Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Fuego


Hemos vivido atemorizados este verano ante la posibilidad de que se puedan producir grandes incendios forestales. Calor, niveles de humedad, sequedad larga y extrema se combinan con bosques densos e hiperpoblados donde se acumula la biomasa: se dan las condiciones de tormenta perfecta para que se produzca algún desastre ecológico.

Cuando se nos queman bosques a gran escala, cuando se dan fenómenos de fuego incontrolado no es sólo que se provoca un daño inmenso a los recursos naturales y se ponen en peligro bienes e incluso vidas humanas. Nos sentimos vulnerables y a merced de fuerzas que nos sobrepasan. Resulta inquietante. Como país mediterráneo sabemos que somos propensos a los incendios, tradicionalmente el clima nos ha predispuesto a ello. Ahora, sin embargo, ya no es sólo una cuestión de memoria sobre aquellos grandes incendios que rememoramos o que alguien con más años o memoria nos recuerda. La mitad del Mediterráneo quema este verano: Grecia, Turquía, Italia... Pero también muchos otros lugares. El fuego está devastando California o carboniza millones de hectáreas en lugares tan inverosímiles como Siberia. Sensación de descontrol y desorden, de que lo que estamos viviendo no es anecdótico, no es sólo un mal año, sino que tiene que ver con una lógica ascendente que se relaciona con un cambio climático que se ha acelerado y que ha dejado de ser un concepto para convertirse en una evidencia. Problema de excesos: después del temor a los incendios, llega el horror ante las inundaciones.

De hecho, la profusión de incendios forestales ligados a menor pluviosidad y a olas de calor inusitadas es tan sólo una muestra de la mayor agresividad de la naturaleza en los últimos tiempos. La tierra está dejando de ser un lugar amable y mostrando cada vez más una crudeza que antaño estaba reservada a determinados lugares ya poco habitados o bien como expresión muy puntual de comportamientos desbocados. Cada vez más los fenómenos climáticos extremos se van convirtiendo en normalidad. Hace menos de un mes que hemos visto unos trágicos y brutales aguaceros en una Alemania que lo ha vivido de manera perpleja, como también en el norte de Italia. Los huracanes y las grandes tormentas tropicales que antes sólo se daban muy de vez en cuando en la zona del Caribe, ahora se suceden hasta el punto de haber agotado los nombres para singularizar la fotografía. El deshielo en las zonas del círculo polar Ártico avanza mucho más rápidamente de lo previsto y los lugares con nieves perpetuas ya se han convertido en rarezas casi inencontrables.

Nuestra civilización tiene una capacidad desmedida e incontrolada para modificar la biosfera. Desde la revolución industrial que comenzó hace dos siglos y medio, se ha producido una actitud depredadora y destructiva respeto al medio natural que no ha hecho sino irse acelerando hasta hoy. Se entró en la era del Antropoceno. Dejamos de convivir y aprovechar de manera respetuosa las inmensas posibilidades que nos ofrecía la tierra, para intentar dominarla, subyugarla y explotarla desaforadamente aprovechando los instrumentos tecnológicos. Crecimiento y presión demográfica, conurbaciones inmensas, expoliación de recursos naturales, contaminación de aguas y de la atmósfera, montañas de residuos, agotamiento de recursos... Un modelo de producción y de consumo irracional, destructivo, que nos lleva al paroxismo ya comportamientos sin mucho sentido. Sistemas de distribución tan desiguales y tan poco equitativos que hacen que conviva el despilfarro y la riqueza insultante de unos y la pobreza y falta de todo de otros. No hay que hacer grandes viajes para ver el contraste, a veces basta con cambiar de calle o de barrio.

Las Naciones Unidas acaba de hacer público un informe sobre el cambio climático y sobre los daños probablemente ya irreparables que hemos infringido el planeta y sobre la necesidad de que los gobiernos prioricen el actuar para paliar los efectos tan devastadores que tiene nuestro modelo económico vigente en las últimas centurias. Probablemente, el impacto de los datos y las evidencias del mal harán que se implanten algunas políticas de disminución de la emisión de gases de efecto invernadero. Pequeños parches y declaraciones de buenas intenciones. El problema es más de fondo y no nos lo resolverán ni pequeñas muestras de autocontención ni el recurso a la tecnología por más verde que ésta sea. Especialmente en Occidente, nos hemos acostumbrado a nadar en la abundancia y difícilmente renunciaremos a los comportamientos y hábitos que nos han traído hasta aquí. Posiblemente continuaremos viviendo en la inconsciencia. La condición humana lleva incorporada también la pulsión autodestructiva.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR