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ETA y el largo camino por recorrer


Se ha cumplido una década del final de la organización terrorista vasca. Visto hoy, parece mentira que un sector tan rancio del nacionalismo vasco engendrara una organización armada que asesinó 864 personas, que hirió a miles y que llevó al sufrimiento a una buena parte de la ciudadanía vasca y española durante cincuenta años. Provocó, además, un desgarro de la sociedad vasca que hoy sólo se ha superado de forma aparente. Una normalidad que no es tal.

Serán necesarias muchas más décadas, muchos más gestos y bastantes más arrepentimientos para que esto sea posible. El primer paso era acabar con la violencia, con los asesinatos y con su miserable justificación, pero para reponerse de estas heridas, de la gran cantidad de surcos en la piel creados de manera tan intensa y durante tanto tiempo se requiere que los verdugos reconozcan a las víctimas y, especialmente, que la sociedad que reaccionó al fenómeno con tibieza cuando no miró ostentosamente hacia otro lado acepte también su equivocación. Si la inmensa herida no se drena convenientemente, difícilmente se desplegará una sociedad sana, plenamente democrática.

El terrorismo vasco nació de las veleidades emancipatorias de la década de los sesenta, producto de lecturas mal digeridas sobre las bondades de la violencia revolucionaria que cultivó una izquierda imbuida de planteamientos anticoloniales que en la Europa Occidental estaban fuera de lugar y resultaban patéticos. Tenían al amparo de las sacristías y pretendían justificar su opción por la existencia de la dictadura franquista, lo que les reportó simpatías y a veces complicidades de una cierta cultura de izquierdas española y catalana. Una barbaridad que se pagaría muy cara, pues serviría de coartada y justificación de unas acciones armadas que, no lo olvidemos, se produjeron de manera muy dominante y abrumadora ya en tiempos de democracia, precisamente para hacer entrar en crisis este régimen. No hay estrategia armada que sea más justa ni aceptable, pero cuando se optó por lo que se llamó "socializar el sufrimiento" se dio un paso especialmente profundo y miserable.

Todo el mundo podía ser víctima y se trataba, justamente, de generar el mayor sufrimiento posible creyendo que así se lograría derrotar el Estado. Difícil olvidar Hipercor, el atentado del cuartel de Vic, Miguel Ángel Blanco o bien el significado especialmente doloroso y cínico de acabar con la vida de Ernest Lluch. Tras el retrato novelado de todo ello por Fernando Aramburu con la magnífica y sobrecogedora Patria, pocas cosas se pueden añadir a lo que significó todo ello en una sociedad que quedaría marcada y condicionada para siempre.

El reduccionismo pueril, las miserias y maldades sobre las que se asienta la estrategia terrorista de ETA y el mundo abertzale, la pobreza mental del discurso identitario y el absoluto desprecio por los valores de respeto e inclusión que deberían ser inherentes al mismo concepto de sociedad. El mal ni empieza ni termina en aquellos que han utilizado las armas. Va mucho más allá y abarca aquella parte de la política que construye el discurso y la estrategia basada en el terror, la angustia y la práctica de la violencia. Después de todo, ETA no era más que el brazo armado de una estructura política que pretende ahora que esto no iba con ellos, que sólo eran espectadores o, como mucho, intermediarios.

Tiene que ver, también, con aquella parte de la sociedad que justificaba en nombre de quién sabe qué idea de país el hecho de que, como decía el cínico Xabier Arzalluz, es necesario que algunos muevan el árbol para que los demás puedan recoger los frutos. La versión profundizada de la autonomía vasca descansa sobre este principio. El concepto de "rentabilidad" política del terrorismo ha hecho mucho daño en Euskadi y por extensión a toda España.

Por suerte, las copias que se hicieron fuera de allí quedaron sólo en intentos torpes. Demasiada gente, fuera por miedo o por comodidad, no estuvieron a lado de todos aquellos que tuvieron que convivir con el terror y que pudieron sobrevivir en un simulacro de libertad recluidos en la protección policial y debiendo mirar los bajos de su coche cada mañana. Miedo de morir y al mismo tiempo el desconcierto de tener que soportar el abandono y el ostracismo de gran parte de sus conciudadanos. Superar esto requiere de mucho tiempo además de la voluntad de no olvidarlo.

Sustanciar y hacer reencontrar de nuevo toda la sociedad requiere que los culpables, todos ellos, reconozcan el error mirando los ojos de las muchas víctimas. La sociedad actual vasca parece haber bajado el telón del olvido sobre el tema. Los jóvenes actuales cuando son preguntados al respecto no saben casi de que se les habla. Impera la desmemoria. No parece ésta la mejor cura para conseguir que no se repita. Nunca más.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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