecuencia, las convicciones morales de la sociedad, a la que pertenecía Aristóteles, ejercen una influencia decisiva sobre el filósofo, como, por ejemplo, en el caso de la descripción de la magnanimidad, que debería ser una especie de coronación de la virtud, pero que, en cambio, resulta una pesada hipoteca, que el gusto de la época, carga sobre la doctrina aristotélica.
Por encima de las virtudes éticas, se encuentran otras virtudes que, como ya hemos señalados, son características de la parte más elevada del alma, es decir, del alma racional, que por tanto reciben el nombre de virtudes dianoéticas, es decir, virtudes de la razón. Y, puesto que son dos, las partes o funciones del alma racional, una la que conoce las cosas contingentes y variables, la otra la que conoce las cosas necesarias e inmutables, es natural que haya una perfección o virtud de la primera función y, una perfección o virtud de la segunda función del alma racional. Estas dos partes del alma racional son, básicamente, la “razón práctica” y la “razón teorética” y, las respectivas “virtudes”, son las formas perfectas con las que se aprehende, la verdad práctica y la teorética.
La virtud típica de la razón práctica, es la “phronesis”, usualmente traducida por “prudencia”, mientras que la virtud específica de la razón teorética, es la sabiduría (“sophia”).
La “prudencia” consiste en saber dirigir correctamente la vida del hombre, o sea, el saber deliberar en torno a lo que es bueno o malo, para el hombre. Es, dice Aristóteles, “una disposición práctica, acompañada de la razón veraz, respecto a lo que es bueno y malo, para el hombre”. Para comprender con exactitud la doctrina aristotélica, hay que señalar que la “phronesis” o prudencia, ayuda a deliberar correctamente, acerca de los verdaderos fines del hombre, en el sentido de que señala los medios idóneos, para alcanzar los fines verdaderos. Es decir, nos ayuda a determinar y a conseguir, las cosas que conducen a tales fines, sin indicar ni concretar, cuáles son los fines mismos.
Dice exactamente Aristóteles: “la obra humana se realiza a través de la prudencia y, de la virtud ética. En realidad, el objetivo se vuelve recto, gracias a la virtud, mientras que los medios se convierten en rectos, gracias a la “prudencia”.
Está claro pues, que las virtudes éticas y, la virtud dianoética de la “prudencia”, están vinculadas entre sí, en un doble aspecto. En realidad, dice Aristóteles, “a) no es posible ser virtuoso, sin poseer la “prudencia”, ni b) ser “prudentes”, sin tener la virtud ética.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.