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La guerra se libra en las redes sociales


Cada vez se pone más en duda que Twitter sea un espacio saludable donde mantener diálogo e interacción. Estos días han anunciado su renuncia a esta red social la alcaldesa de Barcelona Ada Colau o bien la periodista Cristina Fallarás. Se han cansado de recibir insultos, descalificaciones y amenazas. Abandonan una selva donde más que diálogo hay una multitud de gregarios dispuestos a machacar al adversario o de gran cantidad de cuentas falsas destinados a crear una sesgada noción de la realidad, más que a reflejar la pluralidad de visiones sobre ella. Pero, aunque todo esto se haya acentuado, probablemente el error de inicio fue pensar que Twitter era una plaza pública, un lugar para la reflexión o el razonamiento. Esta red, siempre ha sido un arma, un mecanismo de activación y de movilización, y no de diálogo además de ser, como todas las redes sociales, un gran negocio hecho a partir de la apropiación de nuestros datos y el valor de poseer nuestros perfiles.

Twitter sirve para sustituir el pensamiento elaborado por la reacción airada y explosiva, en una especie de basurero de nuestras opiniones. Lugar de linchamientos, reforzamiento del propio criterio y la demagogia desmedida. Una pura ficción de debate y de falso acceso a buena información. Todas las redes sociales, además de una naturaleza que fomenta la intervención agresiva y la irresponsabilidad en los comentarios, tienen también un aspecto muy acentuado de configuración de efecto-túnel, es decir, de instalarnos en una burbuja según la cual acabamos sólo relacionándonos con gente con la que tenemos un acentuado sentido de comunidad y justamente para no ser expulsados ​​del "grupo" apostamos por expresar opiniones e intervenciones que se encuentran plenamente identificadas dentro del marco conceptual con el conglomerado de relaciones que tenemos establecidas. En las redes la actitud dominante tiende a dos comportamientos que se manifiestan en paralelo: comentarios negativos y a menudo ofensivos contra todo aquello y aquellos que no forman parte de la tribu y, por otro lado, apoyo sin fisuras a la propia congregación. Se produce un incisivo sentido de la identidad grupal, y difícilmente se cambia de opinión y de grupo. No se confrontan ideas, razones, sino sentidos de pertenencia.

El politólogo Ivan Krastev pone en duda el carácter democratizador del mundo digital, y apuesta más bien por su función degradadora ya que se van cerrando los espacios en que contraponer opiniones, con lo que ello implica de transigir, ceder, compartir y pactar. En los encuentros reales, aunque haya grandes discrepancias, el aspecto humano implica la asunción de un cierto grado de compromiso y de transacción, de diálogo. En Twitter practicamos una relación basada en el monólogo continuo, a menudo de manera simultánea y, en el mejor de los casos, sucesiva. Lo que nos llega sólo refuerza nuestra opinión. No hay matices ni posibilidad de mudar de parecer. Para cambiar de opinión se requiere previamente cambiar de grupo. El mundo de los hiperconectados es, en el fondo, un mundo de gregarios. Twitter y las redes sociales no refuerzan la democracia, ya que no hay diálogo ni siquiera el contraste de opiniones contrapuestas o simplemente dispares. La democracia sería la gestión de las diferencias, los intereses y las opiniones antagónicas, no un espacio para establecer un discurso hegemónico que se pretende unánime. En la democracia debe haber disidencia; en el mundo digital sólo enemigos a combatir y condenar. El linchamiento digital es la máxima expresión del activismo en las redes. La batalla para establecer la hegemonía cultural.

La perversión intrínseca de Twitter es que todas las opiniones valen lo mismo, justamente porque son eso, opiniones. Se tenga o no criterio sobre un determinado tema, se produce un igualamiento por la parte baja. Se cruzan y entrecruzan mensajes como armas arrojadizas, pero sin ninguna posibilidad real de comunicación entre sí. Cuando surgieron, se consideraron las redes sociales como el nuevo paradigma de la democracia, la participación y la cultura libre. En realidad, es un submundo de monólogos histéricos cuya finalidad es crear la falsa sensación de que estamos incluidos y participamos. En el fondo, a quien nos dirigimos principalmente es a nosotros mismos. La furia y el resentimiento suelen acompañar las actitudes dominantes en la red. Una multitud que se expresa en conjunto, pero que vive en soledad. El agitador digital teclea animosamente, pero en general lo hace como sustitutivo del actuar. Se impone un "ni olvido ni perdón" que persigue toda la vida a los estigmatizados y que deja temporalmente satisfechos a unos acosadores que requieren rápidamente de un nuevo enemigo a combatir.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR