El trabajo a domicilio en Argentina hacia 1913
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
El senador socialista argentino de origen español Enrique del Valle Iberlucea realizó en 1913 un exhaustivo análisis sobre la situación del trabajo a domicilio en Argentina, que el diario español El Socialista publicó en sus páginas en su número 1579, en el mes de septiembre de ese año, habida cuenta de la preocupación que el movimiento obrero de signo socialista siempre tuvo hacia este tipo de trabajo, menos regulado, peor pagado, con peores condiciones de higiene, donde era difícil llegar, habida cuenta de su dispersión, y donde la explotación, especialmente de las mujeres, era evidente.
El propio senador señaló que este tipo de trabajo era un problema que preocupaba.
El trabajo a domicilio se realizaría generalmente en pésimas condiciones higiénicas, pero, sobre todo, con jornadas laborales muy largas y con una remuneración muy escasa. Solamente salían beneficiados los empresarios y los “subempresarios” de los pequeños talleres, que como intermediarios procuraban esquilmar cuanto les era posible a quienes trabajaban bajos sus órdenes o por su cuenta.
Ya Marx, en El Capital, nos seguía informando el político socialista, había explicado las condiciones y efectos de este tipo de trabajo. La moderna industria del trabajo a domicilio no tenía nada que ver con la antigua, basada en el oficio urbano independiente, o con la pequeña agricultura independiente, y ante todo una casa de la familia obrera. Se había convertido en una especie de departamento exterior de la fábrica, de la manufactura o del taller. Además de los obreros que se concentraban en una fábrica el capitalista movilizaba otro ejército de obreros a domicilio desparramados en las grandes ciudades y en los campos. La explotación de las fuerzas del trabajo era mayor en la industria a domicilio porque en la fábrica se estaba reemplazando la fuerza muscular por máquinas y mejoras en el trabajo, mientras que en el taller privado eso no existía, poniendo en peligro a mujeres y niños que en ella trabajaban. Por otro lado, Marx explicaba que la capacidad de resistencia de los obreros disminuía al estar diseminados, entre los obreros y los empresarios se introducía una serie de “rapaces parásitos”, porque el trabajo a domicilio luchaba en todas partes con la producción fabril de la misma rama de producción, porque la pobreza privaba al obrero de las más necesarias condiciones de trabajo, espacio, luz, ventilación, etc., porque aumentaba la irregularidad de la ocupación, y, finalmente, porque en estos últimos especie de refugios de trabajadores la competencia entre los obreros llegaba a máximos.
En conclusión, el régimen de trabajo a domicilio constituía la peor forma del salarriado.
Pues bien, todas las nefastas consecuencias de este sistema, y que se podían observar en distintas partes del mundo, también se daban en Buenos Aires y en otras ciudades de la República.
Del Valle Iberlucea citaba un informe del Departamento Nacional del Trabajo donde se enumeraban los inconvenientes del trabajo a domicilio: mayor duración de la jornada, malas condiciones de higiene y comodidad y menor salario. Por otro lado, la industria a domicilio adquiría un desarrollo mayor cada día producto del aumento de la población, del aumento de la propia industria en general, de los efectos que en el presupuesto familiar había producido la carestía de la vida y de la calidad profesional de cierta inmigración.
Algunos habían afirmado que la legislación laboral sobre el trabajo de mujeres y menores y su forma de aplicación había originado el cierre de talleres, cuyas labores habían pasado a efectuarse a domicilio, pero Del Valle consideraba que esto era una excusa para pagar menores salarios.
También aludía a que se habían realizado ya algunas investigaciones, especialmente para Buenos Aires. En el Boletín del Departamento Nacional del Trabajo había aparecido un trabajo sobre el trabajo de la mujer a domicilio, que reflejaba la “triste y miserable condición de la infeliz obrera de la aguja”.
El estudio llegaba a la conclusión de que el trabajo a domicilio de la mujer lejos de mejorar sus condiciones, tendía a que empeorasen a medida que se hacía más diestra porque se empleaban sus habilidades para elaborar productos baratos, no pudiendo regir en ella el principio aplicado al trabajo industrial de fábrica, esto es, que a mayor habilidad un mejor salario. Por eso, se imponía con urgencia la adopción de medidas de protección. De esa opinión era nuestro político.
La industria a domicilio preponderante en Argentina era, como ocurría en España, por lo que sabemos, la textil, la de “vestido y tocador”. En Buenos Aires en ese momento habría casi tres mil casas pertenecientes a esta industria, con 39.160 trabajadores, de los cuales, 22.081 trabajaban a domicilio. Según el censo industrial había 1417 camiseras, 3.872 trabajadores del calzado, 2954 en artículos de ropería, 2443 en confecciones, 5516 en artículos de sastrería, y 4250 en ropa militar. Pero el senador consideraba que estos datos eran incompletos. Según el censo municipal del centenario, habría 90.256 personas mayores de catorce años trabajando en la industria del “vestido y tocador”. Habría, 1955 bordadoras, 16316 costureras, 16086 modistas, 11460 planchadoras, 692 chalequeras, 1049 corseteras, 801 pantaloneras, 189 corbateras, 15621 zapateros, 10358 sastres, 1189 sastres cortadores, 4301 lavanderas, 749 colchoneros, 166 gorristas, y 148 pasamaneros.
Así pues, en conclusión, opinaba que no parecía exagerado afirmar que en Buenos Aires había unos sesenta mil trabajadores a domicilio.
En cuanto a las jornadas y salarios de estos obreros el Departamento Nacional del Trabajo en otra investigación comprobó que las aparadoras por una jornada de diez a trece horas diarias de trabajo recibían entre 3 y 3’5 pesos por día como retribución en bruto y con gastos de trabajo diarios entre 0’5 y 1 peso, viviendo en una sola pieza o habitación con sus familias. Además, durante varios meses al año carecían de trabajo. Por su parte, las bordadoras trabajaban de doce a trece horas ganando 1’4 pesos. Las camiseras por jornadas de nueve a doce horas ganaban 1’2 a 2 pesos de salario, al que debían restar por gastos entre 10 y 20 centavos, y faltándoles también trabajo durante parte del año. Las costureras trabajan entre cinco y siete horas diarias, aunque había quien prolongaba su jornada laboral hasta doce o diecisiete horas. Unas ganaban 0’35 pesos por día, aunque había una minoría que podía llegar a los 5 o 6 pesos. La mayoría de ellas vivían en una habitación por la que pagaban 30 pesos de alquiler. Las corbateras trabajaban entre nueve y quince horas, ganando entre 1 y 6 pesos, excluidos los gastos. Las modistas tenían una jornada parecida, percibiendo entre 1’50 a 3 pesos. Las pantaloneras laboraban entre ocho y diecisiete horas con salario diario de entre 0’5 y 5 pesos, siendo su trabajo muy discontinuo. Por su parte, las sastras trabajaban de nueve a doce horas, ganando entre 2’4 y 4’8 pesos, poniendo el material ellas por su cuenta, como el hilo, la aguja, el carbón, etc.. Las sombrereras tenían jornadas de entre doce y trece horas diarias con un salario entre 2 y 2’5 pesos. Las paragüeras trabajaban entre diez a once horas por un jornal de entre 1’5 y 5’2 pesos. Por fin, las corseteras tenían una jornada de unas nueve horas, con un salario de 2’1 pesos.
Eran datos revelaban para Del Valle la absoluta necesidad de legislar sobre el trabajo a domicilio. Había que tener en cuenta que este trabajo se hacía en el hogar privado, que la Constitución hacía inviolable, pero, además, estaba el problema de la dispersión, que imposibilitaba una eficaz inspección, garantía para que una legislación laboral tuviera éxito.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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