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EL PERIÓDICO
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Últimos cartuchos


Si un avezado -y no fatuo- comentarista político se dejara llevar por su intuición y su olfato, con certeza reflexionaría sobre una coyuntura política española aún sin superar. En ella vería tres pies al gato en la situación protagonizada por las compañías eléctricas y su pulso contra el Gobierno. Sin duda, él comprobaría que, al haber fracasado en distintos escenarios otros poderes, algunos de ellos fácticos, en la tarea de acoso y derribo del Ejecutivo, -esto es, del primer Gabinete de coalición de izquierdas en la reciente historia de España- el potente poder fáctico de las eléctricas y nucleares hubiera tomado el relevo, un último cartucho, en la ofensiva hasta ahora fracasada.

Como los otros poderes no han logrado derribarlo -pensaría- ni en la arena parlamentaria, ni en la jurídica, ni en la de la confrontación entre los partidos, ni desde el secesionismo, ni desde los medios que distorsionan la con soflamas la opinión pública, todos ellos tiran ahora de los faldones de un otrora imponente poder económico: el eléctrico, el que más inversiones estatales acaparó durante décadas, muy vinculado a los antedichos poderes fracasados. Y lo hacen para ver si suena la flauta y se consuma así su artero y compartido propósito antidemocrático. Lo harían por la vía de la erosión “a nivel de calle”, con una inmoral política de precios de la factura eléctrica, con la que conseguir la fractura política inalcanzada. Vamos, y salvando las distancias, algo parecido a lo que se hizo en su día contra el presidente socialista chileno Salvador Allende, al que los dueños de las empresas de transporte coadyuvaron a derrocar mediante la parálisis del tráfico en el longitudinal país de Chile, 3.300 kilómetros de carretera, la Panamericana 5, paralela a la cordillera andina.

Nuestro analista político repararía, tal vez, en la simultaneidad de lo antes descrito con el rasgado de vestiduras de quienes ahora ven en peligro la Corona y lo atribuyen a hostigamientos ajenos. Seguro que nuestro comentarista llegaba a la conclusión de que los monárquicos más plañideros, esto es, los que más daño hacen a la institución centenaria por su falta de sentido autocrítico y por su peligrosa adulación perpetua, olvidan que el desprestigio de su anterior titular fue cosa suya, propia. El Gobierno, por su parte, se encarga de reiterar a diario que el deterioro no resulta extensible a su sucesor. La caterva de aduladores ignora u olvida que el emérito no solo tuvo siempre resuelta su vida y la de sus allegados, sino también, que gozó durante cuarenta años del afecto de gran parte del pueblo hasta que se descubrieron sus actividades, como poco, alegales y amorales, cosa que, según parece, apenas importa nada a aquellos oficiosos monárquicos.

Nuestro comentarista consideraría que han quedado exhaustos, que no derrotados del todo, los exponentes de un subgénero de Periodismo, el vocinglero, ese que se caracteriza por su irresponsabilidad social y su desnortamiento ideológico. También comprobaría que en pareja situación han quedado los exponentes de la Justicia corporativa, retrepados en sus órganos directivos, blindados de manera altanera, prevaricadora y antidemocrática en contra de la Constitución. Cabe recordar que el denominado poder judicial es, propiamente, un poder del Estado, no patrimonio de toga alguna, sino que pertenece y se debe a la sociedad, no a las puñetas de ganchillo que exhiben. Y que la sociedad española, que es soberana, se ve representada en el Parlamento de la Nación a quien compete codecidir su composición.

Por su parte, nuestro observador entendería que la derecha-extrema-derecha muestra reiteradamente la incapacidad de sus líderes a la hora de proponer una sola y mínima propuesta sensata, mientras ha amargado las vidas de millones de españ[email protected] [email protected] de gravedad precisamente en pleno pico mortífero de una pandemia tan inédita como asesina, instando incluso entonces a pronunciamientos militares. Ahora, cuando olfatean un poco del poder perdido o derrochado, comienzan las dentelladas entre [email protected]

Sombras fracasadas

En la nómina de los poderes fracasados, cree nuestro analista, figura asimismo parte de la gran empresa que sabe que va a perder la batalla que libra para impedir que suba el salario mínimo, reivindicación que clama al cielo y los sindicatos la hacen valer. Forman en las mismas filas de aquella nómina los autores de esos informes del Banco de España tan condescendientes con el mundo del capital financiero de casino y tan lesivos para el mundo del trabajo como para parecerle que procedieran de un banco de la anti-España. Algunos de los magnates y grandes constructores, en víspera de la presumible postración de los precios en el sector inmobiliario, atacan como pueden, es decir, mal, con la esperanza en que el ladrillo vuelva al podium de una economía estragada y esquilmada por su propia avaricia. Hablando de pódium, se pregunta nuestro comentarista por cuánto tiempo va a tardar el Tribunal de Cuentas en poner la lupa sobre el inquietante mundo del Deporte.

Cuando algún representante empresarial se atreve valientemente a no atacar al Gobierno a propósito, por ejemplo, de la templada manera gubernamental de encarar el problema catalán, la caverna retrógrada se echa encima del supuesto réprobo y le acosa por doquier como pudo sufrir en sus carnes el señor Garamendi, que, quizá para hacerse erdodar por sus pares se mostró luego extremadamente duro en otros rubros como la negociación con los sindicatos. No se vislumbra, entre la patronal, crítica alguna a las grandes empresas eléctricas que coartan la vida empresarial con sus políticas y precios fuera de control…

Recapacita nuestro cronista que al coro del fracaso ideopolítico se ha apuntado, también, un exiguo sector de la jerarquía episcopal, con mano aún en un reciente manifiesto redactado, por fortuna, también por otras manos, más sensatas; pese a lo cual, en los considerandos con alcance político, el exiguo sector que lo escribió sigue obcecadamente tomando distancia de los intereses mayoritarios de los españoles: y, en vez de movilizar su poder arbitral y el ascendiente moral que se le atribuye, para mitigar con tal ascendiente y poder el sufrimiento de la gente generado por la pandemia, en sintonía aparente con los chiquilicuatres de las banderitas en la muñeca y los cocos huecos, se enroca en un ataque frontal al Gobierno en una supuesta primogenitura en la gestión del Derecho Natural, atizando de paso el horno de la animadversión.

Decisiones

Pero no; nuestro avezado comentarista político reprime su hipercriticismo y opta por la sensatez de un verbo ajustado, sustantivo, apenas adjetivo. Recuerda lo aprendido cuando comenzaba a estudiar Periodismo: “el periodista debe ser avaro en adjetivar y pródigo en sustantivar”. Prefiere pensar en que la mayoría de las mujeres españolas, la mitad de la población del país, sabe que nunca ha habido tanta energía y decisión, gubernamentales, a la hora de idear y aplicar medidas concretas para la defensa de una igualdad jurídica, salarial y social de mujeres y hombres como la que impregna buena parte de las medidas que, hasta ahora, se adoptan. Prefiere asimismo apreciar que no ha fallado en momento alguno la red de suministros durante la pandemia. Que los plazos de vacunación se van cumpliendo. Que se pugna dentro del Ejecutivo –al que le compete también la defensa de los intereses de las compañías privadas, bien que alzaprimando los intereses públicos- por elevar el salario mínimo interprofesional ya anunciado. Entiende que desde La Moncloa se va sorteando poco a poco la crisis planteada por el secesionismo, pese a que en esta lucha, en la que le cabe ver aplicar sensatez negociadora basada en la razón, el Gobierno no cuente con jueces ni políticos de la oposición ni prebostes empresariales, ni magnates de las eléctricas, empeñados tan solo en conseguir que el Gobierno descarrile al precio que sea, con el daño estatal que España percibiría si ese artero propósito se consuma.

Repara el comentarista en los añorantes y golosos ojos de quienes, de entre ellos, soñaron con gestionar unos fondos europeos que, por la incompetencia y corrupción de tantos líderes de la derecha, por un mero sentido del decoro estatal de España, se les alejó de su administración y se dio paso a un Gobierno coaligado de la izquierda. Eso sí, frágil pero potente. Admite que la posición internacional de España ha registrado importantes inyecciones de prestigio por parte de Úrsula von der Leyden y del presidente Joe Biden a propósito de la eficaz retirada española de Afganistán y que ha sido capaz de hacer retroceder al esquinado monarca alauí que protagonizó una artera operación fallida, con miles de niños engatusados en la frontera ceutí con la zarandaja de que allí se aprestaba a jugar un partido de fútbol Leonel Messi.

Conoce nuestro comentador que se va a poner coto a las inmatriculaciones alegales que afluyeron durante siglos sobre la jerarquía eclesiástica. Saluda la cerrada defensa oficial de las minorías y valora la conciencia observada al respecto en las fuerzas policiales estatales y locales. Celebra los compromisos para hacer aflorar el esplendor oculto en la España vaciada. Festeja que la Formación Profesional haya recibido el impulso del que nunca hasta ahora gozó. Sabe, además, que se baraja como factible en un futuro la renta básica que acabaría con la pobreza y acotaría la mendicidad…

Pero sabe asimismo nuestro sensato cronista que la otra parte de estas decisiones gubernamentales, alejadas del acierto, muestra salpicaduras, errores de cálculo y, claro está, fallos importantes, en medio del fuego graneado con el que una oposición, que parece no mostrar cabeza, incendia a diario los informativos y desestabiliza emocionalmente a miles de ciudadanos hartos de escuchar sandeces inflamadas de rencor. La justa, necesaria e ineludible crítica que corresponde ejercer a la oposición en toda democracia ha sido tristemente reemplazada por un absurdo griterío sin salida, que no conduce a ninguna parte y que erosiona la cohesión social necesaria para encarar los tiempos adversos que a [email protected] nos amenazan.

Una derecha democrática, crítica, sensata y cabal sería un activo muy importante en la política española. Pero sus actuales líderes parecen haber renunciado a ello. Cuanto más tiempo tarden en conseguir un sensato criticismo, más margen dejarán al error, al fallo o, incluso, la impostura a la que todo poder desprovisto de controles críticos fundados suele verse encaminado por esas implacables leyes de la política que rigen su ejercicio. En los Gobiernos de coalición, tan inéditos y tan necesarios en nuestro país, la armonía interior entre sus distintos vectores exige evitar los escoramientos, si bien en las coaliciones de izquierda, como es el caso, el sesgo habrá de configurarse cabalmente en torno a políticas de izquierda; eso sí, respetuosas hacia las otras opciones y receptivas a las críticas fundadas que le lleguen de una -hoy inexistente- cabal oposición.

 

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.