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EL PERIÓDICO
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Carta a los dueños del capital


Señoras y señores: me dirijo a Ustedes desde la mayoría trabajadora-contribuyente-ciudadana. Esta mayoría es la que saca adelante cada día la realidad plural que llamamos España. Y lo hace con trabajo de décadas, impuestos que paga religiosamente al Estado y con mucha resiliencia, esto es, capacidad para afrontar la adversidad en todas sus manifestaciones, como la actual pandemia. Pertenezco pues a la espina dorsal de nuestro país. Como Ustedes desempeñan importantes funciones en el mismo escenario, aunque de otro tipo bien distinto a través de los beneficios que detraen de nuestros salarios, creo que son los interlocutores indicados a los que debo dirigirme.

Lo haré con plena sinceridad. Mi carta obedece a una preocupación grave: creo que un sector influyente de entre Ustedes los dueños del capital, concretamente el sector del capitalismo improductivo y especulador financiero, no solo ha perdido interés por el sistema democrático sino que parece dispuesto a dañarlo gravemente. Incluso a prescindir de él. Parece haber olvidado lo mucho que nos costó arrancarlo a la dictadura. No se explica, si no, el apoyo financiero que ese sector ha brindado, y tal vez brinda hoy, a las campañas electorales y a la financiación encubierta de las formaciones políticas más antidemocráticas de la escena, como las pesquisas policiales y distintas sentencias judiciales han puesto de manifiesto. Ha ido corrompiéndolas con sus dineros a cambio de prebendas y contratas pactadas, previa financiación de sus campañas electorales y actividades partidarias, desde el comienzo mismo de la vida democrática. Claro que, los corrompidos se dejaban corromper. Incluso, promovían ellos la iniciativa de su propia corrupción. Juego sucio. Muy sucio.

Si se tratara de una fracción capitalista cualesquiera, no importaría demasiado; Ustedes muestran, siempre, una evidente fragmentación interior. Muchos de los suyos pugnan por alzarse a la cima y se propician furiosas dentelladas. El problema, creo, es que esa fracción del capitalismo financiero improductivo a la que me refiero, la más sucia, es precisamente hegemónica hoy entre Ustedes; es la cómitre que golpea el tambor en la galera a cuyo son y ritmo, casi todos Ustedes, reman ahora. A un lado quedó el capitalista industrial o comercial serio y cabal, que generaba empleo, dialogaba con los sindicatos, retribuía de manera no escandalosa a sus trabajadores y garantizaba unos derechos laborales puertas adentro de los centros de trabajo. Y su empresa funcionaba. Contribuía así a crear riqueza procedente, no lo olvidemos, de nuestros brazos y nuestras mentes.

Por el contrario ahora, quienes parecen mandar en ese mundo del capital en su conjunto son supuestos ejecutivos de foulard de colores brillantes, chaqueta entallada, corbatita y pantalones ceñidos; desconocen lo que son los derechos laborales de los trabajadores y la ética empresarial. Se trata de tipos frívolos, carentes de profesionalidad empresarial, de escrúpulos y de cultura alguna, incapaces de crear empleo y de retribuirlo; meros especuladores que alardean de ser considerados tiburones. Creen que la Economía es un casino donde solo importa ganar dinero a costa de lo que sea, incluido el sufrimiento de miles de familias a las que sus desalmados y caprichosos juegos bursátiles pueden dejar en la calle en apenas unos minutos. ¡Ah! y se justifican diciendo que son “meros gestores” de capitales ajenos.

A lo largo de los cuarenta años de democracia, Ustedes, los dueños del capital, han campado a sus anchas. Nosotros, trabajadores-contribuyentes-vecinos, nos limitamos a conseguir avances políticos –no logramos mantener la relación de fuerzas que propició la Constitución de 1978- y transigimos en que la Economía quedara en manos de Ustedes. Apenas se les ha molestado. Incluso pidieron con fervor a un Gobierno de izquierda que facilitara desplazar de la cúspide del capital a un parvenu como aquel jerezano de la abejita zumbona, que cometió el error de jugar a convertirse en banquero cuando Ustedes le tildaban de ser un “simple bodeguero”.

En todos estos años, algunos de entre Ustedes han consentido ver devaluado el serio esfuerzo de profesionales responsables, aquellos que creaban empleo, asumían riesgos y hacían apuestas propias lejos de las tentadoras y siempre prestas subvenciones estatales. Por contra, los actuales representantes del capitalismos especulador e improductivo, han convertido la arena económica española en un auténtico salón de juego, con la mirada puesta en paraísos fiscales y un desprecio absoluto hacia los trabajadores y sus derechos. Eso sí, con muchas de las palancas del Estado a su servicio, Estado al que intentan chantajear amenazando con evadir -más aún- capitales. Quieren lograr así incrementar su tasa de acumulación de ganancia y que el Estado reproduzca la legitimación y la obediencia social al sistema que se proponen hegemonizar.

Ya en lo inmediato, muchos tememos que quienes, de entre sus filas, contando ya con la hegemonía económica dentro del mundo del dinero al que Ustedes representan, se propongan también conseguir ilegal y arteramente la hegemonía en la escena político-electoral española. Es decir, se trataría del sector antidemocrático del capitalismo improductivo y especulador en sintonía con el que, para acabar con todas las convenciones políticas, con miras a convertir la política en un mero mercado desigual, claro, ha encumbrado a tipos como Donald Trump, y Jair Bolsonaro. Ambos son verdaderos mascarones de proa del ultra-capitalismo antidemocrático, que no dudan con jugar al golpe de Estado dondequiera que ponen sus zarpas sucias e irresponsables. Hemos visto actitudes parecidas aquí en la primera y más asesina etapa de la pandemia, en torno a las fechas de las vergonzosas manifestaciones de pijos en la calle de Núñez de Balboa: pugnaban por derrocar a gritos un Gobierno democrático, sin importarles en absoluto la necesidad imperiosa de concentrar las energías en impedir que más ancianos agonizaran en las residencias de mayores, privatizadas y desasistidas previamente por otros -¿o los mismos?- de los suyos.

¿Imaginan los 140.000 millones de euros procedentes de Europa, en manos de esas gentes desalmadas, frívolas, que se dedicaron a corromper hasta 900 cargos del partido de la gaviota y obligaron a ese partido a abandonar su sede madrileña por el hedor que sus corruptelas destilaban? ¿Qué faraónica construcción, contrata supermillonaria, obra pública pirateada por cualquier consorcio privado… no inventarán los dirigentes políticos corruptos, quizás electos si no lo impedimos, para escamotear en sobrecostos ilegales la devolución de los favores por la financiación ilegal de sus campañas electorales por parte de sus amiguitos del alma?

Comprenderán que los trabajadores-contribuyentes-ciudadanos estemos preocupados; muy preocupados, al comprobar las dentelladas que esos señores y sus predecesores dieron y pueden seguir dando a la Sanidad Pública con su abyecta política de privatizaciones, con las correspondientes consecuencias criminales sobre nuestros mayores. O a la Escuela Pública, inyectándola de odio hacia los vulnerables, los infortunados y los débiles.

Ustedes, como colectivo, tienen una responsabilidad, diría que histórica, en contribuir a evitar esa pesadilla. Su responsabilidad es concerniente a su deber de impedir que los especuladores frívolos del foulard de fantasía y las chaquetitas entalladas acaben con la democracia en España, corrompiéndola con sus prácticas abyectas y mafiosas: deben persuadirles de dejar de apoyar a los partidos involucionistas que tratan de hacernos regresar a una situación preconstitucional o a los partidos que se proponen gobernar conjuntamente con ellos. Deben exigirles que abandonen sus prácticas amorales; que dejen de corromper a los partidos corruptibles; que se alejen del juego de permitir a sus favoritos agitar peligrosamente el espectro de la violencia, preludio previsible de una nueva contienda civil que sería la quinta de cuantas han estremecido a España durante dos siglos.

Aún están –estamos- a tiempo de que eso no suceda. Por parte de la mayoría trabajadora-contribuyente-ciudadana, casi todos estamos dispuestos a arrimar el hombro. Si se pactó entonces, durante la Transición, no vemos por qué no pueda pactarse, más sensatamente ahora, sobre el guion más simple: el respeto a la democracia y a la convivencia pacífica.

No se quejen, Ustedes tienen otras opciones políticas no extremistas de derecha sobre la mesa. Y no digan que hay un extremismo de izquierdas, porque no existe: la protección social de los trabajadores –y de las pequeñas empresas- no es extremismo de ningún tipo, es mera justicia social. Ustedes lo saben.

No lo quiera nadie de buena fe pero, si por dejadez parcial o mutua, complicidad o rencor, los enemigos de la democracia se imponen y desatan efusiones de cualquier tipo, sus fluidos caerán sobre nuestras cabezas y las de Ustedes, no lo olvidemos. Esta querida piel de toro, España, si se ve acechada por la muerte política encarnada hoy por la tentativa antidemocrática de involución preconstitucional, puede despertarse de su sueño y devenir en la res noble que se yergue, cornea y ataca con la inusitada furia de su bravura.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.