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Garzón tiene razón


Crispación, descalificaciones, mentiras, ruido, política agresiva y miope. Eso es lo que estamos viviendo en los últimos tiempos en nuestro país. La polémica abierta por el vídeo lanzado la semana pasada por el ministro de Consumo se ha convertido en un episodio más de un lamentable ambiente político en el que resulta casi imposible debatir con argumentos y mesura.

A pesar de que con sus declaraciones sobre la ingesta de carne el ministro Alberto Garzón cometió el error de lanzarse como protagonista único de una decisión de política medioambiental y de salud pública de mucho calado socioeconómico que debiera haber sido coordinada por el Gobierno que la lanzó el pasado mes de mayo en el documento Estrategia Nacional 2050, los argumentos de fondo son razonables y deberían ser objeto de un debate sosegado y constructivo, en lugar de haber quedado aplastados por embestidas que nada tienen que ver con el sentido común.

La cadena completa de producción del sistema alimentario genera entre el 21% y el 37% del total mundial de las emisiones de GEI. Se estima que más de un tercio de la superficie terrestre el 75% de los recursos de agua dulce están dedicados a la producción agrícola o ganadera, una de las principales del mundo y casi causas de la desertificación y pérdida de biodiversidad a escala global.

Las consecuencias las ha resumido Yuval Noah Harari en Sapiens. De animales a dioses, para demostrar que «realmente, la humanidad se ha apoderado del mundo». En la actualidad, la Tierra es el hogar de casi 8.000 millones de personas. Si se pusiera pesar toda esa gente, su masa alcanzaría unos 300 millones de toneladas. Si a continuación se pesaran todos nuestros animales domésticos (vacas, cerdos, ovejas y gallinas), su masa supondría del orden de 700 millones de toneladas. En contraste, la masa combinada de todos los grandes animales salvajes que sobreviven (desde colibríes a escarabajos, elefantes y ballenas) no llega a los 100 millones de toneladas.

Hace exactamente 40 años, científicos de cincuenta naciones se reunieron en la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima (Ginebra, 1979) y concluyeron que las tendencias alarmantes sobre el cambio climático hacían que fuera necesario actuar urgentemente. Más de once mil científicos de todo el mundo suscribieron el último informe sobre cambio climático, en el que se proclama una situación mundial de emergencia climática.

Entre los seis objetivos necesarios para mitigar la tendencia hacia el calentamiento global, el informe señala el imprescindible cambio de nuestros hábitos alimenticios. Consumir principalmente alimentos de origen vegetal reduciendo así el consumo global de productos animales, especialmente los procedentes del ganado rumiante, puede mejorar la salud humana y reducir significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Aunque la lucha contra el cambio climático inducido se ha centrado fundamentalmente en reducir el consumo de combustibles fósiles, los grandes recortes en las emisiones de CO2 no lo mitigarán por sí solos. En la actualidad, los GEI sin CO2 representan aproximadamente un tercio del total de emisiones antropogénicas equivalentes de CO2 (CO2eq).

Figura 1. Concentración mensual media de metano atmosférico medida en la red de puntos de muestreo en superficies marinas de todo el mundo. Las concentraciones aparecen en partes por billón (ppb), teniendo en cuenta que se usa el billón anglosajón (mil millones). Una ppb expresa que una de cada mil millones de moléculas en una muestra de aire es CH4. La línea roja y sus cuadrados son valores medios mensuales globales. La línea negra muestra la tendencia a largo plazo (media de 12 meses). Elaboración propia a partir de NOAA (2021)

El metano (CH4) es el GEI sin CO2 más abundante y sus concentraciones atmosféricas no dejan de crecer (Figura 1). Existen varias fuentes antropogénicas importantes de ese gas (Figura 2a). La ganadería de rumiantes es la mayor fuente de emisiones antropogénicas de CH4 y ocupa más superficie que cualquier otro uso del terreno a nivel mundial.

El sector ganadero es responsable de aproximadamente el 14,5% de todas las emisiones antropogénicas de GEI [7,1 de 49 gigatoneladas (Gt) de CO2eq al año]. Los rumiantes contribuyen significativamente más (5,7 Gt) a las emisiones de GEI que el ganado monogástrico (1,4 Gt). Las emisiones debidas al ganado bovino (4,6 Gt) son sustancialmente más altas que las de los búfalos (0,6 Gt) y las de ovejas y cabras (0,5 Gt). En conjunto, las emisiones mundiales de GEI atribuibles a la ganadería son algo mayores que las atribuidas al transporte (7 GT).

Este corto documental explica muy bien el papel que pueden jugar los rumiantes en la mitigación del cambio climático. Quienes dispongan de hora y media deberían ver este otro. Seguro que su visión sobre el “imbatible chuletón al punto” cambiará.

En España, cuya cabaña de rumiantes se acerca a los 22 millones de cabezas, las aportaciones de la ganadería a la producción de GEI son aproximadamente 22,3 Gt CO2eq/año, un 6,6% de nuestras emisiones totales (338,8 Gt). El dato es significativo si tenemos en cuenta que, gracias a la respiración (565 gramos por persona y día) los casi 47 millones de residentes en España emitimos unas 9,6 Gt de dióxido de carbono al año, menos de la mitad de las emisiones de nuestro ganado doméstico.

 

Figura 2. a, emisiones de gases de efecto invernadero y fuentes específicas (F1-F6); F1: Rumiantes; F2: Gas natural, petróleo, industria; F3: Vertederos; F4: Quema de biomasa; F5: Carbón; F6: Arrozales. b, censos mundiales de rumiantes de 1961 a 2011. Modificada partir de Ripple et al. 2014.

Aunque las políticas climáticas internacionales se centran en reducir las emisiones de combustibles fósiles, el sector pecuario ha estado generalmente exento de las políticas climáticas y se está haciendo muy poco para modificar los patrones de producción y consumo de productos cárnicos procedentes de rumiantes. La producción anual de carne en todo el mundo está creciendo rápidamente y se prevé que, si no hay cambios en las políticas, se duplique con creces, de 229 millones de toneladas en 2000 a 465 millones en 2050.

Cuando el análisis del ciclo de vida completo toma en consideración los efectos ambientales directos e indirectos desde la "granja a la mesa" lo que incluye la fermentación entérica, el estiércol, el forraje, los fertilizantes, el procesamiento, el transporte y el cambio en el uso de la tierra, la huella de GEI del consumo de carne de rumiante es, en promedio, 19-48 veces mayor que la de los alimentos ricos en proteínas obtenidos de las plantas (Figura 3). Las carnes de animales no rumiantes como las de cerdos y aves de corral (y los marinos) tienen una huella inferior de carbono equivalente, aunque todavía tengan un promedio de 3 a 10 veces mayor que los alimentos vegetales con alto contenido de proteínas. Los cerdos y las aves de corral también consumen alimentos que, de otro modo, consumirían los humanos.

Figura 3. Huella media de carbono equivalente de alimentos sólidos ricos en proteínas por kilogramo de producto. F1: Bovino extensivo; F2: Ovino; F3: Bovino en prados; F4: Bovino intensivo (estabulado); F5: Pesquerías; F6: Avicultura (carnes); F7: Avicultura (huevos); F8: Vegetales sustitutos de la carne (productos vegetales de alto contenido proteínico que tienen cualidades morfológicas y organolépticas semejantes a algunos tipos específicos de carne, y que se utilizan en dietas vegetarianas o veganas. Entre las más conocidas se encuentran el tempeh, el seitán, el tofu y otros derivados de la soja); F9: Legumbres. Modificada partir de Ripple et al. 2014.

Dado que el cambio del clima de la Tierra está cada vez más cerca de alcanzar puntos de inflexión importantes, la necesidad de actuar apremia cada vez más. El principal motor del calentamiento global es la acción humana, por lo que, creámoslo o no, el nivel de agravamiento siempre dependerá de nosotros. Podemos sentirnos intimidados por la dimensión del cambio climático, pero la responsabilidad es completamente nuestra.

Disminuir el aumento del cambio climático forzando rápidamente las reducciones de rumiantes y de CH4 disminuiría la probabilidad de cruzar irreversiblemente los puntos de inflexión hacia un nuevo estado climático. Reducir el número de rumiantes será una tarea difícil y compleja, tanto política como socialmente. Para conseguir una respuesta efectiva y rápida necesitamos aumentar la conciencia entre el público y los responsables políticos de que lo que elegimos comer tiene importantes consecuencias para el clima.

España es hoy el segundo país de Europa en mayor consumo de carne, con una ingesta de entre dos y hasta cinco veces más que lo recomendado por la OMS, según se consideren los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, de la FAO o de informes como los de Justicia Alimentaria o de Greenpeace, respectivamente, en todos los cuales se reconocen argumentos y razonamientos con unas palabras que no distan demasiado a las utilizadas esta semana por Garzón.

El problema del cambio climático puede parecer que sobrepasa la capacidad individual para marcar la diferencia. La reducción del impacto ambiental de la ganadería exigirá disminuciones en la ingesta de carne y lácteos. Está justificado, pues, abrir una reflexión para evitar excesos dañinos en el consumo (que no significa prohibición) y sobre la transición del sector ganadero hacia fórmulas cada vez más ecológicas, extensivas y saludables para nuestra salud y para el planeta.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.