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El fardo de Iglesias

El otro partido que el pasado día 28 de abril recibió un notable revés electoral fue Unidas Podemos. El resultado obtenido se puede calificar de severa derrota respecto al objetivo de convertirse en un elemento imprescindible para formar, con el PSOE, un gobierno de izquierdas, y se debe ver como una alarmante pérdida de apoyo popular respecto a las elecciones generales de 2016, pero no sólo respecto a ellas.

Los 3.733.000 votos, en números redondos, y los 42 diputados obtenidos, frente a los 5.087.000 votos y 71 escaños obtenidos con el aporte de las confluencias el 26/6/2016, revelan un retroceso del respaldo electoral que va del 21,15%, en 2016, al 14,31%, en 2019, y una pérdida aproximada de 1.300.000 votantes.

Si se tienen en cuenta la participación -el 75,75%, la más alta desde las elecciones de 2004, que dieron el triunfo al PSOE- y la vigencia del eje izquierda y derecha en estos comicios, aunque la polaridad estuviera dividida en varias izquierdas y tres derechas, y se compara el resultado de 2019 con el de las elecciones de diciembre de 2015, el retroceso es aún más dramático, pues a la pérdida de votos de 2019 respecto a 2016, hay que sumar los votos perdidos -1.062.000, en número redondos- en junio de 2016 respecto a las elecciones de diciembre de 2015, con lo que se obtiene una suma 2.362.000 votos. Pero no siendo esa una cifra despreciable, no es lo más importante que ha perdido Podemos en dos citas electorales trascendentales.

La primera, la del día 28 de abril, lo es por dos circunstancias: por la aparición de la extrema derecha como una opción política diferenciada de otras dos fuerzas de la derecha -PP y Cs-, también muy escoradas hacia el extremo, el terreno acotado por el discurso de Vox, por el que han competido.

La otra circunstancia era la posibilidad de salir de la etapa de interinidad, que, desde 2015 ha marcado la actividad institucional del país. La salida del bucle de gobiernos breves e inestables con un gobierno de tres derechas aliadas o con un gobierno de izquierdas, en coalición o con apoyo parlamentario, ha inclinado a muchos votantes de izquierda al pragmatismo y al cálculo y, por ende, a confiar en el voto útil, lo cual ha perjudicado a Podemos. Y vamos con las elecciones de 2015.

Podemos llegó a las elecciones de diciembre de 2015 en triunfo. Fundado en enero de 2014, había dado la sorpresa obteniendo 5 escaños en las elecciones europeas de mayo de ese año y, gracias a varias alianzas locales y regionales, obtuvo buen resultado en las elecciones municipales y autonómicas de 2015. Venía, además, respaldado por la masiva movilización ciudadana contra los efectos de la crisis financiera y los recortes del gobierno de Rajoy para hacer frente, en teoría, a la gran recesión.

Sirvan unas cifras para ilustrar aquella oleada de protestas: en 2008, año en que estalló la burbuja inmobiliaria, se dieron en España (en números redondos) 16.000 manifestaciones y actos de protesta, en 2009 fueron 24.000, 22.000 en 2010, 21.000 en 2011, 44.000 en 2012, 43.000 en 2013 y 37.000 en 2014. Además de tres huelgas generales a escala nacional y varias más a escala local y regional.

La gravedad de la crisis económica hizo emerger nuevos movimientos sociales, coloreadas mareas, asociaciones de afectados, plataformas, marchas, etc, y finalmente el 15-M-2011, como expresión concentrada de todo ello y como crítica política e ideológica a la crisis del régimen, que abarcaba desde los partidos políticos (corruptos y no corruptos), a la Casa Real (caso Noos), la judicatura, órganos de control y agencias gubernamentales, asociaciones patronales, y, en general, a quienes habían dirigido el país hasta entonces; “la casta”, como la calificó Podemos.

En este clima de indignación contra un sistema económico que había alentado la burbuja financiera y unas instituciones de control que no supieron o quisieron ejercer correctamente sus funciones vigilando la deriva de la banca, a la que hubo que rescatar con 66.000 millones de euros, detraídos de gasto social, y contra un gobierno anegado por la corrupción, que impuso despidos laborales a millones, rebajas de salarios y pensiones mientras sus miembros se subían el sueldo y altos cargos del Partido recibían gratificaciones en dinero negro, surgieron varios intentos de remozar las tradicionales fuerzas de la izquierda y de fundar otros partidos.

Además de Izquierda Abierta y Democracia Real Ya, en 2014, se presentaron varias agrupaciones electorales locales y regionales (Guanyem Barcelona o Ganemos Madrid y otras similares en Málaga, Murcia, Logroño, Galicia, etc). Pero fue, finalmente, Podemos la organización de más entidad y la que devino en el núcleo más representativo de la disidencia política y de la indignación ciudadana, y con este apoyo se presentó a las elecciones generales, en diciembre de 2015.

Podemos obtuvo 42 escaños, En Comú-Podem 12, Compromís-Podemos 9, En Marea-Podemos 6, IU-UPC 2 escaños. En conjunto, 6.113.000 votos y 71 escaños, pero el resultado, con ser bueno para un partido con apenas dos años de existencia, no fue el esperado por las desmesuradas expectativas que albergaban sus dirigentes, que aspiraban a sobrepasar al PSOE y a hacerse con la hegemonía de la izquierda.

No pudo ser y, a partir de ahí, en una mezcla de errores tácticos y pérdida de visión estratégica, combinadas con prisa y excesiva ambición por llegar al Gobierno, el desencuentro con el PSOE condujo a unas elecciones anticipadas en junio de 2016, en las que perdió más de un millón de votos, y a que, como resultado ellas y al sectarismo de su principal dirigente, Podemos permitiera que siguiera gobernando el agotado equipo de Rajoy.

La frustración entre sus seguidores fue enorme, pero, en vez de corregir el rumbo y desplazar al máximo responsable de la operación, la asamblea de Vista Alegre II ratificó el aparente triunfo del gran estratega y marginó a los críticos. Fue un cierre en falso, como después se ha visto con las divisiones y abandonos sufridos y, sobre todo, con lo que podría llamarse la fisión del núcleo irradiador, escindido pero no para generar más energía.

Ese es el fardo que Iglesias arrastra como un penitente, desde la primavera de 2016; un fardo que recuerda el ataúd que arrastraba el primer “Django” del cine (Franco Nero) en la película homónima, no el “Django desencadenado” del temible Tarantino. Fardo del que Iglesias (no Franco Nero) podría liberarse, y así lo deberían reclaman sus deudos, dimitiendo como máximo dirigente de Unidas-Podemos y máximo responsable del desastre. Aunque quizá espere para hacerlo a conocer el resultado de los comicios de mayo.

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).