Aristóteles. “Ética a Nicómaco”. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Las virtudes éticas se derivan en nosotros de la costumbre, escribía Aristóteles. El hombre es, por naturaleza, “potencialmente” capaz de fomentarlas y, mediante el ejercicio, traduce esta potencialidad en actualidad. Realizando progresivamente actos justos, nos volvemos justos, o sea, adquirimos la virtud de la justicia que, a continuación, permanece en nosotros de forma estable, como un “habitus”, que contribuirá sucesivamente, a que realicemos con facilidad, ulteriores actos de justicia. Realizando paulatinamente actos de valor, no volveremos valientes, es decir, adquiriremos el “habitus” del valor, que, más tarde, nos ayudará a realizar fácilmente, actos de valentía. Y así sucesivamente. En resumen, para Aristóteles las virtudes éticas, se aprenden de la misma manera, como se aprenden los diferentes artes, que son también “hábitos”.
Pero este razonamiento, aun cuando resulta clarificador, no nos conduce al centro de la atención. Nos dice “cómo adquirimos” y, poseemos a continuación estas virtudes, pero no explica todavía, “en qué consisten las virtudes”. ¿Cuál es la naturaleza común a todas las virtudes éticas? El Estagirita responde puntualmente: no hay virtud, si existe exceso o defecto, o sea, cuando hay demasiado o excesivamente poco. La virtud implica, en cambio, la “justa proporción”, que es la “vía media entre dos excesos.
Pero nos preguntaremos ¿”exceso”, “defecto” y “justo medio”, de los que se habla a propósito de las virtudes éticas, a qué se refieren? Según Aristóteles, a los sentimientos, a las pasiones y a las acciones. La virtud ética es, pues, la posición media entre dos extremos de la pasión, uno de los cuales lo es por defecto y, el otro, por exceso. (No sé si mi padre, había leído la “Ética a Nicómaco”, pero siempre me decía: recuerda que la virtud está en el punto medio) Para quien ha comprendido bien esta doctrina de Aristóteles, es obvio que la posición media, no sólo no es la mediocridad, sino su antítesis. El “justo medio” está claramente, por encima de los extremos, representando, por decirlo así, su superación y, por tanto, como dice perfectamente Aristóteles, constituye la “cima”, es decir, el punto más elevado desde la perspectiva del valor, “en cuanto indica la afirmación de la razón, sobre lo irracional”. Según su esencia y conforme a la razón, que establece su naturaleza, la virtud es un término medio, pero respecto al bien y a la perfección, se encuentra en el punto más elevado.
He aquí una especie de síntesis, de toda la sabiduría griega, que había hallado su expresión típica en los poetas gnómicos y, en los siete sabios, habiendo señalado muchas veces la vía media, la ausencia del exceso y la justa medida, como la regla suprema de la acción moral. Regla que es como una muestra paradigmática, del modo de sentir helénico. Se trata, asimismo, de la asimilación de la lección pitagórica, que situaba en el límite (“peras”) la perfección y, sobre todo, nos hallamos ante el eco preciso, del concepto de la “justa medida”, que tanta importancia reviste, especialmente, en el último Platón.
Esta doctrina de la virtud, como “justo medio” entre dos extremos, es ilustrada por un amplio análisis, de las principales virtudes éticas (o mejor, de las que el griego de entonces, consideraba como tales) naturalmente no deducidas, con arreglo a un hilo conductor preciso, sino derivadas empírica y acumulativamente, a modo de centón (obra literaria compuesta enteramente, o en la mayor parte, de fragmentos, sentencias o expresiones de otras obras o autores). La virtud del valor es el “justo medio”, entre los excesos de la temeridad y de la cobardía. El valor es, pues, la justa medida que se impone al sentimiento del temor que, si está privado de control racional, puede degenerar, ya sea por defecto, en cobardía, ya sea por el exceso opuesto, en audacia. La templanza es el “justo medio”, entre los excesos de la intemperancia o libertinaje y la insensibilidad. La templanza es pues, la actitud justa que la razón nos obliga a asumir, frente a determinados placeres. La liberalidad es el “justo medio”, entre la avaricia y la prodigalidad. La liberalidad es pues, el comportamiento justo, que la razón nos obliga a asumir, en relación con la acción de gastar dinero. Y así sucesivamente.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.