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EL PERIÓDICO
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Grandeza y miseria de las personalidades políticas


La personalidad política puede ser descrita de numerosas maneras. A grandes rasgos cabe clasificarla entre quienes se caracterizan por saber administrar, quienes tienen capacidad de teorizar o quienes simplemente agitan. Esta es una primera caracterización. Para el votante más sensato, se trataría de averiguar entre las personas candidatas quiénes cuentan bien con capacidad de gestión-organización, bien con aptitudes para la ideación o si poseen dotes agitadoras, respectivamente. Cuando concurrimos a unas elecciones, conviene clasificar previamente bajo esta primera catalogación a la persona destinataria de nuestro voto. Desde luego, las mejor dotadas para la representación política democrática suelen cumplir estas tres dimensiones; pero resulta muy raro que dispongan simultáneamente de las tres.

Sobre la cualificada tripleta gestión-teoría-agitación, si se da y está bien fundamentada, suele erigirse lo que conocemos como poder carismático. Es una capacidad de ciertas personalidades políticas para generar afecto y adhesión. Tan solo los grandes genios de la historia política la consiguieron efectivamente. Y no siempre lo utilizaron para fines positivos. Pero la tenencia de una sola de las tres cualidades descritas no genera adhesión ni afecto y tan solo produce formas degradadas, sub-carismas, muy vinculadas, en su duración, a cortos plazos. Lo más frecuente es que dispongan de una única de tales características.

En España, la categoría de personalidad política con cierta capacidad teórica está reducida a muy pocos exponentes; generalmente intelectuales, acadé[email protected] o [email protected] universitarios. Sería el caso de Ángel Gabilondo o el de Pablo Iglesias; las dotes de organización o gestión, un poco más extendidas, tampoco proliferan; cabría aplicarlas a Mónica García.

Sin embargo, la categoría más abundante aquí es la de la personalidad política agitadora. Para unos, será aquella que sabe motivar, lograr adhesiones, guiar; para otros, será la que conoce las maneras más eficaces de generar conflicto, ofender y provocar. De las cualidades políticas descritas, la de la agitación suele ser la más rentable a corto plazo, pese a su liviandad. Quien agita acostumbra manejar las emociones ajenas y su actividad consiste en generar incesantemente sorpresa. Es frecuente que se dote de recursos gestuales. Suele carecer de programas políticos vertebrados. Pero, como decimos, su ciclo de atracción resulta corto. La capacidad de sorprender mengua poco a poco –la política tiene siempre límites objetivos- y solo una intensificación de la violencia gestual y verbal puede permitirle prolongar algo su anunciada consunción.

Un esquema clasificatorio añadido distingue entre personalidades doctrinarias, pragmáticas u oportunistas. Las primeras se guían por criterios ideológicos, doctrinas o teorías sistematizadas; las pragmáticas se atienen a lo conveniente en cada momento, independientemente de su adscripción a tal doctrina o teoría; mientras que la personalidad política oportunista se aferra exclusivamente a todo aquello que genera réditos inmediatos: [email protected] tránsfugas serían una variante de este caso específico. Desde luego, hay exponentes mixtos que oscilan entre un tipo u otro de estas conductas.

Emotividad, actividad y repercusión

Otro de los baremos de clasificación de la personalidad política consiste en dividir sus características entre las que conciernen a la emotividad, la actividad y la repercusión. Se trata de averiguar en primer término si la personalidad política que observamos en primer lugar, se mueve y recurre a movilizar o no, emociones propias y ajenas; en segundo lugar, si se muestra activa o pasiva ante los obstáculos que surgen en los acontecimientos que le salen al paso y reacciona directa o indirectamente frente a ellos; y, en tercer término, si guía su actuación por la atención a la inmediatez del presente o más bien opta por la reflexión, sobre aspectos ideológicos del pasado o el futuro, a la hora de encarar un problema.

Esta clasificación, debida al pensador francés René Le Senne (1883-1954) permite establecer una rica tipología de caracteres políticos diferenciados: dentro de una clasificación personal propia, elegiré de las múltiples variantes combinadas algunos ejemplos. Así, las personalidades que son emotivas, activas y primarias, suelen ser enérgicas y autoritarias; en nuestros lares, fue el caso del ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Un segundo ejemplo distingue personalidades emotivas, activas y secundarias, caso de Felipe González, quien, pese a su pragmatismo, fue considerado a veces doctrinario; vienen luego las no emotivas, activas y primarias, donde cabría inscribir a Adolfo Suárez, catalogado como oportunista, según sus críticos, bien que otros le asocian a la personalidad pragmática; en cuanto a las no emotivas, activas y secundarias, sería el caso de Santiago Carrillo considerado alternativamente como pragmático o doctrinario. En cuanto a las personalidades no emotivas, pasivas y primarias, son definidas como abúlicas; sería el caso de Francisco Franco o, incluso, Mariano Rajoy, tardos ambos en reaccionar ante un obstáculo político súbito; y surge después la personalidad política no emotiva, pasiva y secundaria, como José María Aznar, al que se considera como doctrinario criptofalangista. Desde luego, estas asignaciones son opinables y el/la lector/a, si lo desea, hará sus asignaciones, con certeza más ajustadas que las aquí propuestas.

Ida, vuelta y caída: circuitos políticos y pleonexia

Ida, vuelta y caída. Las personas que transitan por circuitos vitales o sociales suelen atravesar estos tres momentos. Es lo que sucede en el fragoroso circuito de la política, sobre todo, cuando algunos de sus exponentes se ven deslumbrados por ciertos éxitos políticos o electorales inesperados, que ni ellos mismos creyeron alcanzar nunca. Cuanto más auge cobren en su despegue, más abruptamente caerán a tierra de no retraer sus pasos hacia la estabilidad que la sensatez procura. De ahí el refrán “más dura será la caída”. En ese preciso instante del auge imprevisto, surge un fenómeno psíquico que ya los griegos denominaron pleonexia.

Se trata de un impacto psicológico muy contundente, mediante el cual, algunas personalidades públicas, con importantes carencias emocionales, deslumbradas –y desnortadas- por el fulgor de un éxito sorprendente, experimentan un delirio: les hace creer que ese golpe de suerte, acierto político -electoral, por ejemplo-, o derivado de un baño de masas, proyecta sobre su persona una adhesión masiva, incondicional e inquebrantable, que su mente incorpora como un incremento exponencial de su propia identidad. La personalidad abducida por la pleonexia va a creerse dotada de una fortaleza multipersonal inexpugnable, dada la envergadura de las proyecciones recibidas. La pleonexia crea pues un desequilibrio que desconcierta a quien la sufre, generalmente personas con proyección pública, como [email protected] polí[email protected] o [email protected] líderes mediá[email protected]

Va a ser ese desequilibrio el que, una vez irracionalmente enraizado en la mente del personaje público, le espolee hacia la comisión de excesos irreflexivos y sin control que, desde una inicial estampida causada por la pleonexia, le va a impedir regresar hacia una venida sensata y racional a la realidad. Por eso, más temprano que tarde, caen. Su ciclo político es pues bullicioso, pero corto.

Los signos más frecuentes de desequilibrio político encarnan en determinadas personas caracterizadas, sobre todo, por carencias. La más grave de todas es la falta de empatía. Es decir, la incapacidad de situarse racional y realmente en el lugar de los demás y pasar a instalarse en un plano de superioridad e incomunicación efectiva con la gente. “El águila no caza moscas”, sería el lema que se auto-aplica a sí misma este tipo de persona política. Su falta de sintonía con la sociedad se convierte, de manera automática, en una forma peculiar de irresponsabilidad. Y en política, la irresponsabilidad, en ocasiones, incluso mata.

Tal déficit de empatía tiene su origen y su efecto en traumas y trastornos mentales de mayor o menor gravedad que abarcan un gradiente amplio. El rango más elevado de estos trastornos, por sus dañinas consecuencias, lo ocupa en política el delirio megalómano, cuyo origen se ve estimulado por el síndrome de la pleonexia antes descrito. Se trata de la cristalización patológica de un ego recrecido y amoral, asocial pues, que se manifiesta en conductas paranoides o narcisistas, a veces agresivas. La personalidad megalómana solo sabe afirmarse a costa de negar la personalidad de los demás. Fácilmente convierte en enemigo a quien no piensa como él o ella. Para no quedar al descubierto, apostará por un grupo de apoyo, del que recibe el aliento pleonéxico, al que dirá mimar, pero sobre el cual aplicará férreamente su designio, sin consultarle sus decisiones. Da por hecha su identidad con quienes dicen apoyarle o cree que le apoyan.

En ocasiones, un grupo reducido de consejeros combina la adulación y la presión psicológica para guiar sus pasos, a sabiendas de la vulnerabilidad de la personalidad delirante a la hora de plegarse a sus dictados, por el peso que implica asumir las metas grandiosas que se propone conseguir y para lo cual precisa de su consejo.

Seres amorales, desprovistos de empatía

Las referencias allegadas por la comunicación interpersonal y social nos permiten ver dónde se encuentran, a grandes rasgos, el bien y el mal; pero, para la persona aquejada del delirio megalómano, tales referencias desaparecen del todo, de tal manera que, quizá no intencionalmente, pero si efectivamente devienen en seres amorales, desprovistos de empatía y de la ética que la sociedad, la familia, el grupo social, el propio partido político, proporciona al conjunto social como referencias de comportamiento.

La Ciencia Social y la Historia nos muestran que la Política con mayúscula suele llevar aparejada una ecuación armoniosa entre un ethos, una moralidad social, y un cratos, un poder, una evidente ambición personal. Un elemento refrena al otro y entre ambos se equilibran y permiten el avance social. Pero si la ecuación se descompensa en una u otra dirección, al irrumpir, por ejemplo, una personalidad signada por un delirio, surgen todos los problemas y sufrimientos que la mala política arrastra consigo: autoritarismo, despotismo, corrupción, descontrol, injusticia, conflicto…

El tipo de delirio megalómano al que nos hemos referido desarrolla nuevas patologías, es decir, enfermedades añadidas o bien efectos derivados que fácilmente se le agregan. El más grave es el de la auto-metamorfosis. Es decir, aquella fijación mental que se apodera de la personalidad delirante megalómana y le hace creer que está en proceso de transformación permanente; y ascendente. Por ello, casi siempre, cursa en una clave de grandiosidad. Piensa a pies juntillas que crece, que su ego se despliega de manera exponencial y sobrenada por encima de todo y de todos, con un empuje imparable. Una euforia insuperable se adueña de su mente y cree auparle sin freno. Tal pulsión se convierte en obsesiva. Efectos inmediato será la tendencia a una monumentalidad que plasme en la escena social el narcisismo descrito, que se manifestará en obras y proyectos faraónicos, a costa, eso sí, del despilfarro de copiosos recursos del erario público.

Es a partir de entonces cuando la persona desequilibrada, embebida por ese sentimiento de grandiosidad, trata de apuntarse éxitos inexistentes: se atribuye victorias imaginarias basadas, en el mejor de los casos, en pequeños avances que su percepción alterada deforma y distorsiona. Una auto-exaltación irrefrenada le atenaza. Es precisamente en este momento en el que su actividad política resulta más peligrosa porque, al no poder embridar su personalidad mediante la racionalidad, la moralidad y la sensatez, dada su condición delirante, sin referencias éticas a las que atener su conducta, espoleada por una insaciable sed de triunfo personal a toda costa, le sobreviene una irritabilidad descontrolada, en ocasiones errática: sus actos se convierten en arriesgados caprichos y meras ocurrencias provistas de un grave mordiente de malevolencia irresponsable, con consecuencias generalmente muy adversas para la sociedad. Se produce además un fenómeno añadido, de proyección de su desequilibrio que puede impregnar buena parte de las mentes de quienes le siguen, guiándoles hacia derroteros dañinos para el conjunto social.

Una relación sadomasoquista

El pensador germano Wilhelm Reich señaló el surgimiento de una relación sado-masoquista entre determinados líderes y la grey que les sigue. Tal relación implicaba una serie de raras gratificaciones simbólicas. En ocasiones históricas que conocemos, personalidades desequilibradas afectadas por delirios megalomaníacos, paranoides, narcisistas, incluso algunos afectados por el alcoholismo, denominados dipsómanos, han guiado a pueblos enteros hacia abismos de aniquilación ajena y propia, como tristemente sabemos. Otros casos más recientes de nuestra actualidad, observados en escenarios políticos transoceánicos, demuestran de manera clara hasta dónde conducen los acontecimientos alentados por personajes políticos aquejados de disforia paranoide en distintas manifestaciones concomitantes con el delirio megalómano aquí descrito.

Este síndrome fue perfectamente sistematizado por el doctor Francisco Alonso Fernández (1926-2021), académico de la Real de Medicina, recientemente fallecido, catedrático de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense. Provisto asimismo de formación psicoanalítica, el psiquiatra gijonés ha sido uno de los principales exponentes, a nivel intercontinental, de esta disciplina médica, con amplísima experiencia clínica, que él estudió y aplicó desde una perspectiva fenomenológica.

Calibrar el sentido del voto

Por todo ello, cuando damos nuestro voto a una persona determinada, hemos de calibrar bien el sentido de nuestra opción. Puede que tal o cual personaje divierta, quizá por alguna de sus ocurrencias, frecuentes en este tipo de persona a la que nos referimos; tal vez pueda gustar alguna decisión puntual determinada. Pero conviene observar en el largo plazo, el conjunto de sus acciones y propuestas, si es que las tiene y no se limitan a meros gestos; hemos de prever su alcance; averiguar a quién realmente benefician; quién le aconseja; de quién se rodea; cómo administrará el dinero de nuestros impuestos; quién o quienes se lucrarán preferentemente de sus decisiones; y, sobre todo, qué impacto real van a tener sus actos y decisiones sobre nuestra vida cotidiana y la de nuestros semejantes. Será pues exigido precisar a quién vamos a votar, porque esa papeleta nos puede convertir en corresponsables de los aciertos o de los desmanes que cabe prever de una persona sensata o de otra desequilibrada, por ejemplo, por un delirio megalómano de auto-metamorfosis como el descrito; delirio, por cierto mucho más frecuente en la escena política contemporánea de lo que creemos, aventado además por las ofensivas mediáticas basadas en la frivolidad y en la superficialidad, las mismas que intentan sepultar todo tipo de reflexión por parte de la ciudadanía.

A la persona con entidad política se le asigna la facultad de formular y satisfacer los intereses de la sociedad o país en el que surge su mandato. No olvidemos pues que las decisiones de las personas con posiciones políticas de dominio, trascienden y tienen siempre alcance sobre la vida de los demás a la que, de tal modo, sus actos comprometen.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.