Eladio F. Egocheaga y las huelgas desde la perspectiva socialista (1912)
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Eladio Fernández Egocheaga (Oviedo, 1886-México D.F-1965) fue dependiente de comercio y periodista. Ingresó en el socialismo al comenzar el siglo XX, afiliándose en 1907 en la Agrupación Madrileña. Fue miembro de la Federación Nacional de Dependientes de Comercio, Industria y Banca desde 1906, y llegó a presidir las Juventudes Socialistas de Madrid. Tuvo una destacada vida dentro del PSOE y la UGT, colaborando, por lo demás, en múltiples publicaciones periódicas de signo socialista, sin olvidar que se iniciaría en la Masonería. Fue elegido diputado por la provincia de Sevilla en las elecciones de 1931, y en la Guerra Civil desempeñó distintas funciones en el ámbito mutualista y económico. Fue negrinista, siendo expulsado del Partido en 1946, aunque siguió activo en el seno del socialismo en México.
Pues bien, insistiendo en nuestro estudio sobre la huelga desde el movimiento obrero de signo socialista, nos acercamos a un texto suyo sobre este particular, que vio la luz en el número del día 10 de noviembre de 1912 de Vida Socialista.
La huelga era considerada por Egocheaga como el arma más destacada de que disponían los trabajadores para luchar contra el capitalismo, pero para que diera resultados prácticos debía obedecer a una necesidad inmediata, es decir, a la realidad. Admitiendo que todas las aspiraciones proletarias eran igualmente justas, no se podía afirmar que todas fueran de “una realidad inmediata”. Nos estaba diciendo que a la justicia debía acompañar siempre la viabilidad, porque si faltaba el segundo requisito no había justicia posible realizable, es decir, ya no está planteando una de las características propias del movimiento obrero socialista, la necesidad de que una huelga fuera posible, es decir, que no se podían plantear sin reflexión y análisis detallado previo para que fuera, esto es, viable.
Uno de los mejores medios para ganara las huelgas, en el momento en el que escribía y como confesaba, era no hacerlas. Estamos, como vemos, ante un nuevo ejercicio de prudencia. Egocheaga afirmaba que las huelgas se hacían o no se hacían por varias razones. Cuando las huelgas obedecían a desafíos conscientes de los patronos, cuando faltaban medios propios para realizarlas, cuando la fuerza propia no existía, cuando no había una organización clara, cuando se intentaban entablar luchas “sentimentales”, cuando se cifraba todo a la intuición un poco para cubrir una especie de dignidad corporativa, no se podían hacer.
En cuestiones colectivas era la colectividad la que tenía que juzgar lo que había que hacer, y buscando la conveniencia colectiva. En este tema no valían los ejercicios de “quijotismo”. No había que caer en las provocaciones patronales que buscaban que estallase una huelga, es decir, había que hacerse los desentendidos. Lo importante era fortalecer la organización propia, el gran pilar de la estrategia del movimiento obrero de signo socialista.
Si no había un estudio previo y todo se cifraba al entusiasmo del momento o a la rebeldía de unos pocos se estaba buscando el fracaso. El “romanticismo de la rebeldía momentánea” debía ser desechado.
Egocheaga planteaba una especie de escala para enfrentarse a los problemas, para plantear una huelga.
En primer lugar, para que un centro de trabajo declararse la huelga debía necesitar el consentimiento de toda la colectividad del oficio.
Para que una colectividad de un oficio declarase la huelga debía necesitar el consentimiento de todas las colectividades similares. Y, por fin, cuando las colectividades similares de un oficio tratasen de plantear un paro general debía necesitarse el acuerdo previo de todas las colectividades de los demás oficios.
Entonces, las sociedades obreras que iniciasen la huelga podrían exigir una solidaridad efectiva, y así se podría contar con fuerzas propias de antemano.
Habiendo una huelga, todos los que habían votado a favor debían comprometerse en una suerte de garantías, a satisfacer las cuotas extraordinarias, practicar el “boicottage” a las casas en huelga, y practicar el “sabottage” consciente en aquellos sitios donde hubiera facilidades para hacerlo porque se tratase de suplir con “traidores” (esquiroles) plazas de huelguistas.
Pero, al final, lo que pedía Egocheaga era formar una organización potente más que fomentar las huelgas en sí. Llegaba a afirmar que las mismas fueran abolidas, eso sí, refiriéndose a la forma “individual y perniciosa en que hasta ahora se vienen realizando”.
Sobre nuestro autor es imprescindible acudir al Diccionario Biográfico del Socialismo Español.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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