14 Kolakowsky. Nihilismo y conservadurismo (II)
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Con la ayuda de una lógica sospechosa, el conservador pasa, del inevitable carácter de ciertos sufrimientos, a la afirmación de que toda lucha contra el sufrimiento es inútil. La conclusión “como el mundo no puede llegar a ser ningún paraíso, no vale la pena mejorarlo” es, en realidad, de consecuencias poco constructivas, pero revela muy bien, las tendencias esenciales, del pensamiento conservador. Al igual que los autores, de las viejas teodiceas, el conservador está convencido, de que todo el bien posible, ha sido ya realizado en el mundo y, que el mal es sin duda malo, pero no por ello puede ser abolido. Toda transformación que acontece en el mundo es, en la práctica, un viraje hacia algo peor, dicen.
El conservador, no se identifica plenamente, con la realidad heredada, únicamente con aquellos aspectos de su existencia futura, en los que vislumbra sus propios valores. Valores que, en su mayor parte, no se diferencian de la subsistencia, del mundo pretérito, sino que se caracterizan, precisamente, por ella. El conservador únicamente puede apropiarse, de fenómenos nuevos, a costa de reducirlos a fenómenos anteriores y, que ya le son conocidos. Dado pues, que asimila el mundo, en elementos asumidos del pasado, no puede menos de conferir al mal, cierta subsistencia.
En este sentido son muy instructivas, las polémicas de los ortodoxos eclesiásticos, con los herejes de la época del Cristianismo, es decir, de la época de la Reforma y Contrarreforma. El ortodoxo se ufana, por un lado, de su fidelidad a la tradición originaria, apelando, en todo momento, a la sucesión apostólica, con el fin de probar así, la legitimidad de su punto de vista, evidenciando su solidez y afincamiento en la tradición y, estigmatizando al hereje, como un peligroso innovador, que se ha atrevido a edificar un templo privado, sin que Dios se lo haya encargado. Sin embargo y llevado de la secreta envidia que arde en su alma, ante todo pensamiento nuevo, el ortodoxo se esfuerza lamentablemente, por hacer ver que su contrincante, no hace sino incurrir en los viejos errores, de los viejos herejes, sin añadir nada nuevo: “Porque, en definitiva, ya Arrio, el enemigo de Cristo y, Pelagio, que se burlaba de la gracia divina y, Nestorio, el enconado enemigo de la Virgen María, dijeron lo mismo, exactamente lo mismo”.
El conservador valora lo permanente, exclusivamente por su permanencia y, la herencia sólo por su carácter hereditario. Como no puede asimilar el mundo, sin la ayuda de esquemas heredados, encaja a sus adversarios en ellos, con el fin de acomodarlos, a algo que ya conoce, que ya ha visto y, que ya ha condenado de una vez para siempre. Inclinado, por una parte, a identificar los valores, con aquello cuya vida es duradera, el conservador recurre preferentemente, a sentencias como “Todo sigue como estaba” (Goethe) o “Plus ça change, plus reste la même”.
El esfuerzo por liberarse de todo responsabilidad, identificándose, con el orden duradero y preexistente del mundo, define todos los valores del conservadurismo, como meras derivaciones. El conservador afirma, pues, su propia personalidad por dos caminos diferentes: esforzándose insistentemente por ser consecuente, entendiendo la consecuencia, como inmutabilidad de las costumbres, representaciones, puntos de vista y formas de conducta y, acogiéndose, por otro lado, a una fe en la providencia, entendida de una u otra manera, en un orden transcendente en el seno del cual y, con vistas al cual, puede ser identificada su propia existencia. El conservador se vanagloria gustoso, de su consecuencia, es decir, de la insistente perseverancia, con que se aferra a sus ideales y formas de conducta, porque únicamente accede al sentimiento de su propia identidad y de su autenticidad personal, en la medida en que, puede vincularlos a una suma – lo más elevada posible – de cualidades permanentes. Y, sin embargo, esto aún no es bastante, porque la consecuencia, que no viene referida sino a sí misma, todavía no puede ofrecerle protección moral suficiente, en el orden transpersonal, todavía no le libera de su responsabilidad. De ahí que la personalidad haya de ser determinada, por la referencia, a un determinado orden supremo, creado por Dios o por la naturaleza, pudiéndose reconfortar tan sólo la personalidad, de su propia autenticidad esencial, cuando se ve reforzada, en el marco de un orden de este tipo. Cuando Gabriel Marcel, repite que la persona sólo se realiza, en el impulso a la transcendencia, no está, en realidad, sino dando forma, a esta misma interpretación conservadora.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.