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Cambio climático y hábitos alimenticios


Más de catorce mil científicos de todo el mundo han suscrito el último informe sobre cambio climático del IPCC. Entre los seis objetivos necesarios para mitigar la tendencia hacia el calentamiento global, el informe señala la necesidad de cambiar nuestros hábitos alimenticios.

Hace exactamente 42 años, científicos de cincuenta naciones se reunieron en la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima (Ginebra, 1979) y concluyeron que las tendencias alarmantes sobre el cambio climático hacían que fuera necesario actuar urgentemente. Desde entonces, en la Cumbre de Río (1992), en Kyoto (1997) y en París (2015), además de en decenas de otros congresos, asambleas y reuniones un número cada vez mayor de científicos han emitido alarmas similares y advertencias explícitas de que las cosas, lejos de mejorar, empeoran.

Publicado el pasado mes de agosto, el último gran informe de situación del IPCC, el panel de expertos vinculados a la ONU que lleva más de tres décadas sentando las bases sobre el cambio climático, fulmina al negacionismo y considera como algo “inequívoco” que la humanidad “ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”, lo que ha generado “cambios generalizados y rápidos” en el planeta, que merecen que se proclame una situación mundial de emergencia climática. Los objetivos que propone el informe se reducen a uno: «es necesario un cambio social masivo». Alcanzar esas metas requiere, según el informe, que la sociedad consuma de otra forma, que entienda que los recursos son limitados.

Como la producción de alimentos genera más de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) provocadas por el hombre, uno de los objetivos se centra en el imprescindible cambio de nuestros hábitos alimenticios. Consumir principalmente alimentos de origen vegetal reduciendo así el consumo global de productos animales, especialmente los procedentes del ganado rumiante, puede mejorar la salud humana y reducir significativamente las emisiones de GEI.

En lo que llevamos de año, se han producido más de cien millones de nacimientos en todo el mundo. En el mismo período se han producido más de 42 millones de fallecimientos. Eso hará que, en un horizonte muy cercano, tan cercano como el año próximo, la población humana habrá alcanzado los 8.000 millones de personas. Producir suficientes alimentos para una población mundial que no deja de crecer es un desafío mundial urgente.

La producción de alimentos es uno de los mayores (y más desconocidos) contribuyentes al cambio climático, por lo que es de vital importancia medir con precisión las emisiones de gases de efecto invernadero del sector alimentario. En un estudio que acaba de publicarse, se pone de manifiesto que el sistema alimentario genera alrededor del 35% del total de las emisiones de GEI provocadas por el hombre.

Por sectores, la producción de alimentos de origen animal (carne, aves de corral y productos lácteos, incluidos los cultivos y los pastos destinados a alimentar al ganado) contribuye con el 57% de las emisiones vinculadas al sistema alimentario. Los cultivos vegetales para el consumo humano aportan el 29%. El 14% restante de las emisiones agrícolas provienen de productos que no se utilizan como alimento o pienso, como el algodón y el caucho.

Como he escrito en estas mismas páginas, es bien sabido que la producción de alimentos de origen animal genera más emisiones de gases de efecto invernadero que los alimentos de origen vegetal, por lo que el cambio hacia una dieta que se base más en los vegetales es una buena elección para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero y el cambio climático.

GEI emitidos por la producción de alimentos

En general, el sistema alimentario produce emisiones equivalentes a aproximadamente 17.300 millones de toneladas métricas de CO2/año. Esas emisiones originadas por la producción de alimentos de origen vegetal y animal tienen su origen en cuatro sectores principales (Figura).

Muchas actividades agropecuarias liberan dióxido de carbono (CO₂), metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O) a la atmósfera. Algunas almacenan carbono en plantas y suelo. Elaboración propia a partir de CRS.

El cambio de uso de la tierra (la tala de bosques para uso agropecuario, que reducen el almacenamiento de carbono por parte de los árboles y los suelos) representa el 29% de las emisiones totales de GEI debidas a la producción de alimentos. Otro 38% proviene de actividades de manejo de las tierras agrícolas, como arar los campos, lo que reduce el almacenamiento de carbono en el suelo, y tratar los cultivos con fertilizantes nitrogenados que aumentan las emisiones de óxidos nitrosos. Los agricultores también queman cantidades enormes de combustibles fósiles para hacer funcionar la maquinaria agrícola en unos campos completamente mecanizados.

La cría de ganado genera el 21% de las emisiones producidas por la producción de alimentos. Incluye el metano emitido por la digestión de los rumiantes, así como el metano y el óxido nitroso liberados por el estiércol del ganado. El informe de 2013 de la FAO afirma que la carne de vacuno contribuye con el 41% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de todo el sector ganadero, y también las emisiones más altas por unidad de proteína, en comparación a todos los otros productos animales. Esto se debe en gran medida a que los rumiantes eructan y lanzan ventosidades de metano, un gas de efecto invernadero extremadamente potente. Como resultado, la cría de ganado vacuno genera, en promedio, seis veces la contribución al calentamiento global que generan los animales no rumiantes (por ejemplo, los cerdos) para producir la misma cantidad de proteínas.

El 11% restante proviene de actividades que tienen lugar más allá de las puertas de la granja, como la minería, la fabricación y el transporte de fertilizantes y pesticidas, así como el uso de energía en el procesamiento de alimentos.

¿Qué alimentos generan más emisiones de gases de efecto invernadero?

Entre los alimentos de origen animal, la carne de vacuno es la que más contribuye al cambio climático. Genera el 25% de las emisiones totales de alimentos, seguida de la producida por la leche (8%) y la cría de cerdos (7%).

Entre los alimentos de origen vegetal, el arroz, que produce el 12% de las emisiones totales de GEI es el mayor contribuyente seguido del trigo (5%) y la caña de azúcar (2%). El enorme efecto del arroz se debe no al metabolismo de la propia planta, sino porque al poder cultivarse en agua con mejor rendimiento, muchos agricultores inundan sus campos creando así las condiciones ideales para ciertas bacterias que emiten metano.

Esto ayuda a explicar por qué el sur y el sudeste de Asia tienen las mayores emisiones (un 23% del total mundial) relacionadas con la producción de alimentos por región. Asia es la única “región” en la que las emisiones de origen vegetal son mayores que las emisiones de origen animal. América del Sur es el segundo mayor emisor con un 20% y tiene las mayores emisiones de alimentos de origen animal, lo que refleja el predominio de emisiones de origen ganadero en ese subcontinente.

Entre los países individuales, China, India e Indonesia tienen las emisiones más altas de la producción de alimentos vegetales; cada una de ellas contribuye con el 7%, 4% y 2%, respectivamente, de las emisiones globales de GEI relacionadas con los alimentos. Los países con mayores emisiones derivadas de la producción de alimentos de origen animal son China (8%), Brasil (6%), Estados Unidos (5%) e India (4%).

La producción de alimentos de origen animal consume seis veces más terreno que la producción de alimentos de origen vegetal. En todo el mundo, los seres humanos estamos utilizando 46,6 millones de km2 (4.600 millones de hectáreas; 92 veces el tamaño de España peninsular) de terreno para producir alimentos, aproximadamente el 31% de la superficie terrestre total de la Tierra, si se excluyen las áreas permanentemente cubiertas de nieve o hielo. De esa superficie, el 30% son tierras agrícolas y el 70% son varios tipos de tierras de pastoreo.

Analizando con mayor detalle cómo se gestionan esas áreas agropecuarias, el 13% de la tierra cultivada total se está utilizando para producir alimentos de origen vegetal. El 77% restante se utiliza para producir alimentos de origen animal, incluidas tierras de cultivo en las que se cultivan piensos y pastos para animales. El 10% restante se utiliza para cultivar otros productos, como algodón, caucho y tabaco.

Teniendo en cuenta esos resultados, los gobiernos, los investigadores y los consumidores pueden tomar medidas para reducir las emisiones de los productos alimenticios de alta emisión en diferentes lugares. Como han dicho los líderes de la ONU, hacer que la producción de alimentos sea más respetuosa con el clima es esencial para reducir el hambre en un mundo que se calienta.

Solo con el reconocimiento de la urgencia de enfrentar este desafío y la voluntad política de comprometer recursos para mitigar de forma integral tanto las emisiones de gases de efecto invernadero con y sin emisiones de CO2 se logrará un avance significativo en la mitigación del cambio climático. Para conseguir una respuesta efectiva y rápida, necesitamos aumentar la conciencia entre el público y los responsables políticos de que lo que elegimos comer tiene importantes consecuencias para el clima.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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