Alto al maltrato
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
La arrancada de este nuevo año permite proponerse metas dignas de ser alcanzadas. En la esfera de nuestra vida social, una meta ineludible ha de ser la victoria en el combate contra el maltrato. No podemos seguir limitándonos a contar asesinatos de mujeres y a comprobar que suele resultar inútil todo o casi todo de cuanto se intenta y se hace para arrinconarlo. Porque la tragedia se perpetúa ominosamente en el tiempo y en el espacio. Y no por falta de emprendimientos políticos, institucionales y personales para atajar tan inhumana lacra.
Desde luego, se han conseguido importantes logros en el sistema de denuncia, alerta y seguimiento. También en la esfera de la vida pública se ha logrado obtener la execración social y la condena moral de los maltratadores –ya casi nadie se atreve a alardear de golpear a su compañera en cualquier espacio público, como sucedía hasta hace bien poco- amén de algunas -demasiado escasas- condenas judiciales al respecto. Mas lo evidente es que los resultados del combate contra esa pesadilla son aún magros. Surgen pues las siguientes preguntas: ¿qué se ha hecho mal? ¿Qué es lo que no se ha hecho? o bien ¿qué es lo que falta por hacer en la lucha contra el maltrato?
El asunto es de una complejidad extraordinaria. Muchas, quizá la mayoría de las líneas de tratamiento sobre el maltrato han acostumbrado abordarlo desde perspectivas ceñidas a la comprobación de los efectos que esa práctica reiterada acarrea. Pero, siendo necesario ese tipo de tratamiento, no se revela como suficiente pues no parece ahondar en sus causas. El gran público desconoce qué tipo de investigaciones psicosociales se han desplegado sobre los individuos que maltratan. ¿Sabe alguien a ciencia cierta qué es lo que atraviesa la mente de cada uno de ellos cuando deciden asesinar, qué móviles persiguen, qué factores desencadenan su criminal conducta, dónde cabe hallar el origen de su comportamiento asesino, con qué tipo de elementos interactúan, en qué medida el alcoholismo se relaciona con el maltrato?...
Años atrás, en un congreso celebrado en Madrid sobre el maltrato, tras estudiar el tema con los parámetros vigentes entonces, expuse una hipótesis que creía y aún creo que puede coadyuvar a esclarecer, siquiera un ápice, parte de las concausas que determinan el maltrato contra las mujeres. Mi propuesta no inhibía, ni mucho menos, otro tipo de explicación causal a tan extenso y letal fenómeno. Era tan solo una contribución limitada, ceñida a un espectro explicativo muy reducido, en el peor de los casos, inútil, y en el mejor de los casos, complementaria, quizá, de explicaciones ya conocidas- algunas cuestionables- aunque siempre dentro de un contexto patriarcal; como, por ejemplo, las vinculadas a una virilidad aniquiladora signada, señaladamente, por una sed de poder puesta presumiblemente en cuestión; a la irresponsabilidad ante los deberes familiares; a una idea patrimonial-propietaria de la figura de la mujer; al desamor; a un déficit de relaciones sexuales y su correlato en términos de débito; a una imposible co-evolución de pareja; a la sospecha de infidelidad; a los celos patológicos y a muchas otras ya conocidas.
En mi hipótesis, para establecer un posible hilo conductor entre los comportamientos criminales, me remontaba a la infancia del hombre, durante la cual el nexo materno-filial es, o suele ser, generalmente tan prieto como para que se establezca una relación de dependencia unívoca por parte del hijo hacia la madre. Surge entonces una suerte de sacralización filial de la figura materna como dadora de la vida, que la eleva a una peana afectivo-emocional entonces invulnerable, sin atisbo posible de erosión dada su consistencia.
Como se sabe, en la adolescencia, el progreso mental, emocional y psíquico del joven hacia la madurez vital va a requerir el corte simbólico del cordón umbilical que une al hijo a la madre. Mediante un muy complejo proceso, si el corte como tal se consuma surgirá como colofón una emancipación simbólica. El adolescente, entonces, se libera de tal citada dependencia y, provisto ya de libertad, recualifica su amor a la madre, en particular y a la mujer, en general. Su amor, entonces, madura, se fortifica, se despeja. Deja de ser dependiente y se hace plenamente viable. Tal amor se hace así posible pues la falta de libertad, toda carencia de este bien, lo imposibilita. Y lo hace, ya en una clave emancipada, desprovista de ataduras dependientes.
Sin embargo, en algunos casos, ese proceso emancipatorio, de rotura simbólica del nexo dependiente, no se consuma sino que se frustra y la dependencia se prolonga entonces indefinidamente. Es en esos casos, si además concurren determinadas deficiencias psíquicas de gravedad en el adolescente no emancipado, en los que va a surgir y a erguirse en él una imagen pétreamente mitificada de la figura materna sobre la base de atribuirle la dación de la vida, patológicamente entendida como un bien preciado, provisto de un precio que habrá de abonársele. Y por una mecanización del dispositivo mental subyacente, se establecerá una sensación de deuda –schuld, en lengua alemana es deuda y también culpa- que perseguirá al individuo en cuestión y le abocará a idear la satisfacción, imposible, de tal deuda. La certeza de la imposibilidad de satisfacer, culposamente ya, tal deuda y de pagar tal precio –porque la vida es un don, desprovisto de precio o estipendio tangible alguno- puede generar en el individuo dependiente y estigmatizado por dolencias psicóticas, paranoides o esquizoides, una obsesión que, a su vez puede mutar hasta convertir a la madre en particular y a la mujer en general, en un acreedor perpetuo, al que no resultaría posible satisfacer la deuda que supuestamente exigiría. En los casos más graves, se desata un delirio persecutorio que puede concluir en la aniquilación del acreedor, en este caso, la madre o, por derivación, la mujer, pareja, compañera o esposa.
Una línea derivada de esta hipótesis lleva a considerar otra teoría complementable, según la cual, en ocasiones, por mera ignorancia de un proceso tan complejo, puede haber madres que entorpezcan, no faciliten o no allanen el camino para que se consume el proceso filial emancipatorio; en tal caso, haría acto de presencia, entre otros motivos, una concepción patrimonial del hijo, sin percatarse de los efectos que la frustración de ese proceso puede llegar a acarrear, aunque en la mayor parte de las ocasiones, la perpetuación de la dependencia filial deviene en trayectorias vitales signadas por una infelicidad que cursa en clave dolorosa más no trágica.
Con todo, admitiendo que la materia aquí tratada es siempre opinable, si los investigadores psicosociales descartan, como puede ser muy posible, estas hipótesis rogaría que nos brinden más información pública sobre los progresos evidentes alcanzados en sus indagaciones, a cuyo acceso tenemos derecho l@s ciudadan@s alarmados por la siniestra ristra de asesinatos contra mujeres cuya erradicación completa tan vivamente anhelamos.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.